30 de noviembre de 2009

¡Santos juguetes, Batman!

Edición N° 53


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Sábado a la noche. Como caleidoscopios, las marquesinas y los automóviles distorsionan sus colores luminosos en el horizonte de asfalto; las veredas empiezan a poblarse de caras solitarias, de grupos de amigos, de gente sin edad para la diversión. Cines, teatros, discotecas, restaurantes, bares, librerías y pequeños comercios atraen y pretenden entretener a la gran masa humana que deambula a contramano de medio mundo bajo las farolas de la Avenida Corrientes. Buenos Aires se prepara para no dormir.

Al mismo tiempo, en otro punto del centro porteño, otra ciudad está en peligro, aterrada por el accionar despiadado de un grupo de villanos. En señal de auxilio, un enorme reflector proyecta sobre los edificios la figura de un murciélago y la clava como a un puñal en medio del cielo. Sólo eso bastará para que el multimillonario e inocentón Bruno Díaz abandone la comodidad de su mansión para acceder al escondite subterráneo y transformarse en Batman, el enmascarado que, junto a Robin, restablecerá el orden y la paz en Ciudad Gótica. “¿Podrá el dúo dinámico ayudar a los tranquilos habitantes de Ciudad Gótica a acabar con el terror desatado por los supervillanos?”, pregunta la voz en off. Atrapada por la intriga y a la espera de que el enigma sea revelado, me uno a la hilera de pares de ojos hipnotizados por la pantalla gigante desplegada en el bodegón de comidas regionales que elegí para pasar mi noche de sábado. A pocas cuadras de la Avenida 9 de Julio, “La Morada” se empeña en revivir los años felices de nuestra infancia de la mano de personajes por demás amados y admirados; de protagonistas de historietas, de series televisivas, de ídolos eternos que dejaron huellas en la verdadera niñez, la de la inocencia.

Para todos aquellos que como yo aún llevan un niño dentro, recomiendo visitar este escondite culinario, esta especie de baticueva porteña que funciona como refugio de superhéroes de todas las décadas, de colecciones enteras de familias de muñecos, de álbumes de figuritas de todos los tiempos, de antiguas latas de galletitas dulces y hasta de los más variados envases de leche, esos mismos que compraban nuestras madres al lechero o en “el almacén de la vuelta” para prepararnos la merienda al regreso de la escuela. Y sí… ¡cómo olvidar esas tardes de barritas de chocolate sumergidas en leche caliente, de vainillas esponjosas, de tostadas untadas con manteca y dulce de leche mientras mirábamos en la televisión cómo Tom corría alocado a Jerry o cómo los héroes de entonces luchaban, a los tumbos, contra los malvados de turno! Si son de esa gente que se conmueve al toparse con un recuerdo de la niñez, pues, a sacar el pañuelo y a ponerse nostálgicos porque en este bodegón no hay más que eso, se mire hacia donde se mire.

Albergue de celebridades y reliquias infantiles que ya no pueden competir con la sofisticada tecnología de los videojuegos y de los dibujos informatizados, en papel o en material plástico “La Morada” atesora todo aquello que quisiéramos volver a tener: desde las antiguas figuritas deportivas “para jugar en la canchita” con fotos autografiadas de los jugadores de fútbol o los paquetes de figuritas brillantes de Blancanieves, Caperucita Roja y Pinocho hasta los sobrecitos de figuritas con olor a fruta, como las de Frutillitas, o de las redondas de cartón, como las de El Zorro. Si de colección de muñequitos se trata, los inigualables Chocolatines Jack hacen justicia con su recopilación de famosos. ¡No falta ninguno! Napoleón, Chaplin, Laurel & Hardy, Tarzán, Superman, el Capitán América, Batman, Robin, Batichica, el Pingüino, el Guazón, el Acertijo, el Hombre Araña, la Mujer Maravilla, el Increíble Hulk, He-Man, el Zorro, el Sargento García, el Chavo del 8, el Chapulín Colorado, Gaby, Fofó y Miliki, Heidi, el Abuelito, Pedro, Clarita y… ¡hasta Copo de Nieve tiene su réplica! Las estrellas locales como Mafalda, Felipe, Clemente, la Mulatona, Patoruzú, Patoruzito, Patora, Pampero, Calculín, Hijitus, Anteojito, Antifaz, Larguirucho, Pichichus, la bruja Cachavacha, el profesor Neurus, Gold Silver y su hijo Oaky, entre otros, también tienen en los estantes su lugar para la posteridad. Por supuesto, entre tanto souvenir infantil, bien vale una advertencia para los amantes del dibujo artístico: está totalmente prohibido utilizar las plasticolas ¡y ni hablar de sacar de la vitrina la cajita de fibras Sylvapen de doce colores!

