29 de enero de 2012

Casal Catalán

Edición N° 64
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Justo en 72 horas tomaré el avión que me llevará nuevamente a Buenos Aires. Creo que ha pasado demasiado tiempo (casi un año) desde que estuve allí por última vez. Soy catalán, hijo de Barcelona, aunque en la actualidad vivo a 60 kilómetros de esa ciudad; y he sentido siempre una especial atracción por ese gran país que es la Argentina y, sobre todo, por su capital. Barcelona y Buenos Aires comparten muchas cosas, una de ellas son los magníficos edificios que engalanan sus calles. Hará más o menos dos años que, por casualidad, fui a parar a este excelente blog de Andrea: “Secretos de Buenos Aires”. Me llamó la atención el hecho que se mencionase que en Buenos Aires había una cúpula escrita en catalán: “No hi ha somnis impossible”.

Pues bien, ahora que estoy a punto de volver a Buenos Aires me ha venido a la cabeza una pequeña historia que viví en mi primer viaje: Yo estaba residiendo por unos días en un departamento de la zona de Belgrano R, casi tocando a la estación de Colegiales, muy cerca de Cabildo, a veinte minutos andando de Barrancas de Belgrano, realmente una zona muy linda y muy tranquila. El caso es que tenía que desplazarme a la zona de Olivos y para ello llamé a una empresa de taxis. Al otro lado me salió una voz que me pidió los datos: adónde iba, a qué hora, etcétera. Al llegar a mi nombre le dije el nombre y los dos apellidos (en España es habitual hacerlo así, dar el apellido paterno en primer lugar y después el materno). Mi apellido materno es “Castellà” que en catalán significa algo así como “Castellano”. La voz al otro lado del teléfono exclamó entonces: “¡¡Catalán!!” Yo pensé “no entendió bien” y le repetí: “No, Castellà”, a lo que ella me dijo algo así como “no me refiero a que vos sos Catalán”. Luego me explico que su padre era catalán y que era el vicepresidente del Casal de Catalunya de Buenos Aires, entidad que goza con más de 125 años de historia.

Curiosamente, una de las cosas que yo quería hacer era visitar ese Casal. Tenía referencia de él a través de un libro sobre Les Luthiers que había publicado el hijo de uno de los fundadores del grupo, Sebastián Masana, nieto de catalanes e hijo del fundador Gerardo Masana, “el flaco Masana”.Yo de bien niño era un “fan” de Les Luthiers, de eso hace más de cuarenta años. (Me estoy “enrollando” más que Marcos Munstock en uno de sus monólogos).Pues bien, todo ello me dio pie a ir a ese Casal, situado en la calle Chacabuco al 800, en pleno barrio de San Telmo. Evidentemente, mi visita estaba más motivada por el hecho de ser cuna de las primeras actuaciones y ensayos de Les Luthiers ―ya que el mencionado Casal regenta el Teatro “Margarita Xirgu”, que está justo al lado y al cual se puede acceder desde el mismo Casal― que por el hecho de ser Casal Catalán, pues si voy a Buenos Aires no es precisamente para relacionarme con Cataluña: eso ya lo hago cuando estoy en mi casa.

Creo que tanto el edificio como el Casal pasan desapercibidos para la mayoría de la gente. Pero sí que me gustaría explicaros algunas cosas interesantes. Desde este Casal siguen teniendo un contacto muy directo con Catalunya. Es interesante ver la Biblioteca Pompeu Fabra, con más de 14.000 ejemplares y algunos de gran valor histórico. Llegar al Teatro “Margarita Xirgu” desde el propio Casal a mí me pareció emocionante. Tenéis de saber que organizan cantidad de actividades: clases de Catalán y también de Sardanas (baile típico de Cataluña, más aburrido que el tango obviamente). Tienen un coro, hacen una sesión semanal de cine en catalán, gestionan mediante Radio Cultura de Buenos Aires un espacio semanal de una hora en catalán, etcétera. Incluso, tienen una revista bilingüe que sale con una periodicidad entre mensual y bimensual. Curiosamente, el primer día que fui estaban preparando un artículo entre cuatro o cinco jóvenes que no tendrían más de 22 años, y era realmente extraño oírlos hablar catalán con acento porteño. Fue emotivo hallar un trocito de Catalunya en pleno barrio de San Telmo.

Autor: Antoni Bou

(Agradezco a Toni por su gran generosidad y por dar a conocer a los porteños este emblemático lugar a través de su precioso relato)

Si queréis visitar la página web del Casal de Catalunya: http://www.casal.org.ar/

31 de julio de 2011

Bronce bestial

Edición N° 63

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Probablemente el nombre de Auguste Nicholas Cain no sea conocido para mucha gente, pero así se llamó uno de los más destacados escultores franceses del Siglo XIX, cuya especialidad eran los retratos de animales. Nació en 1822 en París y falleció a los 72 años en la misma ciudad. No obstante, sus obras sobreviven al paso del tiempo en diferentes lugares del mundo, como por ejemplo Buenos Aires.

Desde muy joven, el reino animal despertó el interés de este artista sobresaliente, a tal punto que estudió la anatomía de estos seres vivos y las llevó al bronce en sus diversas formas: pequeñas esculturas, copas, adornos, cofres, etcétera. Con el correr de los años, Cain ideó obras de mayor tamaño y con un realismo impresionante, siempre centradas en los animales en su hábitat natural. El romanticismo propio de las escenas naturales se observa en los grupos escultóricos conformados por ciervos, faisanes, gorriones, conejos y perros, entre otras especies; pero, sin duda, los leones fueron los carnívoros predilectos del escultor, en general representados en lucha con otros animales o en una actitud de caza, destacándose en todos ellos el movimiento fundido en los cuerpos.

Sus obras monumentales fueron valoradas a punto tal de ser requeridas oficialmente por el Ayuntamiento de París para adornar jardines y edificios de la ciudad. Auguste Cain se encargó de fundir sus propios trabajos, pero con su muerte la fundición de la familia fue cerrada y los moldes y los yesos se vendieron a las firmas de Susse Frères y de Ferdinand Barbedienne, las que continuaron realizando series a lo largo del Siglo XX.

En Sudamérica, sólo Montevideo y Buenos Aires poseen varias esculturas de este magnífico artista. En el caso de la ciudad porteña, se adquirieron para la época del Centenario de la Revolución de Mayo con el objeto de embellecer uno de los paseos más tradicionales de Buenos Aires: los Bosques de Palermo. Precisamente en el sector llamado “Plaza Jardines de Invierno” que forma parte del predio que ocupa la Plaza Holanda, pueden verse dos réplicas fundidas por la firma Susse Frères: “La tigresa portando un pavo real para sus cachorros” y “El león de Nubia y su presa”, cuyos originales datan de 1870 y 1873 y se encuentran ubicados en el Jardín de las Tullerías y en los Jardines de Luxemburgo, en Francia, respectivamente.

16 de mayo de 2011

Mafalda

Edición N° 62



Mafalda llegó a este mundo en 1962, y desde entonces es la niña precoz que nunca alcanzó la adolescencia. Vivió en la calle Chile al 300, en un edificio cercano a la escultura que la homenajea en el barrio de San Telmo. Si bien su verdadero padre es de carne y hueso y responde al apodo de “Quino”, a toda su familia en la ficción sólo se la puede ver, al igual que a ella, dibujada en cuadernillos de papel.

