26 de octubre de 2008

Colegio San José (Azcuénaga 158)

Edición N° 40

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Como tajeada por un filoso cuchillo, de los miles de metros cuadrados encerrados por las calles Bartolomé Mitre, Larrea, Perón y Azcuénaga se descarna una extensa hilera de locales con vidrieras plagadas de baratijas y ofertas de ocasión. De la noche a la mañana, cajas de cartón llenas de juguetes made in China, estanterías repletas con clásicos artículos de bazar, dudosos puestos de venta de celulares y hasta un insólito estacionamiento subterráneo se adueñaron drásticamente de la imagen del histórico Colegio San José, al que ahora bien le cabe el título de “escuela shopping”. Esta mutación extraordinaria a la que fue sometida una de las manzanas más tradicionales del barrio de Balvanera es otra de las tantas heridas urbanas que jamás podrán cicatrizar.

Si bien resulta poco feliz ver lo que queda del aspecto exterior del prestigioso Colegio fundado en 1858 por el padre bayonés Diego Barbé, dependiente de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús de Betharram, inmensamente gratificante es descubrir su riqueza interior, la que, por ahora, nadie osa herir con tanta facilidad.

Erigido como un verdadero complejo educativo y prototipo de los primeros colegios nacionales del país, el San José presenta una estructura edilicia donde se observa la mixtura de estilos neogótico y neoclásico bien definidos, de amplias galerías en su inmenso patio mayor y con sectores bien determinados para la enseñanza de las ciencias y de las artes, para la práctica de deportes y para la prédica de la religión, ejes esenciales en la educación de los jóvenes de aquellos tiempos. No menos llamativa es la torre mirador inaugurada en 1871, ocupada durante la revolución de 1880 por las tropas del Ejército Nacional y utilizada, años después, como lugar de penitencias para los alumnos propensos a la expulsión. Gracias a la brillante idea de dos sacerdotes de la Congregación y a la donación de un telescopio efectuada por el padre de un alumno, en 1914 comenzó a funcionar allí el primer observatorio astronómico de la ciudad. Cincuenta y seis años después, con la muerte del sacerdote encargado de su manejo, la torre se cerró. Recién en 1980, el arduo trabajo de restauración impulsado por alumnos del Colegio hizo posible no sólo la reapertura del Observatorio, sino también el normal dictado de las clases de Astronomía, lo que años posteriores se vio favorecido por la compra de un nuevo telescopio.

Dentro del establecimiento, tres sitios significativos se revelan ante nuestros ojos. Uno de ellos es el Museo de Ciencias Naturales, que guarda colecciones de gran valor seleccionadas por los padres de la Congregación bajo el sabio consejo de destacados naturalistas, como Carlos Burmeister y Carlos Berg. La dedicación abnegada de aquellos sacerdotes por perpetuar el conocimiento en las generaciones venideras se refleja en las vitrinas del museo, que reúnen, prolijamente, desde mariposas, insectos, reptiles y batracios hasta mamíferos de gran porte y, sobre todo, una maravillosa colección de aves, la mayoría de nuestro país. La riqueza de algunas piezas es incalculable si tenemos en cuenta que fueron donadas por uno de sus ex alumnos más célebres, el perito Francisco Pascasio Moreno.

En otro sector del Colegio, la Capilla Gótica, dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, deja boquiabiertos a los visitantes. El retablo de doce metros de altura, en roble americano, tallado integramente en la Argentina por el escultor francés José Peuch y sus ayudantes, es uno de esos tesoros ocultos que los ciudadanos de Buenos Aires no pueden dejar de conocer. La imponencia de las figuras religiosas de madera que sobresalen del altar y las finísimas capillitas de metal dorado que ocultan pequeños relicarios no hacen más que introducirnos en una muda y serena contemplación, que sólo es interrumpida por el subyugador sonido del viejo órgano traído de París en 1902 y restaurado hace dos años.

Siguiendo el itinerario, se llega al majuestuoso Salón de Actos, inaugurado en 1915 con la presencia del entonces intendente de la Ciudad, don Arturo Gramajo, a su vez, padre de uno de los alumnos del Colegio. Con una capacidad para 1.500 personas, este gran espacio dedicado a las artes combina lo mejor de los tres órdenes arquitectónicos clásicos: dórico, jónico y corintio, plasmados respectivamente en la platea, en las galerías y en el cielorraso. Cúpulas y grandes ventanales filtran la luz natural hacia el interior del salón, que exhibe en lo alto un fresco de grandes dimensiones del pintor italiano Octavio Fioravanti. El salón y el escenario son motivo de orgullo para la historia del Colegio, ya que fueron testigos de la introducción de uno de los mayores adelantos de la época: el proyector de cine.

