28 de junio de 2012

Parque Avellaneda

Edición N° 65



Ruedo con mi bicicleta por las entrañas del parque, perfumado de un aroma a eucaliptus fresco que lo envuelve de punta a punta. La tormenta agitó con tal fuerza el corazón de la ciudad que pegó con fiereza a los jacarandás, los cedros, los lapachos, las tipas y tantas otras especies de flora autóctona y exótica que echaron raíces allí. Caídos y sangrantes, los enormes troncos acostados sobre la tierra húmeda modifican dramáticamente el paisaje del Parque Avellaneda, esa gran mancha vegetal de verdes matizados que colorea  uno de los espacios públicos  más importantes de Buenos Aires.
Este parque surgió del predio que perteneció originariamente  a la Hermandad de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo. En ese entonces, allá por el 1700, el terreno proveía de frutas y hortalizas a la congregación y, aunque cueste imaginarlo,  en su suelo crecieron miles de durazneros.  Luego, un ecuatoriano llamado  Domingo Olivera,  adquirió las tierras en 1828, en remate público, con el objeto de explotar el lugar con fines agrícola-ganaderos. El casco -magnífica construcción que cumplió el rol de escuela en el pasado y hoy es centro cultural- aún se mantiene en pie en el centro del parque y junto a los terrenos aledaños conformaron la Chacra de los Olivera. Para 1912, la familia vende el lote principal a la Municipalidad y dos años después se convierte en el que hoy conocemos como Parque Nicolás Avellaneda.
Dentro del parque, se pueden ver varias construcciones, como el llamativo edificio de rica arquitectura art-nouveau y grecorromana y de una fachada atractiva, con ornatos de vasijas y rostros femeninos en las alturas y una puerta de acceso principal de singular belleza. A simple vista, parece una gran bóveda funeraria. Sin embargo, allí  funcionó la primera pileta pública de la ciudad, y actualmente alberga la Escuela Nº 2 de Bachillerato en Medioambiente y Espacios Verdes. D. E. 13º.
También encontramos el vivero municipal creado en 1916 que, a la fecha, sigue siendo el único vivero sito en la Ciudad y el que provee al Gobierno porteño de árboles y plantas, especialmente flores, plantas de interior y coníferas para sus parques y demás espacios abiertos, lo que hace que sea de su uso exclusivo y no pueda ser visitado por el público en general.
El parque es elegido por los porteños para caminar, leer, descansar y despabilar la mente. Hace ochenta y dos años comenzó a circular un trencito que fue traído del Jardín Zoológico de la Ciudad y recorría todo su interior. Actualmente no está en funcionamiento, pero la Estación Otamendi es una invitación imaginaria a viajar sobre los rieles que todavía serpentean las 38 hectáreas de este precioso paseo al aire libre.  Ya adentrada en el parque, los senderos de pura tierra me ayudan a descubrir esculturas en madera y en piedra. Varios de estos mágicos caminos  convergen en uno de los sectores más apacibles: el “Jardín de la Meditación” donde, custodiados por la frondosidad de los árboles y el dulce cantar de las aves, los bancos me ofrecen un merecido descanso antes de rodar otra vez por las calles de la jungla de cemento.

3 comentarios:

Earth Blog 2020 dijo...

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Muñeca de Argentina dijo...

Me ha encantado tu blog maravilloso

Fabi dijo...

Qué interesante descripción del parque... Había muchas cosas que desconocía de él.
Adelante, seguí apostando a este blog que tanto enriquece el espíritu curioso de varios de sus visitantes.