Desde el otro extremo del local, hace rato que unos cachetudos sonríen tras el vidrio. ¡Es la Familia Telerín! Seguro que en cualquier momento me dirán que ya es hora de ir a la cama. Mejor, ni me acerco y miro otro estante. ¡No tengo escapatoria! Allí están, pegaditos unos a otros, varios Petete que también me mandarán a dormir. ¡Cómo olvidar el ritual de saludar a toda la familia apenas el orejudo daba “el besito de las buenas noches”! Por suerte, está cerca ese chico de Trulalá, que al pasar por adentro de su sombrero se convertirá en Super Hijitus y me sacará de esta situación. Espero que lo consiga, porque el gallo Claudio, el Coyote, el oso Yogui y hasta el ratón Jerry están ansiosos por delatarme. ¡Que ni se atrevan! ¡El hincha de Camerún no dudará en usar su hueso para defenderme!

Sonará a locura, pero disfruto en demasía perderme en estas fábulas infantiles. Muchos de esos juguetes viejos que ahora me rodean y con los que interactúo imaginariamente, tiempo atrás estuvieron entre mis manos y fueron la diversión diaria de mis primeros años de vida. A muchos de esos personajes estampados en un cartón, los conocí por primera vez a través de una pantalla de televisión donde ni siquiera había color. Sus hazañas, sus torpezas, sus sonrisas inmortalizadas y sus frases ingenuas crearon historias para mí tan creíbles como fantásticas, llenas de magia y de candor. Felizmente, nuestros inolvidables amigos parecen haber encontrado en este bodegón de comidas caseras un hogar acogedor para perpetuarse. ¡Qué mejor que un locro, un guiso de lentejas bien caliente o unas empanadas humeantes para sobrevivir a la frialdad de tanto nuevo superhéroe digitalizado!

13 comentarios:

VUELVO AL SUR.. dijo...

Que bueno que hay noticias, espero el próximo Post con interes.
Saludos

Gustavo Aimar dijo...

Uys... se me puso la piel de gallina con las figuritas de los chocolatines Jack...
Muy buena info, para agendar, sobre todo para quienes estamos lejos de Buenos Aires

Oscar dijo...

mucho gusto Andrea, mi nombre es Oscar Doyle.
Tenemos gustos muy similares, me encantaria que veas mi blog, sobretodo las "entradas antiguas".
te espero y te felicito por tu buen gusto!!!!!
Oscar

Andrea dijo...

Vuelvo al Sur, gracias por tu comentario y por visitar el blog.
¡Saludos!

Hola Gustavo, coincido con vos. Ver nuevamente todos estos "chiches" pone la piel de gallina y -diría yo- al corazón, contento. Es de locos, pero ¡¡¡a mí me paso algo similar en cuanto vi las Sylvapen!!! Lo que se dice, lindos recuerdos...

Hola Oscar, gracias por tu mensaje y, por supuesto, me daré una vuelta por tu blog.
¡Hasta otro momento!
Andrea

VUELVO AL SUR.. dijo...

Andrea, ahora volví y leí con atención todo el artículo. Aunque vivo en México, compartí en mi infancia muchos de los programas televisivos e infinidad de los recuerdos en figuras y películas que mencionas. Quizá en un futuro viaje acuda a ese lugar, mientras tanto espero con interes los próximos relatos.

Un saludo

Fernando Terreno dijo...

Andrea, ¿podés poner la dirección de La morada? ¿O querés cambiarlas por tres figuritas de Rojitas o una lanchita Pof-Pof?
Un abrazo

Andrea dijo...

Fernando, en realidad, la cambiaría por figuritas de la serie Terciopelo, pero no te imagino coleccionándolas. Así que, ¡paso el dato sin necesidad de realizar trueques infantiles!
La dirección es Hipólito Yrigoyen 778, entre Piedras y Chacabuco.
Saludos,
Andrea

S71-RENDERS dijo...

