4 de julio de 2007

Bar "El Progreso" (Av. Montes de Oca 1702)

Edición N° 8


EL CAFÉ ES UNA SOCIEDAD DE CALORES MUTUOS
Ramón Gómez de la Serna


El barrio, ya no es el mismo: las barracas han desaparecido, las interminables vías del tranvía son parte del recuerdo y el tránsito vehicular es intenso a toda hora. Casi todo ha cambiado como consecuencia de las implacables huellas del progreso. Hasta la inolvidable fábrica de los exquisitos chocolates Águila ya no existe y los nombres de algunas calles, mudas testigos de las transformaciones, no son los de antes. Pero desde 1942, allí, al sur de la ciudad, en pleno barrio de Barracas, al final –o al comienzo- de la antigua Calle Larga, hoy Montes de Oca, en su intersección con California, sigue en pie un símbolo y referente del barrio, en la planta baja de un edificio de comienzos del siglo XX. En la amplia ochava, dos puertas vaivén de vidrio y madera con dos vidrieras laterales en las que se exhiben una pava, un mate, la infaltable botella de ginebra de barro y cuadros antiguos, son el acceso al Bar El Progreso.
El simple ingreso en el local, de altos techos y columnas revestidas de madera en su base, produce un gran impacto visual y preanuncia lo que será un inmediato torbellino sensorial. Adivino que lo mejor será sentarse en una de las mesas de fórmica y patas de madera de hace cincuenta años, dispuestas espaciosamente en el amplio salón y, desde allí, comenzar a observar todo de manera tranquila: la estructura del lugar, la decoración, la gente y cada detalle, desde el más nimio hasta el más importante.
De ser posible, elijo siempre la misma mesa, sobre la calle California, junto a altas ventanas de pinotea, tipo guillotina, con gruesos barrales para su desplazamiento hacia arriba o hacia abajo, por donde durante todo el día, hasta que empieza a caer la tarde, entra avasallante y sin permiso una gran luminosidad que inunda de tal forma el interior que hace innecesaria la luz artificial. Desde esta privilegiada ubicación, la perspectiva es perfecta. Todo o casi todo –el interior y el exterior- está al alcance de los ojos. Desde allí, sobre las columnas, pueden observarse las fotos del Barracas de antaño –se destacan los automóviles de comienzos del siglo XX y la característica vestimenta de la gente de la época en plena feria-, una farola art decó de bronce igual a las que por las noches iluminan señorialmente el exterior del edificio, y un artículo periodístico con sugestivo título, "Terapia de la lentitud", que, en el lugar, adquiere un particular sentido.
Me siento tranquila y cómodamente en una de las tantas originarias sillas de madera y de inmediato se acerca el mozo, con la característica chaqueta bordó y el pantalón negro. No pido nada fuera de lo común: un simple café con leche y medias lunas, que me servirán de excusa para permanecer en el lugar. Aprovecho la espera para continuar observando todo como un niño que redescubre juguetes guardados durante mucho tiempo en un arcón. Observo y toco las mesas de fórmica y las sillas de madera gastadas por el tiempo. A mi alrededor, en otras mesas, personas, por lo general, solas leen abstraídas de todo –algún libro de filosofía, un diario o una revista- o, simplemente, ven pasar el tiempo, que aquí no sólo se tiene la sensación de que no se pierde, sino de que se lo recupera.
Del techo cuelgan antiguos ventiladores de cuatro aspas y cuatro arañas de distintas épocas y estilos, que son encendidas por las noches y dan al lugar un toque de distinción. Los gastados pisos de granito son testigos silenciosos de los infinitos pasos que atesoran. Pero dos de las características principales, que también ponen de relieve una época, son la boiserie y la mampara de madera y vidrio martelinado y ornamentos art decó esmerilados, que da intimidad al contiguo salón familiar, más reservado y, por ende, más tranquilo que el principal.
Dos vitrinas, iluminadas por las noches con dos veladores que se encuentran en su interior, atesoran antiguos objetos, propios o donados por vecinos: cafeteras, azucareras, cubiertos, tazas, relojes, libros. Y, en las paredes, permanecen presentes retazos de costumbres de otros tiempos, como los antiguos y hoy ridículos edictos policiales –prolijamente enmarcados en madera- y la prohibición de escupir en el suelo y de vender bebidas alcohólicas y tabaco a menores de 15 años, según rezan las placas de bronce oscurecido por los años. También pueden divisarse notas periodísticas sobre el bar, afiches de algunas de las películas filmadas allí, fotos de personalidades que lo visitaron o lo frecuentan, y banderines de clubes de Barracas –aunque allí no se habla de fútbol-, así como un caballete de pintor en el que se exhibe la cartelera cultural del barrio. Mapas de España y de Asturias y una foto del príncipe Felipe permiten adivinar las raíces de la propietaria del lugar y de su esposo, ya fallecido.