Niña a la vanguardia como ninguna, Mafalda fue más que un personaje de la historieta argentina: será para siempre la pequeña de vestiditos con cuello y gran moño sujeto al cabello que durante décadas libró dos grandes batallas: una personal, contra su archienemiga la sopa -ese líquido insípido que de tan solo verlo le provocaba náuseas- y otra más importante, contra las injusticias del mundo, y de la que millones de personas se han hecho eco hasta la actualidad.

Soñadora e idealista, con su repertorio avispado, infantil y a la vez maduro, fue capaz de pedir a gritos el Oscar para el Pájaro Loco como de hacerle frente a uno de sus juguetes preferidos, el globo terráqueo, y obligarlo a prometerle que duraría hasta que ella fuese grande. Preocupada por los acontecimientos mundiales de los años 60, se apenaba de lo atrasado que estaba el progreso y aseguraba que cuando creciera trabajaría de intérprete en las Naciones Unidas, donde tomaría cartas en el asunto a tal punto que cuando un delegado le dijera a otro que su país era un asco, ella traduciría que era un encanto. ¡Todo sea por salvar al mundo de las guerras y de los líos!

Defensora de la paz y admiradora de la gente que hizo grandes cosas por el bien de la humanidad, Mafalda fue además la representación en miniatura del avance y de la liberación social de la mujer, a pesar de que uno de sus pasatiempos favoritos era jugar a los cowboys en el parque con sus amigos. Rebelde y contestataria, sostuvo que no era posible que la única ambición en la vida de la mujer fuera la maternidad, sino que, además, debía hacer cosas importantes y contribuir con el progreso social y cultural.

Si bien a veces la invadía cierto pesimismo por las situaciones que afligían la vida de los humanos, sin vacilar opinaba sobre todo, en especial de los sucesos que marcaron los años de su infancia: desde la guerra de Vietnam, los rusos, Fidel Castro, la carrera espacial y las bombas atómicas hasta Los Beatles, el psicoanálisis, la religión y el sexo, todo formaría parte de su repertorio vivaz y de inocente espontaneidad.

Con su pensamiento globalizado, Mafalda logró romper barreras culturales e idiomáticas, traspasó las fronteras de la Argentina y el resto del mundo la tomó para sí. A mediados de 1973, dejó de aparecer oficialmente en público como historieta; pero de la mano de sus padres, de su hermano Guille y de sus incondicionales amigos Susanita, Manolito, Felipe, Miguelito y Libertad, aún se mantiene vigente, al igual que su utopía: hacer de éste un mundo mejor.

28 de noviembre de 2010

El saber ocupa lugar

Edición N° 61
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En noviembre de 2010, la librería El Ateneo Grand Splendid cumplió diez años desde su apertura. La noticia se dio a conocer por varios medios de comunicación, en especial los escritos, con relatos similares y enfocados principalmente en la restauración y en la transformación a las que fue sometido el viejo teatro-cine Splendid para consolidarlo como la librería más linda de Buenos Aires.

Curiosamente, con este nuevo aniversario, muchos de sus visitantes se enteraron de que además de ser la librería más grande de Sudamérica, su puesta en valor la llevó a quedarse con el título de la segunda librería más importante del mundo de una lista de diez, dada a conocer oportunamente por el periódico británico The Guardian.

Montada dentro del histórico edificio de noventa y un años ubicado en la avenida Santa Fe 1860, la librería funciona como tal desde fines de 2000, e inauguró el siglo XXI con éxito rotundo. Ya su entrada de estilo griego es una tentación hasta para un analfabeto: en letras color oro, la leyenda Grand Splendid se curva a los pies de seis enormes atlantes. La Editorial El Ateneo se hizo cargo de este espacio y lo restauró con la intención de conservarlo como en sus orígenes, pero con la funcionalidad de un sitio en donde los lectores pudieran encontrar la mayor cantidad de volúmenes a su disposición. Y el resultado no pudo ser más perfecto: la cúpula central, pintada por el italiano Nazareno Orlandi, con imágenes que simbolizan el paso de la guerra hacia la paz, y las esculturas que adornan los costados del escenario dan la impactante bienvenida a una sala bellísima y majestuosa que, en su totalidad, alberga más de 200.000 libros, además de colecciones de discos compactos y de películas.

El antiguo teatro-cine conserva en sus tres plantas superiores los palcos decorados en tonos dorado, ocre y rojo, así como la infaltable alfombra que acompaña su recorrido. Allí se ubican los libros especializados en diferentes disciplinas, como por ejemplo la Medicina; un sector destinado especialmente a la música clásica y es el lugar preferido para las muestras pictóricas o fotográficas. Se puede acceder a ellos por escaleras o por ascensor. Los prominentes balcones funcionan como pequeñas salas de lectura, donde los amantes de los libros pueden abstraerse momentáneamente de este mundo para encontrarlo trasmutado en las rimas de algún poeta, en la letra de un ensayista novato o en la pluma crítica de un reconocido historiador. Tras la delicada abertura del telón rojo sangre aún puede verse el escenario original, hoy convertido en cafetería, donde es posible degustar una infusión al son de melodías escapadas de algún instrumento musical, mientras leemos las páginas de nuestro libro preferido. Para los más pequeños, El Ateneo Grand Splendid instaló un sitio exclusivo en el subsuelo. Gracias a una decoración repleta de colorido, se logró crear un ambiente ideal, con mesas y sillas infantiles, donde los niños pueden ojear una amplia variedad de libros escolares y de cuentos, así como interactuar con juegos didácticos.

Pero si hay una característica que destaca a esta mega librería es la posibilidad de hacernos sentir como si estuviéramos en casa. Podemos acomodarnos con tranquilidad en cualquiera de sus sillas o sillones distribuidos en la sala o en los palcos, tomar un libro de cualquiera de sus estanterías -divididas con suma prolijidad por temas- y leerlo sin compromiso de compra. Si somos fervientes visitantes, seguramente podremos completar su lectura en escasos días o hasta en horas.

Con el cierre de viejos cines y teatros tan renombrados como el Splendid se esfumó parte de ese acervo tradicional con el que supo contar Buenos Aires y que la ponía en relieve por sobre otras ciudades. Gracias a este emprendimiento magnífico, donde lo que parecía a punto de desaparecer renació con todo su brillo, podemos decir que a través de este arte de la expresión que es la literatura se logró devolverle a la ciudadanía un merecido sitio para la cultura.

