31 de julio de 2010

Iconos de ayer y de hoy

Edición N° 59

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Ojeando páginas en busca de información sobre proyectos arquitectónicos para el Bicentenario, encontré una frase de Octavio Paz, reproducida por uno de esos tantos nostálgicos que navegan por la web: “La arquitectura es el testigo insobornable de la historia, porque no se puede hablar de un gran edificio sin reconocer en él el testigo de una época, su cultura, su sociedad, sus intenciones…”. Coincido plenamente. Cada ciudad tiene una especie de carta de presentación ante los ojos del mundo y se muestra con la arquitectura que la viste. Por eso, supuse que al cumplirse doscientos años de la Revolución de Mayo, Buenos Aires portaría una imagen acorde a un suceso de tanta importancia, que con sólo mirarla bastara para marcar un punto de inflexión en nuestra historia. Sin embargo, creo que esta vez nos quedamos sin testimonio.

Con dos años de anticipación al 25 de Mayo de 2010, varios estudios de arquitectura concursaron y resultaron ganadores de diversos proyectos para erigir un ícono en la capital de la República con motivo del Bicentenario; una construcción que, a simple vista, plasmara para el recuerdo los doscientos años del nacimiento de nuestra nación y el orgullo de pertenecer a ella. Ninguno se hizo realidad. Ni la torre mirador de doscientos metros de cara al río, desde la que se obtendría una vista panorámica de la ciudad; ni el paseo costero, con ciento cuarenta y cuatro agujas de acero y luces a modo de juncos; ni el centro cultural, cuya edificación se vería reflejada en las aguas rioplatenses. Ni siquiera prosperó la posibilidad de convertir ese “yuyal que se incendia a cada rato” –léase, nuestra humilde Reserva Natural- en una especie de Central Park como el de Nueva York. ¡Sí, señores! Soñar no cuesta nada -menos ante un bicentenario- y es tan barato que hasta se prometió remodelar la Plaza de Mayo, cambiarle la cara a este centro cívico por excelencia, tornándola prácticamente en una plaza seca, reemplazando sus inconfundibles baldosas rosas por un piso gris con artefactos de iluminación incrustados, con cuatro fuentes en torno de la Pirámide y, por supuesto, con nuevos árboles pero menos espacio verde. La propuesta era convertirla en un solar interactivo que por las noches iluminara su piso con el trazado de pasajes de nuestra historia y que, a la vez, fuera capaz de albergar acontecimientos futuros, transformándola en un centro de convocatoria social. A juzgar por la “intervención contemporánea” y las consecuencias que ésta hubiera tenido sobre la histórica Plaza, sin dudas, lo mejor que le pudo suceder en este Bicentenario es quedar exactamente como está.

A dos meses de haberse celebrado la fecha patria, no existen siquiera vestigios de lo que podría haber sido un símbolo arquitectónico para el 25 de Mayo de 2010. Todo quedó en la nada. Incluso, el ambicioso proyecto del Centro Cultural del Bicentenario no llegó a tiempo para los festejos. El fastuoso edificio del Palacio de Correo y Telecomunicaciones sólo pudo mostrar por pocos días su impresionante belleza, pero de modo cercenado, compartiendo espacio con andamios y obreros. Si bien se llamó a concurso para su remodelación en 2006, recién a principios de 2010 comenzaron las obras. Se lo inauguró simbólicamente el 24 de mayo, pero actualmente se encuentra cerrado al público. Diría que junto con las reformas del Teatro Colón, estos dos edificios fueron los únicos bendecidos por el fervor patriótico.

A estas alturas, no hay punto de comparación entre lo realizado por los arquitectos del Centenario y los actuales. “Otro era el país y las circunstancias”, es cierto; pero el espíritu festivo de la mano de la arquitectura en ese entonces fue descomunal. De este Bicentenario no quedará estructura alguna que dé cuenta del acontecimiento histórico, mientras que todavía tenemos el privilegio de ver en la ciudad monumentos, esculturas y construcciones de hace un siglo.

Creo que la respuesta a la falta de un ícono arquitectónico para esta Gesta de Mayo se resume en ese esqueleto pálido oculto entre un hipermercado y el fondo del Regimiento 1 de Patricios. Se trata del único de los veinte pabellones erigidos exclusivamente para los Festejos del Centenario que sobrevivió como pudo al paso del tiempo. El monumental pabellón, que representó al Servicio Postal de la Exposición Ferroviaria y de Transportes Terrestres de 1910, y que fuera premiado con una medalla de oro, hoy se cae a pedazos. Ningún arquitecto osó restaurarlo para que, nuevamente, ante semejante jornada histórica, fuera uno de los sitios de atracción como hace cien años. En su lugar, idearon estructuras sobre bases frágiles, tan frágiles que jamás pudieron elevarse. Pareciera ser que para este Bicentenario más de un arquitecto siguió al pie de la letra la frase de Le Corbusier que dice que "la arquitectura debe de ser la expresión de nuestro tiempo y no un plagio de las culturas pasadas".


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Comparto lo dicho en gran parte de este interesante relato. Hoy por hoy sólo quedan las imágenes de espectáculos multitudinarios, que ya no son, con motivo del Bicentenario. Sin embargo, en lo tangible, la imagen del restaurado Colón es lo más vívido que podemos encontrar. Demasiado poco, en lo concreto. Muchos proyectos que quedaron en palabras. Con tristeza veo que todo se vuelve más efímero en estos tiempos... ¿Qué obra dejamos para el Tricentenario?

Mobesse dijo...

"¡Malos tiempos para la lírica!" Y malos tiempos para la arquitectura. Malos tiempos para todo. Son malos tiempos.
Saludos, de nuevo.

Carlos dijo...

Interesante lo tuyo, tenemos los mismos gustos.

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