30 de junio de 2009

La historia sobre cuatro ruedas

Edición N° 49

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Como todo invento revolucionario, el automóvil marcó un antes y un después en la historia del transporte, e hizo del hombre el partícipe y testigo natural de su evolución. Desde el primer vehículo propulsado a vapor, ideado en 1769 por el francés Nicholas Joseph Cugnot, con llantas de hierro y ruedas de madera, hasta el Ultimate Aero, el auto más rápido del mundo, con una velocidad máxima de 434 kilómetros por hora, el automóvil ha logrado mantener intacta esa aptitud para embelesar y perturbar los sentimientos de los mortales, hasta el punto de convertirse en su objeto de mayor deseo. Así lo entendieron el ingeniero alemán Karl Benz, pionero en el desarrollo de la industria automotriz mundial, y Henry Ford, el más exitoso fabricante de autos de los Estados Unidos; pero también todos aquellos que subidos a carros anticuados o modernos vieron trocar sus vidas comunes en leyendas y en mitos, algunos escritos con la pluma blanca de la gloria y otros con la tinta roja de la tragedia. Aunque suene descabellado, parte de esa historia y de esos acontecimientos que la humanidad produjo sobre cuatro ruedas, hoy puede visitarse en el Museo del Automóvil de la Ciudad de Buenos Aires, ubicado a pocas cuadras de la Avenida Gral. Paz, en el barrio de Villa Real.

Como si se tratara de una señalización vial, sobre la calle Irigoyen 2265 un auto de competición pende a varios metros de la vereda e indica que allí se encuentra el templo en el que comulgan los amantes incondicionales de los “fierros” y en donde más de un aficionado al rubro automotor quedará atónito frente a los rodados que conforman su colección. Tras la fachada pintada paradójicamente de color rosado, los dos pisos que ocupa el galpón principal atesoran cincuenta autos antiguos custodiados por un montón de trofeos, publicidades, carrocerías fileteadas, bicicletas y motocicletas en desuso, radiadores, volantes y todo tipo de accesorios para automóviles de diferentes épocas. Conmueve descubrir en un mismo sitio piezas únicas y legendarias, como el auto número 338 de la línea Ford A Tonneau, de 1903, denominada “La máquina más sencilla del mundo”, de la que Henry Ford fabricó sólo 1700 unidades; el Ford T de 1925, impecable coche presidencial de los Estados Unidos; la Coupé Torino N°1, que en 1969 participó en las 84 horas de Nürburgring, en Alemania; y hasta el sedán cuatro puertas Hudson, de 1929, que en su interior guarece nada más y nada menos que a la figura de cera de su entonces propietario, el prestigioso escritor Jorge Luis Borges.

En medio del brillo que destellan los cromados de los Rolls Royce y de los Alfa Romeo, también sobresalen vehículos como el REO, el taxi-colectivo de 1927 que realizaba paseos turísticos por los barrios de Buenos Aires; el Chevrolet 1932, bautizado “Lecherito”, encargado del reparto de leche suelta a domicilio en la ciudad entre 1935 y 1965; el Ford T 1923, conocido como el coche “Doctor”, utilizado por los médicos rurales; el estadounidense Hupmobile de 1927, con su distintiva cola con aspecto de bote; y el convertible Dodge Brother 1937, otrora propiedad de la Embajada de los Estados Unidos, que Diego Armando Maradona usó para su casamiento y Alan Parker para la película Evita.

Como era de esperar, dentro de los dos mil metros cuadrados que abarca el predio se rinde tributo a los más exitosos automovilistas argentinos: Juan Manuel Fangio y Oscar Alfredo Gálvez. Distantes de la rivalidad eterna que fanáticos y comentaristas deportivos dieron por sentada a sus vidas, hoy la Chevrolet Coupe TC 1939 que acompañó a Fangio en sus hazañas en el Turismo de Carretera y la copia fiel con partes originales de “La Empanada”, la coupé Ford 1934 que condujo “el aguilucho” en las competencias en el Autódromo y en otros circuitos porteños, comparten, junto a otros inolvidables bólidos, un espacio exclusivo en este universo de cilindros, tuercas, válvulas y pistones.

Por si algo faltara mostrar, el Museo del Automóvil presenta una minuciosa escenografía al aire libre de la Buenos Aires de ayer, con coloridos locales de oficios de cara a la calle empedrada. A escasos metros de este pasaje que rememora a la vieja ciudad, la réplica de una estación de servicio de madera ostenta en su entrada un par de antiguos surtidores celestes y blancos pertenecientes a la ex empresa YPF, y hace las veces de playa de estacionamiento para los inconfundibles autobuses ingleses double decker y para un lustroso camión Scania.