En hora buena, la historia educativa y social del Colegio San José quedó atesorada en este magnífico edificio, en sus libros, en sus objetos, en sus muebles y en el recuerdo de las ilustres personalidades del país que pasaron por sus aulas, como Hipólito Yrigoyen, Ricardo Balbín, Florentino Ameghino, Luis María Drago, Pedro Lagleyse y Félix Luna, entre otros.

Pero como quien despierta bruscamente de un sueño, puertas afuera la realidad sangra por las heridas del legendario establecimiento educativo. La preservación del perímetro original de esta casa de estudios, declarada Monumento Histórico Nacional, hace rato que perdió la batalla contra la mercadería de segunda mano, confirmando así las viejas teorías sobre la eterna lucha entre la educación y la economía.

Solitaria, la estatua del padre Barbé, próxima a la entrada principal del Colegio, puja por mostrarse en medio de la mutilación edilicia y de un improvisado campamento de cartoneros. Detenida en el tiempo, la imagen del padre bayonés tomando de la mano a un niño, no es más que la síntesis de un ayer que proyectaba futuro, en medio de un hoy con gran incertidumbre de mañana.

12 de octubre de 2008

La Santa Casa

Edición N° 39


Tarde o temprano, todos aquellos que vivimos en Buenos Aires sentimos la necesidad de hallar un oasis que nos permita buscar, en el silencio, la claridad de nuestros pensamientos. En ocasiones, ese encuentro íntimo y personalísimo resulta difícil de imaginar en esta ciudad donde la rutina agobia sin cesar. Sin embargo, hace más de dos siglos, alguien supo comprender a esas almas ávidas de serenidad y de recogimiento, y dio lugar a una gran obra espiritual que aún perdura.

Su nombre era María Antonia de Paz y Figueroa, una joven santiagueña que dejaría atrás su buena posición económica y su estatus social para seguir los pasos de los Padres Jesuitas y dedicarse plenamente al descubrimiento de Cristo por medio de los Ejercicios Espirituales, iniciados en aquellos tiempos por San Ignacio de Loyola. Estos Ejercicios o Retiros Espirituales consistían en charlas destinadas a la reflexión, a la meditación y al cultivo de los valores cristianos, y se realizaban en lugares cerrados y por varios días.

Con la expulsión de los jesuitas, dispuesta por Carlos III en 1767, María Antonia decide emprender su marcha hacia Buenos Aires para continuar con la obra de estos sacerdotes y fomentar la práctica de los Ejercicios Espirituales en la gente. Descalza, con una cruz de madera entre sus manos y su fe a cuestas, llegó caminando desde su Santiago hasta la Buenos Aires del Virreinato. Según los testimonios de aquella época, ingresó a la ciudad por el actual Pasaje de la Piedad y se refugió en la iglesia del mismo nombre, donde descansan sus restos.

Conocida por sus fieles como Sor María Antonia de San José o Mama Antula, dedicó su vida a la instrucción de indios, pobres y negros; protegió a personas desamparadas; cobijó a pecadores; ayudó a enfermos y a mujeres de la calle, y fue hacedora de “hechos prodigiosos”, por lo cual sus devotos motivaron el inicio del proceso de beatificación en Roma.

En 1795, fundó la Casa de Ejercicios Espirituales, justo en el límite donde al sur de Buenos Aires sólo había nada. Hoy, más de doscientos años después, declarada Patrimonio Histórico Nacional, la Casa ostenta el título de ser el único edificio que conserva su arquitectura original y el más antiguo de la ciudad.

Desde 1996, cada tercer domingo de mes el silencio y la meditación se rinden ante el cuchicheo de los porteños ansiosos de curiosidad: la Santa Casa de Ejercicios Espirituales abre las puertas y muestra con orgullo sus capillas, cinco de sus nueve patios coloniales, tallas y vestimentas de santos -reliquias de los siglos XVII y XVIII-, celdas para meditación, relojes de más de trescientos años en funcionamiento y hasta faroles de la época del virrey Vertiz.

Por sus galerías, la historia dice presente y recuerda no sólo a las personalidades de nuestro país que por allí pasaron, como el General Belgrano, Juan José Castelli, Mariano Moreno o Bartolomé Mitre, sino también episodios románticos, como el de Mariquita Sánchez y su primo Martín Thompson, quien se disfrazaba de vendedor ambulante para entrar a la Casa y encontrarse con ella.

Ubicada en la manzana trazada por las calles Salta, Estados Unidos, Lima e Independencia, la Casa de Ejercicios Espirituales impacta por su escasa altura y su extensión, comparada con los edificios que la circundan; pero más aún por el profundo y gratificador silencio contenido puertas adentro, tan inesperado en una ciudad que, sin piedad, ensordece en cada esquina.