8 de junio de 2008

"Bocatango" (Brandsen 923)

Edición N° 34




1870. De cara al antiguo puerto de Buenos Aires, la esperanza agita los corazones apátridos. Son los finales del siglo XIX, y los barcos a vapor, atestados de inmigrantes, detienen su lenta marcha en las costas del río de la Plata. La mayoría de los tripulantes son de origen italiano y español, y vienen a “hacerse la América” en una América que promete futuro. Obligados al arraigo, los recién llegados colapsan rápidamente el débil equilibrio urbano y son pieza clave para el constante crecimiento de la población argentina, ahora influida por nuevas costumbres y culturas.

De la inmigración italiana, los genoveses son quienes adoptan a La Boca como su hogar. Este barrio, puramente obrero, ve surgir, a la par de la instalación de astilleros, frigoríficos y talleres metalúrgicos, los primeros “conventillos”, precarias construcciones de madera y chapas de cinc elevadas sobre pilotes de quebracho y pintadas con los sobrantes de las embarcaciones, donde las condiciones de vida son sinónimo de hacinamiento. Por aquel entonces, también se conoce como “conventillo” al inquilinato de cuartos de petit hoteles o de residencias abandonadas por la elite porteña, que, por diversas razones, marchó hacia el norte de la ciudad en busca de mayor estatus. Todas estas vecindades se desarrollan en torno a un patio central, provisto de un único baño, una única cocina y varios piletones a modo de lavaderos. Justamente, estos espacios abiertos son el punto de encuentro de las diferentes nacionalidades, donde el cruce de idiomas y de tradiciones genera situaciones tragicómicas que, luego, servirán de inspiración para el desarrollo de un nuevo género teatral: el sainete, típica pieza popular que refleja los problemas de la clase baja, como la escasez de dinero y la convivencia diaria.

A principios del siglo XX, Buenos Aires comenzó a definir su identidad urbana de la mano de estos grupos multitudinarios de extranjeros. La impronta cultural de los nuevos habitantes quedó marcada a fuego en cada rincón de la ciudad portuaria, a través de su idiosincracia, de las artes, de la arquitectura, del baile y del canto. Y es así como el tango, la canción de Buenos Aires, surge en los prostíbulos de las zonas marginales, donde se asientan las clases más pobres, constituidas por estos inmigrantes y por gente de campo que viene a probar suerte a la gran ciudad. De la primigenia milonga campera cantada por los payadores, salen los primeros acordes de esa nueva música que representa, hasta hoy, el más profundo sentir porteño.

2008. Buenos Aires abre sus puertas ante la llegada de nuevos extranjeros. Pero esta vez no vienen a instalarse en busca de un porvenir, sino a conocer una ciudad que, para muchos, es el recuerdo vivo de sus antepasados.

En la calle Brandsen al 900, barrio de La Boca, la melancolía de la música nacida en los prostíbulos porteños ―otrora asilos sentimentales para inmigrantes nostálgicos― se funde con los colores estridentes de las chapas de los conventillos y dan origen al complejo Bocatango, un arco iris musical ubicado a pocas cuadras del Riachuelo. Bocatango, es el sainete y el dos por cuatro, el inmigrante y el compadrito. Este complejo temático turístico, en el que el azul y el amarillo son predominantes gracias a la proximidad de la Bombonera, se asienta sobre los 2.200 m2 de terreno de lo que fuera una antigua aceitera, cerrada durante diez años. El reciclado de la fábrica posibilitó activar un espacio para la recreación de la vida en los típicos conventillos y otro para mantener a flor de piel el espíritu del tango. También se instalaron un restaurante de estilo campestre, donde se puede degustar la tradicional cocina argentina, y un paseo de compras repleto de los más variados souvenirs.

Bien vale decir que quien ingresa en Bocatango se siente, por un día, inmigrante hasta la médula. La estación “La Boca” del ferrocarril, con la añeja zorra aferrada a los rieles, da la bienvenida a esta miniciudad ribereña, de calles empedradas y aluminios chillones, de guirnaldas de luces de colores y de prendas íntimas oreadas al sol. A simple vista, y con la cancha xeneize como fondo escenográfico, asoman los nuevos conventillos, que son una réplica de los originales, una copia exacta de los que supieron habitar familias numerosas, muchachas empleadas como servidumbre, “nenes de mamá”, cantantes, músicos, guapos y hasta borrachos. Sorprende la verosimilitud lograda en el interior de cada cuarto con la decoración característica de las humildes habitaciones de aquellos años. Las infaltables fotografías familiares en tono sepia o en blanco y negro; los armarios espejados, de patas finas, repletos de trajes a rayas y vestidos almidonados; las viejas valijas de cuero; la plancha a carbón; la máquina de coser Singer; la vitrola brillante y hasta la jaula del loro indican que el tiempo se encaprichó en no mover ni una hoja del calendario.