Desde la generación de energía mediante el vapor hasta la incorporación de la gasolina como el fluido vital para movilizar los rodados, el automóvil sufrió una metamorfosis increíble, tal como puede verse en varias de las máquinas de colección del Museo. El grotesco y pesado carruaje sin caballos mutó a un cuerpo de aluminio ultraliviano, veloz y aerodinámico; dejó de ser una exclusividad de los deportistas y el motivo de ostentación de la gente rica para devenir en el transporte popular y de fácil accesibilidad que hoy todos conocemos. Más que merecida, entonces, la creación de este santuario automotor, erigido en homenaje a un invento que con el paso del tiempo se afianzó como parte indisoluble de lo cotidiano.

27 de mayo de 2009

Un Palacio para el Tango (Tte. Perón 2535)

Edición N° 48

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Me juego la cabeza de que pocos me creerían si dijera que la milonga se acunó en un lujoso palacio construido en 1878 en la zona de Once. ¡Ni qué hablar de lo que pensarían aquellos porteños que aseveran que sólo se ven palacios en los barrios fifís de la ciudad, llenos de bacanaje y nada de arrabal! Sin embargo, me atrevo a proclamar que más de un desbrujulado no saldrá de su asombro al enterarse de que esta reliquia palaciega aún existe como mítico refugio del baile más pasional de los argentinos: el tango.

El Palacio Rossini, bautizado así en honor al notable compositor italiano Gioacchino Antonio Rossini, nació como edificio de la Societá Italia Unita en el barrio de Balvanera y fue uno de los tantos espacios sociales construidos por la comunidad italiana que arribó a la Argentina como consecuencia de la inmigración de fines del Siglo XIX. En la primera década de 1900, allí solían presentarse las compañías de óperas, que deslumbraban, secundados por la acústica de la sala, con la interpretación del bel canto y de las arias de los más afamados compositores europeos. Fue a partir de 1916 que estos espectáculos se trasladaron al novísimo Teatro Colón, con lo cual el Palacio Rossini comenzó a funcionar como la Milonga Italia Unita, convirtiéndose así en la Primera Casa de Tango de Buenos Aires. Mitos y figuras representativas de la música ciudadana, como Juan D’Arienzo, Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo, Ángel Vargas, Alberto Castillo y Carlos Gardel sacaron lustre al escenario, desde el que recrearon con sus instrumentos y con sus voces prodigiosas las historias de papusas y fuleras, de mistongos y bienudos, de cafishos y percantas, de pitucos y pebetas, y hasta ventilaron al compás del 2 x 4 las desdichas del bulín.

Luego de permanecer cerrado durante algunos años, en 2004 el Palacio abandonó la oscuridad que parecía marcarle un penoso final. Restaurado a todo trapo, el complejo de 2.500 metros cuadrados reabrió sus puertas con el nombre de “Sabor a Tango”, el espectáculo musical que en cada función destila la nostalgia por la canción popular y enciende la chispa de la pasión tanguera. Rememorando épocas gloriosas, este petit théâtre hoy muestra su reluciente salón comedor con capacidad para quinientas personas y un selecto palco superior, ambos iluminados delicadamente, revestidos con molduras y flanqueados por una interesante colección de pinturas. En las áreas privadas del edificio, una sala de baile de cómodas dimensiones evoca a los inconfundibles conventillos de la ribera. Allí, bajo la luz de los faroles, las clases de tango para principiantes logran que hasta el más patadura se sienta, por un rato, dueño del peringundín.

Con cada función, cuando se abre el telón, los distintivos personajes que caminaron los empedrados de Buenos Aires renacen en la piel de los artistas: bailarines, cantantes y orquesta ensamblan al unísono cortes, quebradas, partituras y metáforas cantadas con el ritmo canyengue del bandoneón. Parece mentira… pero, hoy como ayer, el Palacio Rossini vuelve a apropiarse del alma de la ciudad. Noche a noche, confirma a quien lo desee que "no hay nadie en el mundo entero que baile mejor el tango que el criollo más compadrito que en esta tierra nació".