28 de septiembre de 2010

Adiós al ayer

Edición N° 60
Últimamente, los argentinos hemos descubierto una nueva modalidad: demoler, desvalorizar, deshacernos como si nada y sin el más mínimo prurito de todo aquello que signifique bienes culturales, edilicios, naturales, etcétera. En este caso, la Farmacia Stella Maris era una reliquia por donde se la mirara.
En 2007, buscando tesoros urbanos, tuve la oportunidad de fotografiarla y de charlar con sus farmacéuticos. Recuerdo que don Mario Schitter, su dueño, ya era muy mayor y siempre permanecía en la parte trasera del local hasta que algún cliente entraba, momento en el que se acercaba rápidamente al mostrador para atenderlo. Se notaba a flor de piel su pasión por la farmacia. Ramón, su colega, fue quien me contó un poco la reseña del lugar y también la de don Mario. Tiempo después, la farmacia comenzó a cerrar algunos días, hasta que la persiana no se levantó más. Un día me crucé en la calle con Ramón y me confirmó su cierre definitivo. La familia de don Mario no quería seguir con el negocio. Lamentablemente, la farmacia tampoco fue catalogada como patrimonio o museo por los distintos gobiernos de la ciudad que llegaron al poder, lo que le hubiera dado un mejor destino.
Digo esto porque la tristeza fue enorme cuando un día vi un cartel en la puerta de la farmacia que decía “Feria Americana”, mientras adentro, apilados sobre mesas improvisadas, se remataban objetos que por más de cien años durmieron en sus vitrinas. Mayor fue la angustia al ingresar y ver cómo entre la semioscuridad del local un grupo de personas desarmaba los muebles (impresionantes trabajos de ebanistas del siglo pasado) y otras aprovechaban la ocasión para vender ropa hindú. Lo primero que se me vino a la mente fue la imagen de don Mario, para quien la farmacia -según sus propias palabras- era su vida. Entonces, la pena fue mucho más grande. Ante tanta desolación, miré a mi alrededor, me acordé de don Mario y lancé un deseo en silencio: ojalá que algún día aprendamos a valorar no sólo el paso del tiempo en las cosas materiales, sino también a ese que se aloja en cada historia personal.
Vaya el siguiente relato para recordar una reliquia que ya no está…

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Muchos desconocen su existencia, tal vez por la gran cantidad de boticas modernas que, con sus carteles azules y verdes, invaden diariamente la ciudad. Sin embargo, quien desee emprender un fascinante viaje hacia su descubrimiento, sólo debe observar minuciosamente el mapa de los tesoros porteños y dirigirse, con los cinco sentidos a flor de piel, al barrio de Balvanera. .


Fundada por Tomás Perón, abuelo paterno de quien fuera tres veces presidente de la República Argentina, la Farmacia "Stella Maris" es, desde hace más de 120 años, testimonio vivo de una época de Buenos Aires y de la actividad farmacéutica. Por haber conservado intactos sus muebles y su decoración, fue distinguida por el Museo de la Ciudad.


Introducirnos en ella es casi como entrar en un túnel del tiempo y retroceder, por lo menos, un siglo. La ambientación sugiere épocas de tisanas, ungüentos, emplastos, ventosas y recetas magistrales. Todos sus cajones, estanterías, mostradores y frascos son del siglo XIX.


El trabajo de labrado que muestran sus muebles en roble americano dejaría mudo a más de un ebanista actual. Además, los vitraux, de que hace gala, merecen ser observados con detenimiento.


Para conocer algunos detalles de la historia de esta botica singular, la revista Kairos la visitó en el año 1988 y mantuvo una charla con Mario Schitter, su propietario desde hace más de cinco décadas. Esa entrevista es el único vestigio que existe sobre este antiquísimo lugar.


"La farmacia debe datar de 1880 o de algunos años antes. En ese entonces, estaba en la esquina de enfrente, donde ahora se levanta la Banca Nationale del Lavoro [actualmente, un locutorio]. La fundó Tomás Perón, pero este mobiliario data del segundo dueño —colega de buen gusto— José Patiño Gómez. Los muebles fueron hechos por un artesano de la calle Rioja y los frascos marrones los importó de Alemania. Era tal la cantidad de frascos que tenía la farmacia que sirvieron para armar dos farmacias más.


El 1° de octubre de 1954 Mario Schitter compró la farmacia por 500.000 pesos, la mitad al contado y el resto a pagar en 60 cuotas. Las molduras, las bisagras y las cerraduras son artesanales. Cada cajón tiene un rótulo en chapa para indicar su contenido. "Jamás se arreglaron los muebles, ni siquiera las bisagras se rompieron, y el lustre es original", dice don Mario.


En 1986, el Museo de la Ciudad, a través del ex director José María Peña, otorgó a su dueño un diploma donde lo felicita y le agradece por haber conservado el patrimonio, a todas luces artístico.


"Fue un inmenso orgullo. Mi verdadera vocación es la farmacia. Yo estoy muy feliz estando todo el día acá adentro, así que... ¡imagínese! Me premiaron por lo que más valoro. Estaban presentes todos mis amigos. No faltó ninguno. Y, después, nos fuimos a festejar", cuenta Mario. Schitter llegó al país desde Polonia en el año 30 y vivió en Basavilbaso, Entre Ríos..


"Estudiar me costó mucho, porque no conocía el idioma. Mi mejor amigo de la infancia era el hijo del farmacéutico de mi pueblo. Y cuando yo podía entrar en el laboratorio de su papá, para mí era un día de fiesta", dice don Mario. Durante su juventud estudió en la Universidad de La Plata y se recibió a los 27 años.


Cuando se le pregunta por la suerte que podría correr la farmacia en el futuro, no duda en responder: "Jamás vendería la farmacia. Esto es mi vida".

31 de julio de 2010

Iconos de ayer y de hoy

Edición N° 59

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Ojeando páginas en busca de información sobre proyectos arquitectónicos para el Bicentenario, encontré una frase de Octavio Paz, reproducida por uno de esos tantos nostálgicos que navegan por la web: “La arquitectura es el testigo insobornable de la historia, porque no se puede hablar de un gran edificio sin reconocer en él el testigo de una época, su cultura, su sociedad, sus intenciones…”. Coincido plenamente. Cada ciudad tiene una especie de carta de presentación ante los ojos del mundo y se muestra con la arquitectura que la viste. Por eso, supuse que al cumplirse doscientos años de la Revolución de Mayo, Buenos Aires portaría una imagen acorde a un suceso de tanta importancia, que con sólo mirarla bastara para marcar un punto de inflexión en nuestra historia. Sin embargo, creo que esta vez nos quedamos sin testimonio.

Con dos años de anticipación al 25 de Mayo de 2010, varios estudios de arquitectura concursaron y resultaron ganadores de diversos proyectos para erigir un ícono en la capital de la República con motivo del Bicentenario; una construcción que, a simple vista, plasmara para el recuerdo los doscientos años del nacimiento de nuestra nación y el orgullo de pertenecer a ella. Ninguno se hizo realidad. Ni la torre mirador de doscientos metros de cara al río, desde la que se obtendría una vista panorámica de la ciudad; ni el paseo costero, con ciento cuarenta y cuatro agujas de acero y luces a modo de juncos; ni el centro cultural, cuya edificación se vería reflejada en las aguas rioplatenses. Ni siquiera prosperó la posibilidad de convertir ese “yuyal que se incendia a cada rato” –léase, nuestra humilde Reserva Natural- en una especie de Central Park como el de Nueva York. ¡Sí, señores! Soñar no cuesta nada -menos ante un bicentenario- y es tan barato que hasta se prometió remodelar la Plaza de Mayo, cambiarle la cara a este centro cívico por excelencia, tornándola prácticamente en una plaza seca, reemplazando sus inconfundibles baldosas rosas por un piso gris con artefactos de iluminación incrustados, con cuatro fuentes en torno de la Pirámide y, por supuesto, con nuevos árboles pero menos espacio verde. La propuesta era convertirla en un solar interactivo que por las noches iluminara su piso con el trazado de pasajes de nuestra historia y que, a la vez, fuera capaz de albergar acontecimientos futuros, transformándola en un centro de convocatoria social. A juzgar por la “intervención contemporánea” y las consecuencias que ésta hubiera tenido sobre la histórica Plaza, sin dudas, lo mejor que le pudo suceder en este Bicentenario es quedar exactamente como está.

