30 de junio de 2009

La historia sobre cuatro ruedas

Edición N° 49

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Como todo invento revolucionario, el automóvil marcó un antes y un después en la historia del transporte, e hizo del hombre el partícipe y testigo natural de su evolución. Desde el primer vehículo propulsado a vapor, ideado en 1769 por el francés Nicholas Joseph Cugnot, con llantas de hierro y ruedas de madera, hasta el Ultimate Aero, el auto más rápido del mundo, con una velocidad máxima de 434 kilómetros por hora, el automóvil ha logrado mantener intacta esa aptitud para embelesar y perturbar los sentimientos de los mortales, hasta el punto de convertirse en su objeto de mayor deseo. Así lo entendieron el ingeniero alemán Karl Benz, pionero en el desarrollo de la industria automotriz mundial, y Henry Ford, el más exitoso fabricante de autos de los Estados Unidos; pero también todos aquellos que subidos a carros anticuados o modernos vieron trocar sus vidas comunes en leyendas y en mitos, algunos escritos con la pluma blanca de la gloria y otros con la tinta roja de la tragedia. Aunque suene descabellado, parte de esa historia y de esos acontecimientos que la humanidad produjo sobre cuatro ruedas, hoy puede visitarse en el Museo del Automóvil de la Ciudad de Buenos Aires, ubicado a pocas cuadras de la Avenida Gral. Paz, en el barrio de Villa Real.

Como si se tratara de una señalización vial, sobre la calle Irigoyen 2265 un auto de competición pende a varios metros de la vereda e indica que allí se encuentra el templo en el que comulgan los amantes incondicionales de los “fierros” y en donde más de un aficionado al rubro automotor quedará atónito frente a los rodados que conforman su colección. Tras la fachada pintada paradójicamente de color rosado, los dos pisos que ocupa el galpón principal atesoran cincuenta autos antiguos custodiados por un montón de trofeos, publicidades, carrocerías fileteadas, bicicletas y motocicletas en desuso, radiadores, volantes y todo tipo de accesorios para automóviles de diferentes épocas. Conmueve descubrir en un mismo sitio piezas únicas y legendarias, como el auto número 338 de la línea Ford A Tonneau, de 1903, denominada “La máquina más sencilla del mundo”, de la que Henry Ford fabricó sólo 1700 unidades; el Ford T de 1925, impecable coche presidencial de los Estados Unidos; la Coupé Torino N°1, que en 1969 participó en las 84 horas de Nürburgring, en Alemania; y hasta el sedán cuatro puertas Hudson, de 1929, que en su interior guarece nada más y nada menos que a la figura de cera de su entonces propietario, el prestigioso escritor Jorge Luis Borges.

En medio del brillo que destellan los cromados de los Rolls Royce y de los Alfa Romeo, también sobresalen vehículos como el REO, el taxi-colectivo de 1927 que realizaba paseos turísticos por los barrios de Buenos Aires; el Chevrolet 1932, bautizado “Lecherito”, encargado del reparto de leche suelta a domicilio en la ciudad entre 1935 y 1965; el Ford T 1923, conocido como el coche “Doctor”, utilizado por los médicos rurales; el estadounidense Hupmobile de 1927, con su distintiva cola con aspecto de bote; y el convertible Dodge Brother 1937, otrora propiedad de la Embajada de los Estados Unidos, que Diego Armando Maradona usó para su casamiento y Alan Parker para la película Evita.

Como era de esperar, dentro de los dos mil metros cuadrados que abarca el predio se rinde tributo a los más exitosos automovilistas argentinos: Juan Manuel Fangio y Oscar Alfredo Gálvez. Distantes de la rivalidad eterna que fanáticos y comentaristas deportivos dieron por sentada a sus vidas, hoy la Chevrolet Coupe TC 1939 que acompañó a Fangio en sus hazañas en el Turismo de Carretera y la copia fiel con partes originales de “La Empanada”, la coupé Ford 1934 que condujo “el aguilucho” en las competencias en el Autódromo y en otros circuitos porteños, comparten, junto a otros inolvidables bólidos, un espacio exclusivo en este universo de cilindros, tuercas, válvulas y pistones.

