18 de noviembre de 2007

Reflejos del ayer

Edición N° 23

Recorriendo la ciudad, uno no puede dejar de pensar en lo gloriosa que debe haber sido su estampa en los años de su apogeo. Hacia el 1900, la arquitectura de la ciudad de Buenos Aires gozaba de tanto prestigio que la ubicaba entre las doce mejores capitales del mundo. Curiosamente, los arquitectos que idearon esos imponentes edificios asentados sobre el suelo porteño, en su mayoría, no conocieron la ciudad: desde Europa enviaban los planos de las obras solicitadas por sus clientes y su posterior ejecución quedaba en manos de otros colegas, muchos de ellos italianos, españoles y también argentinos. Realmente, resulta imposible no imaginar a la ciudad de aquellos tiempos como un gran atelier a cielo abierto, plagada de arquitectos, de escultores, de pintores, de herreros, de carpinteros y de barcos anclados en el Río de la Plata, repletos de mármoles, de mosaicos, de fino herraje, de exquisitas maderas...

Los archivos fotográficos de entonces no dejan dudas sobre tanto esplendor: majestuosos palacios, residencias y edificios públicos, embellecidos con preciosos ornamentos cuidadosamente elaborados; mármoles de Carrara transformados en infinitas escalinatas, en columnas jónicas, dóricas y romanas y en monumentos escultóricos de un realismo impensado; fastuosos relojes, con maquinarias diseñadas exclusivamente en el Viejo Continente; farolas, campanas, portones, puertas, lámparas y vitraux de dimensiones colosales que arribaron, principalmente, de Francia... Todo, todo con el fin de dar a luz a esta ciudad que buscaba ser una réplica de las más bellas de Europa.

Hoy, Buenos Aires todavía exhibe en sus calles ese patrimonio, símbolo de prestigio y de poder. Pero otras corrientes arquitectónicas, con aires modernos y con poco interés en preservar y en respetar el incalculable valor histórico de aquellas viejas construcciones, se han abierto camino en medio del brillo y de la grandeza del pasado. Estructuras gigantes de hormigón y de esqueletos metálicos se elevan junto a las antiguas reliquias de granito y mármol, como queriendo adueñarse de las miradas porteñas. Sin embargo, los amplios ventanales espejados que revisten a los jóvenes edificios parecen rendirse, enamorados, ante la belleza descomunal de la vejez.

4 comentarios:

Fabiana dijo...

¡Excelente logro fotográfico! Precioso el Congreso reflejado. Muchas veces he pasado por allí, pero nunca acerté el momento preciso para verlo así, como si estuviese frente a un espejo.

Andrea dijo...

¡Gracias, Fabi!

Marcela dijo...

Cuántos progresos, ilusiones de ciudadanos, proyectos de gente común -como vos y yo- se ven reflejados en ese espejo que dibuja la silueta de la "casa del Pueblo". Cuánto debería mover esa imagen en el interior de cada argentino, en sus derechos, en sus deberes: en fin, en su propia vida sociopolítica.

Adri dijo...

Muy bueno tus relatos!! siempre hay algo más que todos vemos de nuestra Buenos Aires.