A dos meses de haberse celebrado la fecha patria, no existen siquiera vestigios de lo que podría haber sido un símbolo arquitectónico para el 25 de Mayo de 2010. Todo quedó en la nada. Incluso, el ambicioso proyecto del Centro Cultural del Bicentenario no llegó a tiempo para los festejos. El fastuoso edificio del Palacio de Correo y Telecomunicaciones sólo pudo mostrar por pocos días su impresionante belleza, pero de modo cercenado, compartiendo espacio con andamios y obreros. Si bien se llamó a concurso para su remodelación en 2006, recién a principios de 2010 comenzaron las obras. Se lo inauguró simbólicamente el 24 de mayo, pero actualmente se encuentra cerrado al público. Diría que junto con las reformas del Teatro Colón, estos dos edificios fueron los únicos bendecidos por el fervor patriótico.

A estas alturas, no hay punto de comparación entre lo realizado por los arquitectos del Centenario y los actuales. “Otro era el país y las circunstancias”, es cierto; pero el espíritu festivo de la mano de la arquitectura en ese entonces fue descomunal. De este Bicentenario no quedará estructura alguna que dé cuenta del acontecimiento histórico, mientras que todavía tenemos el privilegio de ver en la ciudad monumentos, esculturas y construcciones de hace un siglo.

Creo que la respuesta a la falta de un ícono arquitectónico para esta Gesta de Mayo se resume en ese esqueleto pálido oculto entre un hipermercado y el fondo del Regimiento 1 de Patricios. Se trata del único de los veinte pabellones erigidos exclusivamente para los Festejos del Centenario que sobrevivió como pudo al paso del tiempo. El monumental pabellón, que representó al Servicio Postal de la Exposición Ferroviaria y de Transportes Terrestres de 1910, y que fuera premiado con una medalla de oro, hoy se cae a pedazos. Ningún arquitecto osó restaurarlo para que, nuevamente, ante semejante jornada histórica, fuera uno de los sitios de atracción como hace cien años. En su lugar, idearon estructuras sobre bases frágiles, tan frágiles que jamás pudieron elevarse. Pareciera ser que para este Bicentenario más de un arquitecto siguió al pie de la letra la frase de Le Corbusier que dice que "la arquitectura debe de ser la expresión de nuestro tiempo y no un plagio de las culturas pasadas".


4 de mayo de 2010

Sueños de Bicentenario

Edición N° 58

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------------Foto izq. gentileza: arq. F. Lorenzi
A pocos días de la conmemoración del Bicentenario de la Revolución de Mayo, millares de voces conocidas y anónimas no dejan de hablar, a favor o en contra, de los festejos que tendrán su epicentro en la ciudad de Buenos Aires y que, sin duda, replicarán al unísono y con fuerza en todas las ciudades del país.

Mucho se ha escrito y dicho sobre la metamorfosis que vivió la ciudad porteña allá por 1910, cuando, a raíz del Centenario, cambió su aspecto gracias al auge febril de la construcción edilicia, de la apertura de calles y avenidas, y del emplazamiento de una cantidad importante de monumentos para celebrar el suceso histórico. Cien años después, salta a la vista que bastante de todo aquello hoy ya no existe y que lo que queda lucha a diario para llegar, con decoro, a ser partícipe de este nuevo homenaje a la Patria.

En esta entrada del blog he decidido republicar uno de mis primeros relatos, pues considero que viene como anillo al dedo para reflexionar en estos días de mayo. Para algunos lectores, quizá sea una descripción más de un elemento decorativo del cielo de Buenos Aires, para mí esta maravilla de la arquitectura simboliza lo que en doscientos años millones de argentinos aún no pudimos concretar: adaptar nuestro pasado al presente, pero con una visión infinita de futuro.


NO HI HA SOMNIS IMPOSSIBLES

Quizá sea la más bella y radiante de las casi cuatrocientas cúpulas que coronan el cielo de Buenos Aires. Sólo basta alzar la vista en la intersección de la calle Ayacucho con la avenida Rivadavia para verla, imponente y lujosa, con la brillantez propia de un diamante pulido a la perfección.

Parece joven, pero ya había nacido cuando, a pocos metros de distancia, la monumental cúpula del Congreso de la Nación comenzaba a erigirse entre los andamios. Cruel e impiadoso, el paso de los años le arrebató el esplendor de principios del siglo XX.

Novecientas cincuenta y dos piezas de vidrios espejados fueron necesarias para cubrir las ocho principales aberturas ovales y el cupulín que durante casi sesenta años soportaron, abiertos, el flagelo del sol, del viento y de la lluvia. No obstante, la cebolla que corona la cúpula y las veletas permanecen intactas como hace cien años. La ornamentación del edificio que la sostiene lleva el sello inequívoco de la exquisitez del estilo catalán. El "padre de la criatura", el ingeniero y arquitecto argentino Enrique Rodríguez Ortega, plasmó en su obra toda la influencia "gaudiana", con sus líneas tan características.

Pocas personas saben que esta diadema porteña alberga un dormitorio y que en el último nivel se colocó un gran telescopio para la observación estelar; que la terraza que la circunda luce dos estructuras de hierro que representan, en escala, la Puerta del Dragón de la Finca Güell, en Barcelona, España, diseñada por Antonio Gaudí. Los ornamentos que se observan son réplicas exactas de los que embellecen la Casa Battló, otra magnífica creación del arquitecto español.

¿Cómo imaginar tanto simbolismo acumulado en una céntrica y ruidosa esquina de Buenos Aires? Sólo es necesario alzar nuevamente la vista hacia la cúpula para descubrir la respuesta que, en homenaje al genial Gaudí, aparece escrita en catalán: NO HAY SUEÑOS IMPOSIBLES.

29 de abril de 2010

Crónica de la fuente más bella

Edición N° 57

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Parada frente a la Fuente de las Nereidas, sólo puedo decir que para mí no existe en la ciudad de Buenos Aires otra obra escultórica de tamaña belleza, que apabulle tanto los sentidos y que, paradójicamente, haya sido tan combatida a la vez. Desde el paseo de la Costanera Sur, la fuente de doce toneladas de mármol de Carrara, cincelada por la talentosísima escultora argentina Lola Mora, nos relata uno de los acontecimientos más atrapantes de la Mitología Clásica: El Nacimiento de Venus.

Como si hubiese sido arrastrada más allá de la costa por las aguas dulces de ese inmenso mar que parece el Río de la Plata, una valva de molusco gigantesca carga sobre ella a todos los personajes que componen esta fuente monumental. La estética excelsa, lograda con terminaciones precisas sobre el mármol, añade vitalidad y volumen a toda la escultura. De su interior acuoso, tritones y caballos emergen con bravura y se abren paso entre las rocas travertino apiladas en el centro del espejo de agua. La interacción entre estos seres fantásticos se refleja en la tensión muscular grabada en los troncos desnudos, en las venas que serpentean los cuerpos pétreos, en las magníficas expresiones faciales, en las crines y en los cabellos revueltos y en la fortaleza corpórea manifestada por igual por bestias y hombres. La escena logra transmitir el efecto de un estallido violento y repentino en las profundidades oceánicas, que termina expulsando hacia las alturas a las nereidas que sostienen a Venus sentada en el borde de una concha marina. De las hijas de Nereo, sobresalen el tallado perfecto de las escamas en sus muslos y las extremidades que concluyen en ondulantes colas de pez; mientras que sus rostros alegres suavizan el dolor físico insinuado en los cuerpos encorvados y ligeramente inclinados sobre el pedestal de rocas. Como remate, las ninfas marinas alzan triunfales la ostra que acuna a la Diosa del Amor y de la Belleza, representada por una joven desnuda nacida de la unión del Dios del Cielo con el mar.