El patio, como entonces, sigue siendo el epicentro del encuentro social, el lugar para el diálogo y la pelea. Por las noches, Bocatango presenta a treinta actores que se encargan de darle vida a este pedazo de la Buenos Aires antigua, emulando a los personajes del barrio y relatando las pequeñas historias cotidianas que angustiaban o alegraban a la clase baja. En el Patio del Riachuelo, pasado y presente se funden gracias a la comicidad de los artistas que interactúan con los visitantes, mientras suena, llorón, un bandoneón. Es que, junto al conventillo, el complejo invita a conocer su exclusivísimo salón de tango, más conocido como “Café de los Vitraux”, cuya imagen remonta a la de los clásicos cabarets de la belle époque. En este lujoso espacio destinado a rendir culto a la música ciudadana, la ambientación es exquisita: apenas se ingresa, bajo el reflejo multicolor de un precioso vitraux, la barra de mármol veteado tienta al visitante a degustar alguna de las bebidas alcohólicas guardadas en las botellas adosadas al espejo de la boisserie. Para los nostálgicos, no falta la artística botella de vidrio de Anís "Don Paco” ni los finos y olorosos jereces Pera-Grau y Quina Ruiz, todas reliquias. Sin embargo, la estrella de la barra es una antigua cafetera de bronce, que brilla tanto que mejor ni rozarla para que no se marque. Más allá, los inmensos y confortables sillones de paño rojo, las lámparas colgantes de cristal, los espejos ondulados, los lustrosos pisos de madera y las hileras de mesas de café ubicadas frente al escenario y la orquesta crean una atmósfera de ensoñación. Desde los palcos, la panorámica es excelente y permite apreciar a los músicos, a los cantantes y a los bailarines en vivo en todo su esplendor.

Pertrechados con sus cámaras fotográficas y folletos en mano, los turistas se maravillan a cada paso. Como ningún otro sitio de Buenos Aires, Bocatango ha logrado mantener viva la memoria de aquellos que ya no están, de aquellos que, con esfuerzo y tesón, y alejados definitivamente de sus patrias, forjaron una auténtica identidad rioplantense. Bocatango no es la añoranza de esa tierra lejana, sino la unión de almas errantes combinadas con la mística de un barrio que se ideó a sí mismo. Es la ilusión de sentirse, por un día, más porteños que nunca. Es “un arrabal con casas que reflejan su dolor de lata... Un arrabal humano con leyendas que se cantan como tangos...”.

5 comentarios:

bett/ dijo...

Andre me encantó tu introducción a este mundo fascinante que es la Boca y su historia...y a este Bocatango... besotes grandes desde la otra orilla del Atlántico...

Gustavo Ernesto Rosa dijo...

Andrea gracias por seguir mostrando este Buenos Aires que esta y que a veces pasamos corriendo y no vemos , gracias por mostrar Bocatango y su alma ,un lugar que tiene mucho de la historia de nuestros abuelos y que tiene mucho de nuestras propias historias y apenas conocemos .

Andrea dijo...

Gustavo, ante todo, agradezco tu infinita generosidad, por permitirme descubrir este rincón detenido en el tiempo que es Bocatango, con sus risueños personajes cantando y bailando entre tanto colorido. ¡Ni qué hablar del show de tango! Bien porteño, y con una orquesta que suena increíble...
¡Gracias!

Andrea dijo...

Betty: cuando cruces el Atlántico, no dejes de conocer este lugar. Sé que te va a encantar.
Besos...

Anónimo dijo...

Interesante historia que enlaza dos tiempos en un sitio emplazado en el corazón de La Boca.
La música, los colores, olores y sabores marcan el pulso de Bocatango, el lugar indicado para todo aquel que quiera "vivir", por unos instantes, el ayer del barrio y disfrutar de un espectáculo de primer nivel.
¡Felicitaciones por hacernos recorrer este Bocatango!