29 de abril de 2009

Confitería del Molino (Callao y Rivadavia)

Edición N° 47

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Oculta tras las telas negras y las carteleras publicitarias, la Confitería del Molino agoniza en su espera por salir del mundo de oscuridad y mutismo al que la condenaron hace más de una década. Su impresionante silueta fantasmagórica, fruto de la corrosión de los hierros, de la mampostería floja, de los muros bañados de suciedad y de los vitrales ausentes en su espectacular torre aguja, la convierten en la escenografía a cielo abierto más observada de la ciudad. Cuesta creer que el sueño dorado de Cayetano Brenna, aquel maestro pastelero oriundo de Italia, hoy se caiga a pedazos en una de las esquinas más tradicionales de Buenos Aires.

La historia de esta Confitería, ensamble perfecto de lujo arquitectónico con degustación de exquisiteces culinarias, comienza en 1904, con la adquisición por parte de Brenna de la propiedad de la esquina de las avenidas Callao y Rivadavia, a la que más tarde sumó las casas linderas. Para ese entonces, don Cayetano, junto con otro colega repostero italiano, ya era dueño de la Antigua Confitería del Molino que funcionaba en la esquina de Rodríguez Peña y Rivadavia. Justamente, el nombre del comercio surgió de su proximidad con el primer molino harinero de la ciudad, instalado en ese entonces en un sector de la actual Plaza del Congreso.

Decidido a dar brillo a su nuevo emprendimiento, Brenna hizo traer de Italia todos los materiales y elementos indispensables para encumbrar su negocio gastronómico: vitraux, cristalería, mosaicos, mármoles, aberturas. Algunos vestigios de tanta ostentación aún se ven en las puertas de acceso a las viviendas, adornadas con finas imágenes felinas; en la escultura cobijada en la hornacina de la fachada principal; en las cerámicas de oro, todavía deseosas de resplandecer en la mansarda y en las aspas pétreas del molino simbólico. La monumental obra fue encomendada al arquitecto Francisco Gianotti, cuya empresa familiar proveyó varios de estos elementos decorativos. Tres subsuelos, planta baja y el primer piso serían ocupados por el local comercial —sector de panificación, bodega y depósito; confitería y salón de fiestas— y los demás pisos, por viviendas y oficinas. Así, desaparecería la Antigua Confitería del Molino para dar paso a la rutilante pastelería de estilo art nouveau ubicada frente al edificio del Congreso de la Nación.

Inaugurada en 1916, la Confitería fue el sitio de encuentro predilecto de la sociedad burguesa de aquellos años. Artistas e intelectuales sucumbieron ante las delicias que ofrecía la flamante Confitería revestida con mármoles italianos y detalles en bronce. Eva Perón, Lisandro de la Torre, Alfredo Palacios, Carlos Gardel, Leopoldo Lugones y otras figuras sobresalientes de la historia civil y política argentina también se dieron cita allí para degustar los merengues, el panettone de castañas y los tés y los cafés que don Cayetano se encargaba de servir personalmente.

Por su ubicación geográfica, el edificio padeció los vaivenes que desde siempre caracterizaron a la vida política del país, y en 1930 fue incendiado durante el golpe de estado que derrocó al gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen. Posteriormente, la Confitería fue reconstruida; pero ocho años después, la muerte de don Cayetano fue una señal de lo que sucedería en las décadas venideras. La Confitería pasó a manos de diferentes dueños, luego se vendió el fondo de comercio y la marca, y, al poco tiempo, los compradores presentaron la quiebra. Es allí cuando los nietos de Brenna recuperaron la Confitería y lograron revivirla. Sin embargo, durante los 90, la terrible competencia comercial destrozó las esperanzas de prosperidad y en 1997 la Confitería del Molino cerró definitivamente.

Desde entonces, somos muchas las personas que alzamos la mirada hacia la esquina de Callao y Rivadavia a la espera de un milagro. A simple vista, poco queda de la preciosa y notable Confitería que Cayetano construyó para expandir su empresa pastelera. Difícilmente, el hormigón ennegrecido, los hierros oxidados, los mosaicos y la torre con sus aspas a punto de flaquear vuelvan a deslumbrar como en los tiempos dorados de la belle époque. Sin embargo, con infinita paciencia, la Confitería del Molino aguarda el esperado rescate, ese que podrá salvarla del avasallador progreso social que se empecina en echar al olvido todo aquello que alguna vez fue orgullo indiscutido de esta ciudad.