Este monumento, labrado íntegramente en Roma, fue una donación que la escultora realizó al país en agradecimiento por la beca otorgada, la que le permitió perfeccionar sus estudios de arte en Italia. Como otras tantas mujeres, Lola Mora soportó los cuestionamientos de una sociedad machista, que hasta puso en duda su capacidad artística para concretar semejante trabajo en mármol. Polémica desde su origen, la fuente jamás pudo ser emplazada en su lugar de destino, la Plaza de Mayo, debido al repudio de los grupos moralistas de principios del Siglo XX que consideraban que la exhibición de cuerpos desnudos ofendía al pudor del pueblo. No obstante, en 1903 fue inaugurada de modo oficial en la actual intersección de la Avenida Leandro N. Alem y la calle Presidente Perón. Sin embargo, la presión ejercida por los ciudadanos “nobles y de buenas costumbres” no cesó hasta conseguir su traslado hacia un sitio más despoblado de la ciudad. Fue así como en 1918 la fuente llegó a la Costanera Sur para quedarse allí definitivamente. Por aquellos años, el Balneario Municipal que funcionaba en este sector de la Costanera nada tenía que envidiarle a los amplios espacios verdes diseñados en Europa, con sus pérgolas, farolas de bronce y esculturas. Rápidamente se convirtió en el centro de esparcimiento preferido de los porteños, ya que no sólo tenían la posibilidad de bañarse en el río, sino también de disfrutar de un bello paseo público y de espectáculos musicales que se presentaban en las célebres confiterías de la zona. A mediados de 1950, con la contaminación del río y la demolición de varios edificios emblemáticos, este sector de la ciudad entró en decadencia, la cual parece acentuarse hasta nuestros días.

Como muchos otros bienes públicos y patrimonios artísticos de Buenos Aires, la Fuente de las Nereidas también cayó en manos del vandalismo que, por ejemplo, se encargó de destruir las riendas con las que los tritones sujetaban a los caballos. Si bien la solución fue reemplazarlas por sogas, la ignorancia popular -siempre en vanguardia respecto de la cordura- las utilizó como hamacas. Para poner un freno a la depredación, las autoridades porteñas decidieron proteger la fuente cercándola con una mámpara de acrílico transparente. Con algo de éxito y mucho mal gusto, lo único que consiguieron fue crear una barrera visual difícil de superar, tanto de cerca como de lejos, que impide contemplar al grupo escultórico en toda su dimensión.

La Fuente de las Nereidas pasó de ser la atracción aislada en medio de una avenida a formar parte de un circuito peatonal de la Costanera Sur. Cada fin de semana, sobrevive al calvario de verse rodeada de decenas de autos estacionados a sus pies; a las tiendas de baratijas y a los quioscos ambulantes; al armado de puestos de dudosas comidas al paso; a los olores nauseabundos que emanan del entorno y a los residuos que, con una naturalidad indignante, algunos arrojan en su lecho líquido. Ante tal espectáculo decadente, suspiro aliviada al pensar que para su obra Lola se inspiró en la bella Venus procreada por un imaginario mar fecundado por Urano y acompañada por el dulce canto de las ninfas. No quisiera imaginarme qué Venus hubiera dado a luz este mar que tengo ahora ante mis ojos, fertilizado por botellas, papeles, bolsas plásticas y al ritmo de la cumbia villera…

31 de marzo de 2010

Whisky on the rocks

Edición N° 56

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Poco propensa a “salir de copas” y poseedora de una “cultura alcohólica” prácticamente nula, enfrento el desafío de sentarme a una mesa del Café de los Incas, sitio de culto para los amantes del whisky y donde el arte de beber es moneda corriente entre la clientela. Contrariamente a lo que el sentido común indicaría hacer en un lugar como este, mi experiencia más cercana con el alcohol será un café bien caliente, con un poco de crema y apenas un toque del “licor espiritoso”. Es que el objetivo de mi visita a este paraje de estilo inglés no es convertirme en una especialista en la materia, sino descubrir un poco su historia y el porqué el whisky sigue siendo una de las bebidas más selectas del mundo.

El Café de los Incas abrió sus puertas al público en 1993, en la intersección de la Avenida de Los Incas con la calle Tronador, en el barrio de Belgrano R. Su dueño, Miguel Ángel Reigosa, no duda en autoproclamarse como el mayor coleccionista de botellas de whisky del mundo, ¡y vaya si tiene con qué demostrarlo! Todo comenzó gracias a una botella que le obsequiaron y a las primeras que trajo consigo como recuerdo de sus viajes al exterior. A través de los años, se sumaron muchas otras adquiridas durante sus travesías e, incluso, algunas le fueron regaladas por personas que descubrieron su afición por esta noble bebida. La cosecha dio sus frutos y actualmente atesora más de mil ochocientas botellas, entre whiskies y maltas. De esa colección privada, más de cuatrocientos envases con sus respectivos contenidos pueden verse en su local, donde se destacan una botella souvenir del vuelo inaugural del Concorde, otra exclusiva del casamiento real del príncipe Carlos con Lady Diana y hasta un whisky elaborado con agua de lluvia, sin contar todas aquellas etiquetas que jamás llegaron a comercializarse en el mercado argentino.

Para quienes entendemos poco o nada de whiskies, maltas y blends resulta hipnotizador el brillo acaramelado de las botellas apiñadas detrás de la barra, las singulares formas de los envases y las etiquetas refinadas. Sin duda, el Café de los Incas es un templo al whisky y eso amerita conocer un poco más sobre esta bebida tan distinguida.

Indagando rápidamente en su historia, descubro que el whisky o “agua de la vida” se obtiene de granos malteados que fermentan, se destilan y luego envejecen en toneles de roble, como mínimo tres años. Su graduación alcohólica no puede ser inferior a los 40°. Hay dos tipos de whisky: el de malta, que se elabora completamente de cebada malteada, y el de grano, que se obtiene a partir de la cebada sin maltear y de otro tipo de cereales. Según su origen, los whiskies pueden ser escoceses, irlandeses, estadounidenses, canadienses, galeses, japoneses, indios, franceses, alemanes y españoles, entre otros, siendo el primero de ellos el más famoso en todo el mundo. Por otro lado, la combinación de los tipos de whiskies y la cantidad de destilerías de las que proceden determinarán si son single malt, pure malt (blended malt), blended o single grain. Aprendí también que los blends son el resultado de la mezcla, en distintos porcentajes, de los whiskies de malta con los de grano o cereal, y que el escocés lleva la delantera por sobre los demás. Muchos blenders o mezcladores escoceses se hicieron millonarios y renombrados por sus productos, tal es el caso de la familia Walker, con el Johnnie Walker Red Label, el whisky blend premium más vendido en el mundo. Tan destacados son el prestigio y la calidad de los whiskies de la firma John Walker & Sons, que desde 1934 cuenta con la Garantía Real para ser proveedora oficial de la Familia Real Británica. ¡Qué tal! ¡Bastante información para una novata del whisky!