Por si algo faltara mostrar, el Museo del Automóvil presenta una minuciosa escenografía al aire libre de la Buenos Aires de ayer, con coloridos locales de oficios de cara a la calle empedrada. A escasos metros de este pasaje que rememora a la vieja ciudad, la réplica de una estación de servicio de madera ostenta en su entrada un par de antiguos surtidores celestes y blancos pertenecientes a la ex empresa YPF, y hace las veces de playa de estacionamiento para los inconfundibles autobuses ingleses double decker y para un lustroso camión Scania.

Desde la generación de energía mediante el vapor hasta la incorporación de la gasolina como el fluido vital para movilizar los rodados, el automóvil sufrió una metamorfosis increíble, tal como puede verse en varias de las máquinas de colección del Museo. El grotesco y pesado carruaje sin caballos mutó a un cuerpo de aluminio ultraliviano, veloz y aerodinámico; dejó de ser una exclusividad de los deportistas y el motivo de ostentación de la gente rica para devenir en el transporte popular y de fácil accesibilidad que hoy todos conocemos. Más que merecida, entonces, la creación de este santuario automotor, erigido en homenaje a un invento que con el paso del tiempo se afianzó como parte indisoluble de lo cotidiano.

7 comentarios:

S71-RENDERS dijo...

Qué buen relato sobre este secreto de Buenos Aires, que como tantos otros no tiene la difusión que se merece, quizás por estar distante del centro de nuestra ciudad, a la que tanto amo.
Gracias a vos visité este museo. Las expectativas no eran muchas pero, como bien dice el relato, cuando llegué y vi a un auto suspendido en el frente, me sorprendí y no veía la hora de entrar para seguir sorprendiéndome.
Al abrir las puertas y sentir el típico olor “de los fierros”, como bien describís en el relato, todo parece indicar que se está en una ciudad con una gran escenografía. Es un hallazgo la idea de los responsables de este museo, porque cada auto cuenta una historia, exhibe sus trofeos y lo rodea la ambientación que lo ubica en su época. ¡Qué sorpresa ver a un auto con Carlos Gardel adentro o al Dodge beige que usó Diego Armando Maradona el día de su boda! ¡Y cómo no sorprenderse con el auto en el que está Jorge Luis Borges sentado en el asiento de atrás!
La visita es casi un recorrido por parte de la historia de los argentinos y, por supuesto, del automovilismo.
Cada sector parece un set de filmación, con escenografías perfectas: un taller mecánico de antes y el mecánico con su típico mameluco azul lleno de grasa –identificación típica de los “doctores” de autos-, una barbería, un almacén de ramos generales, un bar, un taller de pintura donde hay exhibido un auto mitad pintado, pulido y limpio y la otra mitad todo lo contrario. Ese juego de lenguajes visuales y la composición morfológica que se arma en cada rincón es alucinante.
Una vez más, Andrea, te felicito por tu brillante labor en esta página sobre Buenos Aires, en la que en cada uno de tus relatos permiten que los lugares recobren vida una y otra vez en cada lector y nos incentiva a conocerlos.
La visita y tu relato me hicieron sentir mucho más que alegre por todo lo que se puede ver; me trajeron a la memoria recuerdos de mi padre y tantas charlas que teníamos los dos cuando yo era chico... Tan bien hecho está la descripción que hasta sentí que una vez más hacía el recorrido acompañado aunque sea imaginariamente por mi padre, con quien aprendí muchas cosas, muchas más de las que yo creía de chico… Que tu relato haya logrado que una parte tan importante de mí se haya hecho presente en el presente, es quizás lo más hermoso que podía suceder. Ojalá esta misma sensación la experimente cuando develes un próximo Secreto que Buenos Aires.
Saludos.
RENDERS........

mobesse dijo...

¡Pero cómo! ¡Ningún comentario! Tendría explicación por estas latitudes boreales, en las que estamos sufriendo un verano achicharrante, ¡pero allá es invierno! La gente está a tope de actividad.