Mis ojos inquietos casi no dan abasto ante tanto para ver. Pero se detienen ante unas láminas de los famosos almanaques de Alpargatas -¡hace tanto que no los veía!- con reproducciones de Molina Campos, quien, con su particular estilo, su trazo contundente y definitorio, retrata al gaucho y a su entorno campestre, fundamentalmente al caballo, con ojos saltones, desbordados y dentadura desafiante. Y siento una emocionante sorpresa al ver objetos que tanto me entretuvieron en mi infancia: un yo-yo, un balero y un trompo, con los que apuesto a que ningún niño de la ciudad de hoy sabría qué hacer si los tuviera en sus manos, más familiarizadas con teclados de computadoras o de teléfonos celulares. Más allá, sobre el mostrador atiborrado de fotos de la dueña en su juventud y acompañada por distintas personalidades, es posible descubrir el antiguo teléfono negro con horquilla, que todavía funciona, de la época de nuestros abuelos.
No resisto la atracción de echar una mirada a la barra, el ancho mostrador de madera, la ajetreada cafetera, las medias lunas en bandejas dentro de campanas de vidrio, y un llamativo y artístico grifo con forma de cisne. A un costado, la heladera Siam con bebidas y fiambres a la vista, y más atrás la antigua y gran máquina registradora de los 40, ya en desuso.
Detrás del mostrador, se destaca el exhibidor de bebidas de tradicionales marcas e inconfundibles etiquetas –Boussac, Hesperidina, Tres Plumas, Quilmes, Bols, Legui, Old Smugler-, acomodadas sobre estantes de madera o de vidrio, con un espejo detrás que refleja al salón y le da una mayor perspectiva.
El mozo se acerca tímido y silencioso con mi pedido, acostumbrado seguramente a no querer interrumpir a los clientes ensimismados en sus tareas. Pone sobre la mesa un plato con tres generosas medias lunas y una enorme taza blanca, en la que agrega un aromático café y, luego, abundante leche. Una vez más, me brotan recuerdos, en este caso, de cuando en mi casa tomaba remolonamente el café con leche en un tazón también blanco, que parecía no tener fin y que siempre dejaba por la mitad. Pero hoy el solo aroma que emana del contenido de ese recipiente de inmediato me invita a saborearlo hasta el final. Y así lo hago, casi ridículamente diría. Agarro el tazón blanco, observo el café con leche humeante -el reflejo de los rayos de sol que entran por el ventanal y sin permiso se posan sobre mi mesa me dejan ver cómo se desprende el humo-, cierro los ojos, lo acerco a mis labios, tomo un pequeño sorbo y lo saboreo como si estuviese reconociendo la cepa de un exquisito vino fino. El resultado es un deleite absoluto. A riesgo de exagerar, no creo que hoy haya en Buenos Aires muchos otros lugares que sirvan un café con leche tan abundante y sabroso.
Un hecho sin dudas llamativo es que, sobre una de las tantas mesas, siempre en la misma, sobre la fórmica, hay un pequeño cartel que dice "Reservado". Casi nunca está vacía. A cualquier hora del día, es ocupada por una misma mujer, por lo general, rodeada de un pequeño y simpático gato color té con leche que dormita sentado en alguna silla que preferentemente reciba los rayos del sol. Muchos se acercan y saludan cariñosamente a la mujer. Se trata de la alma máter del lugar, Licinia, la propietaria desde hace casi 50 años, una asturiana de joven espíritu y de carácter fuerte y emprendedor que aún hoy tiene planes para seguir contribuyendo al progreso de "El Progreso". Aunque se queja de no ver ni de escuchar bien, nada escapa a su atención y, en todo momento, está al tanto de todo cuanto allí sucede, de quién entra y de quién sale, de lo que ocurre en el salón y detrás del mostrador. Siempre quiere ofrecer lo mejor. Por eso, más de una vez repite a quien se le acerca que los productos que ofrece deben ser de primera calidad y que la taza de café con leche que se les sirve a los clientes, sobre todo en el desayuno, tiene que ser grande para que puedan hacer frente con energía a una larga jornada de trabajo. Desde "su" lugar, con los brazos apoyados sobre la fórmica, da indicaciones casi imperceptibles al mozo para que limpie una mesa o para que coloque más leche en una taza. Y siempre accede a charlar animadamente con quien se le acerque para saludarla o para felicitarla por seguir apostando al trabajo "con tanto sacrificio", ante lo cual responde, contundente y con su inconfundible entonación española: "¡Esto para mí es un gusto, no un sacrificio!". Y siempre agrega: "Es mi vida; es como mi segundo hijo. Es un disfrute hablar con la gente y escucharla. Aquí, trabajando y charlando con la gente, he aprendido y sigo aprendiendo mucho".