Esta noche es un momento ideal para acompañar un buen trago con una nueva lectura, ahora más relajado y con más tiempo, de este, tu nuevo relato.
No sé si será por eso, por la tranquilidad del momento sin estar en medio del torbellino de todos los días, que sentí que has vuelto a lo mejor de tu capacidad para describir un lugar. Sinceramente, esta lectura me ha cautivado y transportado a mi niñez; al leer cada párrafo he ido recordando los mejores momentos de mi infancia y adolescencia y me has capturado como a un niño con juguete nuevo.
Tuve el placer de conocer este lugar, que debería dejar de ser un secreto y pasar a ser conocido por todos los que más allá de lo que marca el calendario tienen –tenemos- un niño en nuestros corazones.
Como decía, has hecho una descripción de una época que añoro mucho. ¡Que lindo volver a ver esas figuritas que de niño tuve entre mis manos, que intercambiaba con mis amigos y que guardaba como un auténtico tesoro! ¿Sentirán lo mismo los chicos de hoy, en épocas de Internet, juegos en red y demás?
¡Qué placer observar esos muñecos que hicieron historia y que pasaron la barrera del tiempo para permanecer para siempre en la memoria de todos!
Hasta me siento un niño escribiendo estas líneas recordando todo lo que describìs tan naturalmente. Cada párrafo, cada renglón, cada palabra, me trae un recuerdo sublime de mi infancia.
Pero como bien lo relata el texto que has escrito, no todo lo que allí se expone es un símbolo de mi niñez, ya que también encontramos en este lugar mágico afiches, fotos, muñecos y mil cosas más de la época de mi padre o de mi abuelo.
Es por eso que al leer tu relato sentí lo mismo que al visitar este lugar, es decir, una movilización muy grata de sentimientos que guardamos muy dentro nuestro.
¡Qué hermoso! ¿No? Y si todo eso es acompañado por algunas exquisiteces de la cocina de mi país, mejor aún. Digo esto porque esa conjunción de placer visual, sentimientos y recuerdos se complementa con placeres para el paladar, como lo son las exquisitas empañadas que llegan bien calientes y que es imposible no saborear.
Te felicito una vez más, Andrea, por compartir este descubrimiento y por permitirme con tus relatos descubrir rincones de esta ciudad que nunca se termina de descubrir y que siempre nos tiene reservada alguna sorpresa.
Sin lugar a dudas, para mí, este relato pasa a estar entre los más logrados de “Secretos de Buenos Aires”. Seguramente algunos de los héroes allí expuestos –que nos miran desde las vitrinas- te dio el toque de inspiración para hacer un relato lleno de sentimientos e inolvidable.
Por eso, como siempre, esperaré ansioso que develes un nuevo secreto de “mi” ciudad.
Sergio

AnaTango dijo...

Querida Andrea,
Encontré tu blog de casualidad mientras buscaba actualizar mis informaciones sobre nuestra bella ciudad de Buenos Aires.
Me he detenido a leer algunos de tus relatos y a mirar todas tus fotos. Muy buen trabajo!!! Continua escribiendo así y tomando estas hermosas fotos.

Saludos !

bett/ dijo...

andru amigaaaaaaaaaaa me encnató ...un abrazo inmenso

Andrea dijo...

Hola Sergio! Suele pasar que algunos lugares a describir van tan unidos a situaciones o momentos imborrables de la vida que se prestan para que me explaye mucho más que en otros relatos. Siento una gran satisfacción al saber que cada persona que visita el blog encuentra en él "su" relato, ese que, como en este caso, te emocionó y dibujó una sonrisa en el alma.
¡Saludos!

Ana Tango, gracias por tus palabras y, desde ya, bienvenida al blog.

Beatriz, ¡muchas gracias por tu mensaje!

Anónimo dijo...

Andre, si es como volver al pasado ingresar en ese bodegón, donde además las empanadas son muy ricas.
Cálido relato de un lugar que hemos compartido.
Te quedaron muy buenas las fotos!
saluditos y más éxitos con tus relatos
Adri =)

Andrea dijo...

Adriana, ¡¡gracias por tu mensaje!! Realmente, fue muy gratificante visitar este lugar acompañada de una amiga de toda la vida, y recordar nuestros primeros años rodeadas de tantos juguetes increíbles.
Saludos,
Andrea