20 de abril de 2009

HOTEL DE INMIGRANTES

Edición N° 46

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Génova, Vía Garibaldi, 2.
Servizio celeríssimo con vapori elegantíssimo fra l’ITALIA e l’AMERICA DEL SUD.
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En medio del vocerío y del humo de las chimeneas, la nave a vapor se prepara para partir. No es tan elegante como auspicia el anuncio publicitario, pero basta y sobra para que los sueños zarpen. Sobre la cubierta del buque, los rostros desencajados y un sinfín de manos agitadas responden al adiós de quienes quizá no volverán a ver jamás. Junto con sus maletas abultadas, miles y miles de seres humanos emprenderán el éxodo desde su tierra natal hacia otra tan desconocida como tantas veces anhelada. Con sus paupérrimas pertenencias, también viajará el deseo vehemente de hallar en la lejanía lo que la propia patria no puede ofrecerles.
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La costa ya no se ve. Lejos quedaron los países, los pueblos y las familias. En medio del Océano Atlántico, el precario barco apiña desordenadamente los cuerpos con los baúles y con las valijas cargados de ropa y de objetos personales. Del otro lado del mar, a los inmigrantes los espera la incertidumbre por lo que vendrá, el nuevo destino para sus vidas.

Entre finales del siglo XIX y principios del siguiente, millones de personas arribaron al antiguo puerto de Buenos Aires como consecuencia de las fuertes oleadas inmigratorias, provenientes en su mayoría de los países europeos. En ese entonces, la ciudad contaba con varios hoteles o asilos para albergar a los recién llegados, los que con el tiempo resultaron insuficientes frente a la excesiva demanda. Con el objeto de dar una solución decisiva al problema del alojamiento de extranjeros, en 1911 se inauguró el único y definitivo Hotel de Inmigrantes, que aún mantiene en pie su estructura dentro del territorio porteño.

Al atravesar el portón de la avenida Antártida Argentina 1355, siento la irrefrenable necesidad de retrasar las agujas del reloj y volver el tiempo a los instantes en que millones de personas, con diferentes idiosincrasias y lenguas, arribaban masivamente al Hotel, hoy convertido en Museo de la Inmigración. Dentro del predio diseñado a orillas del Río de la Plata, además del Hotel fueron erigidos varios pabellones donde funcionaron el Depósito de Equipajes, el Hospital, la Oficina de Correos y Telégrafos y, fundamentalmente, la Oficina de Trabajo, pues el servicio primordial de este asilo era encontrar empleo para todos los inmigrantes y entrenarlos en los distintos oficios.

Diagramado para brindar refugio temporal a tres mil personas, el Hotel es la construcción más relevante del complejo del Museo. De estilo italianizante, la mole de hormigón gris, seccionada en planta baja y tres pisos, conserva su imagen original, la que contrasta brutalmente con la vanguardia exhibida por los edificios vecinos de Puerto Madero y con los mástiles de la Fragata Sarmiento que asoman tras la arboleda del predio. Dentro del complejo, en el sitio ocupado actualmente por la Escuela de Guerra Naval, funcionó el antiguo Desembarcadero, primera puerta de entrada al país para quienes lo elegían como final de su travesía. Fotografías de la época dan testimonio del paso de los inmigrantes por allí, cargando sus pesadas pertenencias, así como también el recorrido que debían realizar hasta el Hotel, donde eran selladas sus carteras de identidad –hoy pasaportes- como constancia de su ingreso a la Argentina. El Hotel de Inmigrantes ofrecía alojamiento gratuito sólo por cinco días, según el Reglamento vigente en aquella época; aunque frente a casos de enfermedades graves o por falta de ubicación laboral el plazo podía extenderse.

En la planta baja del Hotel funcionó el comedor, un espacio de notoria dimensión donde mil personas por turno recibían las cuatro comidas principales que eran elaboradas en inmensas ollas a vapor alemanas, las que desaparecieron sin dejar rastro tras el paso de diferentes administraciones de gobierno. En ese sector, también estaban la panadería y la carnicería. En este primer nivel del edificio, hubo también una voluminosa biblioteca a disposición del inmigrante, con diversas publicaciones, mapas y libros orientados a informar al extranjero acerca de las costumbres, del trabajo y de la riqueza de su nueva tierra. También allí se les brindaba cursos de idioma, charlas y clases para el aprendizaje de la utilización de maquinarias agrícolas y domésticas. Los tres pisos restantes fueron destinados a las habitaciones, cuatro por piso, cada una provista con catres tipo marinero, de hierro y cuero, para doscientas cincuenta personas. En ocasiones, la constante llegada de inmigrantes hizo que se colocaran camas en los pasillos. Un dato no menor: en cada piso había baños y duchas con servicio de agua caliente y fría. Actualmente, puede visitarse sólo el tercer piso, ya que los restantes están abandonados.