No me gustan los autos, Andrea; ni como objeto de belleza y lujo, ni como medio de ostentación, ni como medio de transporte. Es más los odio un poquito por lo que tienen de símbolo del progreso social que para mí ni es progreso ni es social. Social es el metro, el tranvía, el bus y progresista será todo lo que nos devuelva a una situación sobrepasada hace ya muchos años y sostenible para el planeta y para los pobres.

Quizá la única forma de que quiera un poquito a los coches es presentándola como tú haces, hablando de ellos como parte indisoluble de la gesta de aquellos héroes del volante, incluso de la otra gesta, el boom norteamericano, hoy más boooom que nunca.
Un familiar que quizá ame los coches de esta manera ha restaurado este Austin Davon, no tan antiguo, pero sí muy lindo.

Jorge Bravo dijo...

A fuer de ser reiterativo, felicitaciones por el relato.
Tuve oportunidad de conocer el Museo, que no exhibe solamente autos "de calle" y de carrera sino también, por ejemplo, un antiguo auto-colectivo con el guarda respectivo, el típico bus inglés de dos pisos o las más simples bicicletas, motos y motocicletas.
Considero que más allá de la significación social del automóvil como medio de transporte con criterio amplio, lo rescatable de este emprendimiento y de los mentores del Museo es no sólo la fría exposición de "fierros" sino el significado que cada automóvil expuesto tuvo en su momento histórico y la excelente ambientación que nos transporta a diferentes estadíos históricos. En este sentido, es excelente el antiguo almacén, la barbería, el taller mecánico...
La "simple" observación de cualquiera de los bólidos más sofisticados como de las bicicletas y de los distintos medios de transporte permite una ubicación histórica y conocer el rol que cada uno de ellos tuvo en la sociedad de su época. Y si todo esto es acompañado, además, del "rescate" de genios como Borges, Elvis, Gardel, Woody Allen u Olmedo, el círculo cierra perfectamente y uno sale del Museo con la sensación de haber hecho un recorrido por la historia no sólo del automóvil sino, en cierta manera, del mundo y de la cultura. Que hayas podido plasmar esto en un breve pero rico relato es destacable, sobre todo porque invita a otros a adentrarse en un ámbito que no sólo habla de cuatro ruedas sino de la humanidad misma.
Jorge

Cristina Velázquez dijo...

Estimada Andrea:
Mi nombre es Cristina Velázquez y soy Profesora de Informática, de Ciencias Exactas y capacitadora de docentes en TIC.
Quiero invitarla a participar de una de mis iniciativas denominada "Tu Blog en mi Blog"
http://www.tublogenmiblog.blogspot.com/
Para que comprenda mejor de qué se trata, puede leer la presentación en
http://tublogenmiblog.blogspot.com/2009/02/presentacion.html

Espero que le interese la propuesta de contarnos, a través de una entrada, acerca su Blog.
Cordialmente
Prof. Cristina Velázquez
cristinavdls@gmail.com

Cecilia dijo...

buenisimo tu blog Andrea! soy argentina y me encanta encontrarme en buenos aires desde mi casa en nueva zelandia.
soy artista plastica y estoy armando mi rincon de BA en mi blog www.todomaradona.com con una vista distinta, algo futbolisitca, creativa y desde alguien que siente una profunda nostalgia de la distancia.
en fin, te felicito, tus fotos me encantan y volvere de visita seguido :D

Maren dijo...

Hola Andrea, me encanta tu blog! Quizas quieres entrar uno de tus secretos en nuestro concurso, Inspira Insiders Buenos Aires, www.inspiratravel.com/insiders. Tenemos premios fantasticos, y me parece que tendrias "tips" muy fuertes! Igual, no se si estas involucrada en turismo, pero mandanos un mail, a ver si hay manera de colaborar en algo. Muchas felicitaciones por este sitio excelente!

Andrea dijo...

Muchas gracias a todos por sus comentarios. Me satisface enormemente saber que una misma historia, en este caso la del Museo del Automóvil, puede generar tantas opiniones diferentes y, sobre todo, el recuerdo de viejas y queridas experiencias de vida.
¡Saludos!