El profundo silencio del lugar, un auténtico paraíso para la lectura, la escritura o la contemplación, sólo es interrumpido por esas conversaciones de Licinia con los clientes o de quienes hablan en otras mesas, por el ruido de las tazas al ser acomodadas sobre la máquina de café o por el chirrido de la puerta cada vez que entra o sale un visitante. Por suerte no hay televisores, ni música ni Wi Fi y la única conexión posible es con los demás y fundamentalmente con uno mismo. Allí hasta el tiempo parece transcurrir más lentamente, parece adquirir otra dimensión y se pierde noción de su implacable paso. El ajetreo de la calle, que se observa detrás del ventanal, hacen más pronunciado el contraste.
Ya es tarde. Es tiempo de partir. Con el conocido gesto manual pido la cuenta al mozo, quien enseguida me dice cuánto es lo que he consumido. Le pago y agradece mi visita. Al igual que otros visitantes, antes de partir, yo también saludo a Licinia y trato de retener muchas de sus palabras, producto de valores que el progreso parece haberse llevado. Me desea éxitos. Echo una nueva mirada a cada detalle del lugar hasta que llego a las puertas vaivén de vidrio y madrera, que abro y me despiden con su infaltable chirrido. Salgo a la calle. Confirmo que el ritmo es otro. En el barrio, ya no hay barracas ni vías de tranvía y el tránsito vehicular es incesante. Mucho ha cambiado como consecuencia del progreso. Pero el inexorable progreso que se impone convive con "El Progreso" que se elige, el de ayer y de hoy –ahora considerado un "notable" de Buenos Aires-, que se sigue proyectando hacia el futuro. Uno y otro, cada uno a su forma, son parte del Buenos Aires de hoy.

Autor: Jorge Alberto Bravo

5 comentarios:

Bett/ caprichitos dijo...

q interesante esta siendo el blog cada vez mas historias impresionante!!!!!

bett/ dijo...

y más felicitaciones a su autor por supuesto!!!!

Andrea dijo...

Gracias, Betty. Te aseguro que vale la pena darse una vuelta por estos cafés notables.

profquesada dijo...

Hermoso blog. Muy atractivo e interesante. lo recomendaré.
un saludo

Sandra Gervan dijo...

Me encanta como como describis todo, parece que estuviera mirando una película!!!! :-D :-D