16 de septiembre de 2007

Bar "La Biela" (Av. Quintana 596)

Edición N° 17

Transcurre la vida y el estrés acecha de diversas formas y sólo es mínima la cantidad de personas de las sociedades urbanizadas que quedan exentos de padecerlo. Emprender la jornada de trabajo desde muy temprano y continuar con ella, aún cuando se está en casa, forma parte de la normalidad. "Producir", "estar a la altura de..." correr, correr y correr con el objetivo de alcanzar la máxima calidad y excelencia, no sólo desde el punto de vista laboral sino también para satisfacer aquellos anhelos, los más íntimos, de estabilidad y felicidad, parecen ser las reglas del juego de la sociedad capitalina.


Y, en ese devenir avasallante de las situaciones autoimpuestas, llegan aquellos momentos en los que resulta imperioso pisar el freno y detenerse a estudiar los caminos por seguir; la elección equivocada de una ruta o la ruptura de una pieza maestra de nuestro medio de movilidad, rendiría inalcanzable la meta perseguida...


Eligió La Biela para su pausa porque cada personaje que ingresaba, el célebre —un intelectual, político o artista— o el ignoto —un turista; una anciana con su dama de compañía; un grupo de amigos que hablaban de los viejos tiempos y del político sentado en la mesa sobre Quintana; el estacionador de autos vestido de tanguero, sin historia, sin pasado para aquel que lo observaba entrar— tenía allí un "Partenón" para detenerse en sus cavilaciones o en su búsqueda de sosiego.
Sus pensamientos la llevaron a ese bar, que era, también para ella, el lugar adecuado para analizar las imágenes y sentimientos que se encontraban dispersos en su mente, que la alborotaban. Entró de manera apresurada, la puerta de vidrio y madera se cerró, y a sus espaldas quedó la calle Quintana. Sintió que allí todo avanzaba con otros tiempos y un toque, casi mágico, puso freno a sus pasos.


Con su mirada, buscó una mesa cercana a la ventana que daba a la calle Ortiz, la encontró y caminó hacia ella. Tomó asiento y después de acomodar los bártulos, sus ojos se perdieron en la contemplación de la Iglesia del Pilar y el añejo gomero, quizás, buscando con su imaginación los personajes que habitaron la zona siglos atrás. El bar donde se encontraba distaba mucho de parecerse al primigenio, nacido como una pulpería, que se mantenía gracias a los festejos de la virgen del Pilar y a la presencia de los monjes recoletos.


De esa simple abstracción regresó cuando el mozo, para llamar su atención, deslizó, con gran delicadeza, casi timorato, el menú sobre la mesa, justo delante de sus codos y ante su mirada. Ella volvió en sí: "una lágrima, por favor" y retuvo el menú. Él le sonrió, como siempre, con la peculiar cortesía de esos mozos, de rostros afables que manifestaban la ausencia de cualquier tipo de apremio. Una sonrisa para cada oportunidad y quizás para cada historia, como si el contacto diario con tantas personas los llevara a percibir los diferentes estados de ánimo de aquellos que disfrutan de su atención. Tampoco en otras oportunidades habían roto con ese cliché que los caracterizaba: cordialidad, delicadeza y esmero. Eran acreedores del respeto de la gente y cómplices conscientes de la mística del Bar.


Mientras él se alejaba para traer su pedido, ella leía en la segunda página del menú la historia recitada del lugar: "Lo bautizó un español como Viridita, era una angosta vereda con sólo dieciocho mesas y creció con el nombre de Aerobar, y se hizo conocido internacionalmente como La Biela, cuando finalizaban los años 50, y era el punto de reunión de los héroes y fanáticos del automovilismo. También se daban cita intelectuales, artistas, políticos y turistas. Fue entre "tuercas", cafés y debates que tomó su nombre de esta pieza clave para el funcionamiento del coche… "…y era el punto de reunión de los héroes y fanáticos del automovilismo. También se daban cita intelectuales, artistas, políticos y turistas", repite. Observa y medita: cuadros con fotos de autos de carrera, de Oscar Alfredo Gálvez, trofeos, todas las sillas con la biela tallada y hasta fotos del General San Martín… Vuelve atrás nuevamente, a épocas en las que quién sabe cuántas calles de aquel barrio porteño estarían asfaltadas. En particular, se concentra en los personajes de antaño que hicieron de este un punto de encuentro de un atractivo especial para cada uno de ellos.


Estos protagonistas eran hombres como los hermanos Gálvez, que como tantas otras personalidades que allí se convocaban, trabajaban con ahínco en pos de una Argentina próspera. Fueron ejemplos de vida que, además de crear, se concedían momentos de esparcimiento en los que dejaban sus principales ocupaciones para dedicarle un tiempo al café y a la camaradería. Entablaban debates ideológicos de los acontecimientos de la vida que los rodeaba, expresaban sus convicciones, miedos, metas y logros. Cada uno era poseedor de su propio "Partenón", el lugar donde desarrollaban esas charlas distendidas, o no tanto, que quizás hayan sido estimulantes en la producción de más obras de ingenio. Y ellos, en el transcurso de la carrera, cuando les resultaba imperioso pisar el freno para detenerse y reflexionar sobre los caminos por seguir, eligieron La Biela, donde el tiempo había dejado de correr frenético y avanzaba prudente, mientras el danzar perfumado del café en su pocillo, en el ritual que el hombre realiza cada vez que lo lleva a su boca, despertaba los sentidos y el alma se complacía de la quietud circundante.


Llegó su pedido. Sintió que el perfume de su lágrima, la mesa de siempre, la ventana que dejaba entrar el calor envolvente del sol, la calidez del mozo, la quietud de "su" bar —con sus historias— habían hecho posible que encontrara la paz que buscaba.

Autora: Elizabeth Cicoria

3 comentarios:

Fabiana dijo...

Es uno de los bares que no conozco más que desde afuera. Este primer acercamiento, hará que en próximos viajes abra la puerta e ingrese.

stefano dijo...

Fantastico bar para desayunar, leer periodicos, mirar gente en un lugar precioso de Buenos Aires. Servicio super atento, yo desayuno en "La Biela" todos los dias.

Anónimo dijo...

Andrea
Escribe muy bien, que gusto en poder leer el blog
Hace un relato maravilloso de la ciudad
dentistaturista