Con su gran oferta de marcas y sugerencias, el Café de los Incas invita a degustar whiskies nacionales e importados a precios accesibles y otros a ser pagados sólo por entendidos; también ofrece una amplia variedad de cervezas, tragos y snacks, y, por la mañana, el tradicional desayuno americano. En mi caso, un café irlandés fue la excusa perfecta para llegar hasta aquí, para adentrarme en los secretos de una bebida cuya historia y características desconocía por completo; una bebida que quizá nunca ocupe un lugar de privilegio entre mis preferidas, pero a la que no dudaría en definir con la misma pasión con la que tantos adeptos la destilan en sus bocas.

19 de febrero de 2010

Casa Calise (Hipólito Yrigoyen 2562)

Edición N° 55

Por su mudez congénita, ¿qué otra cosa pueden hacer las fachadas que no sea hablarnos en el idioma del silencio, desde su rigidez y a través de sus formas? Si tuvieran el don de la voz, gritarían sólo para llamar la atención y sentirse miradas, especialmente aquellas que han cargado con el mismo rostro durante más de cien años. Recurramos, entonces, a la memoria escrita en estas paredes frontales para comprender por qué despertaron tanta fascinación a comienzos del Siglo XX, cuando Buenos Aires se jactaba de ser la ciudad más bella de Sudamérica, la más europea del extremo sur.

Desperdigadas en barrios con marcadas diferencias sociales entre sí, las fachadas nos dan una idea global del perfil ansiado por la ciudad a partir de 1900, donde no era extraño que una casa de familia luciera como un auténtico palacio real. Un claro ejemplo de esos frontis ostentosos lo podemos encontrar en una centenaria casa de rentas de la zona del Once, a pocos metros de la Avenida Rivadavia y muy cerca de la Plaza Miserere.

Bautizada con el apellido de su dueño, la Casa Calise iguala o supera en belleza a las fachadas señoriales de los vecindarios más pudientes. El frente de este edificio de 1750 metros cuadrados, distribuidos en tres cuerpos y un par de locales, es la expresión más fidedigna del art nouveau logrado por el talentosísimo arquitecto italiano Virginio Colombo. Como no podía ser de otra manera, junto con las texturas y los colores utilizados, su impactante ornamentación escultórica muestra una armonía perfecta desde la cúspide hasta la finalización del muro contra la vereda. Los motivos naturales, compuestos por guirnaldas de flores, plantas y racimos, así como los rostros femeninos, predominan en la parte superior del edificio, aunque estos últimos también pueden observarse próximos a las fantásticas cabezas de leones que asoman desde los balcones más cercanos a la acera. Simulando ser fortísimos atlantes, una serie de cándidos querubines acogidos en lienzos decoran el sector inferior de las ventanas principales, y otros semejantes juguetean con los géneros en el ápice del edificio.

De punta a punta, la fachada parece estar en constante movimiento, no sólo por la más de una docena de estos pequeñitos suspendidos a tanta altura, sino también por las enormes siluetas femeninas aferradas a la pared con una naturalidad desconcertante. Al ver la sinuosidad y las posturas de los cuerpos, me cuesta creer que jamás fueron reales… Pero lo que hipnotiza y genera curiosidad es el hermosísimo grupo escultórico central que corona la edificación con una escena que para algunos supone una crucifixión por encontrarse incrustada justamente entre ejes perpendiculares. Sin embargo, aguzando la visión, no presumo otra cosa que la representación del amor en la imagen de un hombre y de una mujer aferrados a una gran antorcha encendida, atrapados en un remolino de paños blancos que, como si fuera viento, los eleva triunfantes hacia el cielo. ¡Es tan subyugante su estética que cuesta quitarle los ojos de encima! Varios metros abajo, casi al ras de la vereda, unos raros elementos decorativos dan forma a las dos puertas principales de entrada y complementan a este frontispicio sobrecogedor. Son los nautilus, una especie de moluscos que el arquitecto Colombo solía repetir en varias de sus construcciones y que aquí aparecen modelados en hierro y enlazados con hojas, flores y estrellas de mar.

A simple vista, la Casa Calise logró mantener intacta su fachada, nacida en épocas donde la mejora económica y social transformó a Buenos Aires en una metrópoli. Sin embargo, en las décadas siguientes -siempre en nombre del adelanto y del ansiado bienestar- decenas de ellas fueron demolidas junto con las edificaciones o mutiladas por las nuevas tendencias arquitectónicas. Tiempos peligrosos son los actuales para estas caras centenarias, acosadas cada vez más por las innovaciones del diseño urbano y el continuo crecimiento inmobiliario. Tiempos en los que el progreso y el sueño cumplido de otros puede quedar reducido a una simple montaña de escombros.

31 de enero de 2010

Tramway histórico

Edición N° 54

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Yo no había nacido para la época en la que los tranvías circulaban por Buenos Aires. Nada más lejos, entonces, que recuerde y añore los viajes en esos convoyes que unieron distintos poblados de la vieja ciudad durante prácticamente un siglo. Pero eso no me impide afirmar con certeza que, junto con el ferrocarril, el tranvía fue uno de los medios de transporte imprescindibles para las comunicaciones dentro de la urbe porteña y ayudó, además, a acortar las distancias con las jurisdicciones vecinas que hoy conforman lo que conocemos como Conurbano y Gran Buenos Aires.

Para aprender un poco más sobre el papel primordial que este vehículo cumplió en nuestra ciudad, nada mejor que subirse a uno de ellos y vivir la experiencia de dejarse llevar con su traqueteo. Pero, hete aquí el problema: el último tranvía dejó de funcionar oficialmente en la Ciudad de Buenos Aires el 19 de febrero de 1963. ¡Imposible encontrar uno!, menos aún en medio del alocado y cada vez más insoportable tráfico porteño. A no desilusionarse… Gracias a la Asociación Amigos del Tranvía, desde 1980, los sábados, domingos y feriados se puede hacer un pequeño recorrido turístico gratuito en los antiguos tramways que parten de la esquina de Emilio Mitre y José Bonifacio, en el barrio de Caballito. Hacia allí voy para comenzar esta historia…

La aparición del tranvía en suelo capitalino data de 1863, cuando la tracción a sangre facilitaba el desplazamiento de los convoyes sobre una red de vías diagramadas en el empedrado. Primeramente, se ideó para trasladar hacia el centro de la ciudad a los pasajeros que utilizaban los dos ferrocarriles existentes por entonces, el del Norte y el del Oeste, pero luego se extendió su uso para todos los habitantes. Las empresas que brindaban el servicio de pasajeros se distinguían entre sí por el colorido de sus coches, los cuales, a su vez, presentaban dos modelos: las “jardineras”, coches abiertos y con cortinados para el verano, y las “cucarachas”, coches cerrados para la época invernal. Hubo que esperar treinta y cuatro años para que Buenos Aires contara con su primer tranvía eléctrico y estableciera su primera línea completa, que llegó hasta el barrio de Flores.

