11 de enero de 2008

Caleidoscopios

Edición N° 28


La Francia del siglo XIII llevó a los vitrales a su máxima expresión y por el lugar destacado que adquirieron dentro de las iglesias y catedrales fueron considerados "la pintura gótica" de la época. Los rosetones y ventanales, saturados por la multiplicidad del color y sometidos violentamente a la luz solar, generaron un submundo irreal, una atmósfera de ensoñación dentro de las altísimas construcciones. Fue así que los cristales de colores, entrelazados por delgadas líneas de plomo, comenzaron a suplantar a los murales pintados que plasmaban las escenas religiosas y cotidianas.

La técnica se expandió por todo el mundo y en Buenos Aires hasta se la puede encontrar aplicada a la decoración de algunos mausoleos del famoso cementerio de Recoleta. Pero no es necesario entregarse al llamado gélido de la muerte para estar cerca de esos caleidoscopios gigantes: alcanza con atravesar el atrio de cualquiera de las numerosas iglesias y capillas que hay en la ciudad para dejarse abrazar por la calidez que inunda sus interiores, mientras los rayos luminosos perforan con fuerza los inmensos mosaicos multicolor. Parados frente a ellos no cabe otra posibilidad que sucumbir, maravillados, al poderoso juego de la contemplación.

1 comentario:

Fabiana dijo...

Estos conciertos de luces, donde los colores y las formas piden permiso para que el interior del hombre pueda ser apreciado por los ojos urbanos, están aquí ¡en Buenos Aires!
¿Qué maravilla, verdad?
Felicitaciones, Andrea.