A principios del Siglo XX, fueron muchas las compañías que se disputaron la prestación del servicio, por lo menos una docena. Como era de esperar, la mayoría de esas empresas se fusionaron y para el año del Centenario cuatro eran las que dominaban el mercado: dos nacionales, la Compañía Lacroze de Buenos Aires y la Compañía Tranvías Eléctricos del Sud; una inglesa, Tranvías del Puerto y, sin duda, la más sobresaliente de todas: la Anglo Argentina, de origen belga, cuyos tramways recorrieron la ciudad durante más de cuarenta años. Tan esencial era el uso de los tranvías, que basta con decir que para la segunda década de 1900 llegaron a transportar, por año, más de seiscientos millones de personas en sus casi cien trayectos programados.

¿Qué sucedió para que estos monstruos sobre rieles desaparecieran de las calles de Buenos Aires como de un plumazo? Los colectivos y los taxis surgieron como nuevas alternativas de movilidad y saturaron el transporte público, y se convirtieron en la gran competencia para los tranvías, a los que se tachó de obsoletos. Otro factor estimulante fue la incapacidad de obtener repuestos y piezas para las máquinas como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Como corolario, y no sin razón, se atribuye a las malas políticas y a los infaltables intereses económicos la defunción de este transporte que actualmente sigue utilizándose en muchas ciudades del mundo por considerárselo ecológico y eficiente.

Subida a la formación 258 de la Compañía Lacroze, doy crédito a las palabras de aquellos que aún consideran a este medio de locomoción como uno de los mejores que tuvo Buenos Aires. A pesar de algunas fotografías en blanco y negro que ya auguraban como paisaje cotidiano la desdicha de viajar apretados hasta el límite, esas imágenes no parecen tan dramáticas como la que observo ahora desde la ventanilla. Me pregunto si el terrible caos vehicular que hoy padece la ciudad no se aplacaría con el retorno de los tramways y el rescate de cientos de kilómetros de rieles devorados por el asfalto. Sí… lo planteo con un toque de nostalgia, como si no fuera la primera vez que me subo a un tranvía.

30 de noviembre de 2009

¡Santos juguetes, Batman!

Edición N° 53


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Sábado a la noche. Como caleidoscopios, las marquesinas y los automóviles distorsionan sus colores luminosos en el horizonte de asfalto; las veredas empiezan a poblarse de caras solitarias, de grupos de amigos, de gente sin edad para la diversión. Cines, teatros, discotecas, restaurantes, bares, librerías y pequeños comercios atraen y pretenden entretener a la gran masa humana que deambula a contramano de medio mundo bajo las farolas de la Avenida Corrientes. Buenos Aires se prepara para no dormir.

Al mismo tiempo, en otro punto del centro porteño, otra ciudad está en peligro, aterrada por el accionar despiadado de un grupo de villanos. En señal de auxilio, un enorme reflector proyecta sobre los edificios la figura de un murciélago y la clava como a un puñal en medio del cielo. Sólo eso bastará para que el multimillonario e inocentón Bruno Díaz abandone la comodidad de su mansión para acceder al escondite subterráneo y transformarse en Batman, el enmascarado que, junto a Robin, restablecerá el orden y la paz en Ciudad Gótica. “¿Podrá el dúo dinámico ayudar a los tranquilos habitantes de Ciudad Gótica a acabar con el terror desatado por los supervillanos?”, pregunta la voz en off. Atrapada por la intriga y a la espera de que el enigma sea revelado, me uno a la hilera de pares de ojos hipnotizados por la pantalla gigante desplegada en el bodegón de comidas regionales que elegí para pasar mi noche de sábado. A pocas cuadras de la Avenida 9 de Julio, “La Morada” se empeña en revivir los años felices de nuestra infancia de la mano de personajes por demás amados y admirados; de protagonistas de historietas, de series televisivas, de ídolos eternos que dejaron huellas en la verdadera niñez, la de la inocencia.

Para todos aquellos que como yo aún llevan un niño dentro, recomiendo visitar este escondite culinario, esta especie de baticueva porteña que funciona como refugio de superhéroes de todas las décadas, de colecciones enteras de familias de muñecos, de álbumes de figuritas de todos los tiempos, de antiguas latas de galletitas dulces y hasta de los más variados envases de leche, esos mismos que compraban nuestras madres al lechero o en “el almacén de la vuelta” para prepararnos la merienda al regreso de la escuela. Y sí… ¡cómo olvidar esas tardes de barritas de chocolate sumergidas en leche caliente, de vainillas esponjosas, de tostadas untadas con manteca y dulce de leche mientras mirábamos en la televisión cómo Tom corría alocado a Jerry o cómo los héroes de entonces luchaban, a los tumbos, contra los malvados de turno! Si son de esa gente que se conmueve al toparse con un recuerdo de la niñez, pues, a sacar el pañuelo y a ponerse nostálgicos porque en este bodegón no hay más que eso, se mire hacia donde se mire.

Albergue de celebridades y reliquias infantiles que ya no pueden competir con la sofisticada tecnología de los videojuegos y de los dibujos informatizados, en papel o en material plástico “La Morada” atesora todo aquello que quisiéramos volver a tener: desde las antiguas figuritas deportivas “para jugar en la canchita” con fotos autografiadas de los jugadores de fútbol o los paquetes de figuritas brillantes de Blancanieves, Caperucita Roja y Pinocho hasta los sobrecitos de figuritas con olor a fruta, como las de Frutillitas, o de las redondas de cartón, como las de El Zorro. Si de colección de muñequitos se trata, los inigualables Chocolatines Jack hacen justicia con su recopilación de famosos. ¡No falta ninguno! Napoleón, Chaplin, Laurel & Hardy, Tarzán, Superman, el Capitán América, Batman, Robin, Batichica, el Pingüino, el Guazón, el Acertijo, el Hombre Araña, la Mujer Maravilla, el Increíble Hulk, He-Man, el Zorro, el Sargento García, el Chavo del 8, el Chapulín Colorado, Gaby, Fofó y Miliki, Heidi, el Abuelito, Pedro, Clarita y… ¡hasta Copo de Nieve tiene su réplica! Las estrellas locales como Mafalda, Felipe, Clemente, la Mulatona, Patoruzú, Patoruzito, Patora, Pampero, Calculín, Hijitus, Anteojito, Antifaz, Larguirucho, Pichichus, la bruja Cachavacha, el profesor Neurus, Gold Silver y su hijo Oaky, entre otros, también tienen en los estantes su lugar para la posteridad. Por supuesto, entre tanto souvenir infantil, bien vale una advertencia para los amantes del dibujo artístico: está totalmente prohibido utilizar las plasticolas ¡y ni hablar de sacar de la vitrina la cajita de fibras Sylvapen de doce colores!

Desde el otro extremo del local, hace rato que unos cachetudos sonríen tras el vidrio. ¡Es la Familia Telerín! Seguro que en cualquier momento me dirán que ya es hora de ir a la cama. Mejor, ni me acerco y miro otro estante. ¡No tengo escapatoria! Allí están, pegaditos unos a otros, varios Petete que también me mandarán a dormir. ¡Cómo olvidar el ritual de saludar a toda la familia apenas el orejudo daba “el besito de las buenas noches”! Por suerte, está cerca ese chico de Trulalá, que al pasar por adentro de su sombrero se convertirá en Super Hijitus y me sacará de esta situación. Espero que lo consiga, porque el gallo Claudio, el Coyote, el oso Yogui y hasta el ratón Jerry están ansiosos por delatarme. ¡Que ni se atrevan! ¡El hincha de Camerún no dudará en usar su hueso para defenderme!

Sonará a locura, pero disfruto en demasía perderme en estas fábulas infantiles. Muchos de esos juguetes viejos que ahora me rodean y con los que interactúo imaginariamente, tiempo atrás estuvieron entre mis manos y fueron la diversión diaria de mis primeros años de vida. A muchos de esos personajes estampados en un cartón, los conocí por primera vez a través de una pantalla de televisión donde ni siquiera había color. Sus hazañas, sus torpezas, sus sonrisas inmortalizadas y sus frases ingenuas crearon historias para mí tan creíbles como fantásticas, llenas de magia y de candor. Felizmente, nuestros inolvidables amigos parecen haber encontrado en este bodegón de comidas caseras un hogar acogedor para perpetuarse. ¡Qué mejor que un locro, un guiso de lentejas bien caliente o unas empanadas humeantes para sobrevivir a la frialdad de tanto nuevo superhéroe digitalizado!

27 de septiembre de 2009

A imagen y semejanza

Edición N° 52

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Jamás olvidaré a David, ese muchacho apuesto, de cuerpo fibroso, de cabellos ondulados y de perfil exquisito que me sedujo apenas crucé la puerta de entrada del museo. Sin titubear, me dio la espalda, se interpuso en mi camino como una muralla de músculos infranqueable, como un gigantesco obelisco humano. Aclaro que mi intención no es excusarlo, pero su poca caballerosidad nada tuvo que ver con la ausencia de buenos modales, sino más bien con que mover su blanco cuerpo de mármol de casi cinco metros de altura le es una proeza imposible de lograr. David no es real. Sin embargo, cada detalle de su infinita anatomía y la mirada penetrante de sus ojos lo bañan de vida y, por qué no decirlo, hasta me hacen pensar que tiene alma.

David no es otro que el David de Miguel Ángel, pero no el de Miguel Ángel, sino un calco que aloja la Escuela Superior de Bellas Artes de la Nación “Ernesto de la Cárcova” en su Museo de Calcos y Escultura Comparada. Demás está decir que la figura masculina reproducida de la original del célebre Buonarroti es la más llamativa en este centro artístico que atesora decenas de copias de otras esculturas tanto o más famosas que la del vencedor de Goliat. Llena de orgullo enterarse de que la mayoría de los calcos que exhibe el Museo llegaron a la Argentina como donaciones de diferentes países, una gran parte de ellos lo hicieron con motivo de la Exposición del Centenario de 1910 y otros conservan el extraordinario valor de ser las primeras imitaciones de las obras originales.

Gracias a sus calcos y a sus esculturas comparadas, el Museo creado por el eximio pintor argentino Ernesto de la Cárcova es el primero en su género en América del Sur y tiene el privilegio de cobijar en un mismo espacio réplicas de obras pertenecientes a los más significativos ámbitos culturales del mundo: del Museo del Louvre, del Museo de Berlín, del Museo del Vaticano, del Museo Británico de Londres, del Museo Nacional de Antropología de México y hasta de la antiquísima Acrópolis de Atenas, además de otros sitios custodios de la historia del arte de la humanidad. Bajo un mismo techo, las impactantes colecciones del arte asirio, egipcio, caldeo, griego, medieval, del Renacimiento, oriental y mesoamericano colman las tres modestas salas del complejo, desde las que viajamos, sin escalas, a través de los siglos.

Ya no hay excusas, entonces, para privarse de contemplar las maravillas artísticas que ofrecen los museos internacionales y mucho menos para seguir admirándolas sólo desde las páginas de las voluminosas enciclopedias ilustradas. Afortunadamente, diosas, dioses, reinas, reyes, guerreros, esclavos, vírgenes, ángeles y hasta animales mitológicos echaron raíces por estas tierras a pesar de sus marcadas diferencias cronológicas y geográficas. A pocos metros de la costanera del Río de la Plata, las civilizaciones antiguas que conocimos por primera vez a través de láminas y de textos escolares moldearon con su arte una vecindad de lujo en este pequeño pero impresionante museo porteño ubicado en la Avenida España 1701, muy próximo al flamante barrio Puerto Madero.

Observándolas detenidamente, las esculturas parecen revivir desde los fríos pedestales. Así, mientras el Moisés vigila con obsesión la puerta de acceso al museo, el colosal Lorenzo de Médici se pierde en su propia meditación. Desafiantes, el rey Salomón y la reina de Saba cruzan miradas con su vecina de enfrente, la Dama de Elche, que no duda en resaltar su hermosura con un fino conjunto de joyas ibéricas tallado en la piedra. A pocos metros, la Venus de Milo espía con sutileza a otras dos beldades: Palas Ateneas y Afrodita Genitrix, todo bajo la visión centinela de la cariátide del Erectión, ubicada bien alto en el fondo de la sala. Entre tanto, tras las inmensas alas de la Victoria de Samotracia, los torsos de Belvedere ─representando, quizá, a Hércules u otro dios─ y el de Dionisios demuestran que su masculinidad puede ser extraordinariamente bella aun con sus cuerpos mutilados. A sus espaldas, un grupo de guerreros evocan una escena extraída del frontón del Templo de Afaia, en Grecia, que deja como saldo a un luchador moribundo arrastrándose ante la actitud combativa de otro que cubre su cabeza con la piel de un animal.

Adueñándose de otro sector del museo, el rostro enorme de la diosa lunar mexicana Coyolxauhqui irradia un brillo fascinante desde la negrura de la piedra. Impresiona su tamaño, así como el minucioso tallado de la ornamentación en su cabeza. Muy cerca de ella, la figura de otro dios de la cultura mesoamericana aparece sigilosa: el Jaguar Rojo, felino cuyo original se destaca por la intensidad del color y por la imitación de sus manchas con discos de jade. Pero en este espacio no sólo habitan deidades americanas: sin necesidad de recorrer miles de kilómetros para unir continentes, nos encontramos con las imágenes de varios personajes adorados por otras civilizaciones, como por ejemplo Prajñaparamita, la diosa de la Sabiduría para el budismo, o con bajorrelieves que testimonian hechos trascendentales de antiguos imperios como el egipcio, con la Coronación de Seti I, enmarcada por un sinfín de jeroglíficos.

Tanta concentración de esculturas y calcos renombrados hizo del Museo de Ernesto de la Cárcova un sitio único en Buenos Aires, en nada parecido a cualquier otro museo de arte de la ciudad. Su patrimonio cultural es motivo de admiración tanto para quienes lo visitan por primera vez y descubren estas obras maestras del arte clásico como para los alumnos de la Escuela Superior de Bellas Artes, que utilizan las imitaciones de las célebres esculturas como modelos para el aprendizaje. Pero si hay un dato insólito en la reseña de este museo-escuela es el que señala que se erigió en lo que fue parte de un antiguo hospital de cuarentena veterinaria, en tierras pertenecientes al ex Balneario Municipal. Para el disfrute de muchos, a ochenta y un años de su inauguración, todavía sigue allí, velando por sus objetos preciosos, reunidos y guardados celosamente en uno de los rincones más secretos del mapa porteño.