Recorrer las instalaciones del Museo, contemplar en silencio las viejas fotografías que desde su mudez dicen más que las palabras, experimentar ante cada cartera de identidad y cada boleto de viaje la crudeza de sentirse expatriado, observar con detenimiento el rostro de miles de personas desconocidas que pasaron obligatoriamente por el mismo sitio que ahora estoy pisando, no hacen más que despertar en mí el respeto y la admiración hacia los millones de personas que en busca de un porvenir, ya sea personal o colectivo, hicieron de nuestro país su patria. En ella depositaron sus esperanzas e ideales, y sin conocerla, le brindaron el esfuerzo infatigable de su trabajo, la enriquecieron con sus culturas y la hicieron próspera. Desinteresadamente y apostando al futuro, le dieron a la Argentina sus hijos, quizá lo más preciado que muchos no pudieron ofrecerle a esa otra tierra que los vio nacer.

18 de abril de 2009

"Café de García" (Sanabria 3302)

Edición N° 45

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Amanece en Villa Devoto. Las puertas y las ventanas del bar de la esquina de Sanabria y José Pedro Varela ya no pueden contener al mañanero e inconfundible olor a café que se desparrama hacia las veredas vecinas. Periódico en mano y sincronizados para cumplir con el rito del desayuno porteño, los habitué del bar eligen las mesas de siempre. Poco a poco, el interior del local se va transformando en un gran comedor familiar, donde todos se conocen y comparten, entre amenas charlas o encendidos debates, las primeras novedades del día. Mientras tanto, afuera, los clientes al paso aprovechan la brisa fresca y se ensamblan con naturalidad al paisaje del barrio, apropiándose de las mesas ubicadas bajo el Paseo de Metodio y Carolina, nombres de las dos glorietas que rodean al bar y que recuerdan a quienes dieron comienzo a este sueño llamado “Café de García”.



Nacido en 1927, este sitio notable de la ciudad de Buenos Aires se mantiene en pie en el corazón de un barrio que combina el lujo de sus caserones con la proximidad de un centro penitenciario. Tal vez este último sea el motivo por el cual Rubén, actual propietario y uno de los hijos a cargo del negocio de Metodio y Carolina, se empeña en echar luz sobre la imagen desdibujada que para algunos tiene esta zona. Aunque si bien resulta difícil acostumbrarse a la idea de que en este hermoso barrio de vegetación tupida todavía funciona una de las más célebres cárceles porteñas, vale la pena dejar de lado por un momento semejante ironía y recorrer sus calles para encontrar tesoros tan ocultos como el de la familia García.

Testimonio de la memoria ciudadana, este tradicional café es una réplica en colores de aquel que empezaba a hacer historia cuando la sepia era la única tonalidad en la que se lo fotografiaba. Ocre y blanco para su fachada, artísticas rejas negras en las ventanas, glicinas perfumadas y carteles con leyendas por doquier, son la cara visible de este paraje que no se parece a ningún otro de Buenos Aires.



Dedicado exclusivamente al juego de billar, el salón principal del bar es una suerte de santuario para los jugadores más habilidosos y también para aquellos que dan los primeros pasos en esta actividad recreativa de gran destreza. Sobre el desgastado piso damero, las tres pesadas mesas de billar acaparan la mayoría de la superficie del salón junto con las hileras de sillas solitarias que sirven de tribuna durante los partidos. En la pared, las taqueras y los guarda-tacos personales –identificados con sus nombres y cerrados con candados―, disputan la atención de los clientes con las añosas publicidades de bebidas y automóviles, con los recortes de revistas deportivas fuera de circulación y con las fotografías, los autógrafos y las dedicatorias de personajes famosos que pasaron por allí, que por cierto son muchos. Félix Luna, Alejandro Dolina, Antonio Carrizo, Fernando Bravo, Mariano Mores, Enrique Cadícamo, Horacio Ferrer, Víctor Hugo Morales, Enzo Francescoli, Fernando Redondo y hasta el internacional Francis Ford Cóppola, entre otros, dejaron su recuerdo en estas paredes. En medio de tantas caras conocidas, asoma el trofeo deportivo más observado por quienes visitan el lugar: la camiseta de la selección argentina autografiada por Diego Armando Maradona, vecino de Villa Devoto durante gran parte de su carrera futbolística.

Accediendo por una puerta lateral del salón, se llega a lo que fue la antigua habitación del matrimonio García, hoy convertida en el anexo del bar donde se sirve la superpicada auspiciada por la casa, que consiste en treinta platitos cargados con aceitunas rellenas, albóndigas, berenjenas en escabeche, morrones a la parrilla, salchichas acarameladas, papas fritas, fiambres surtidos y otros manjares que hacen agua la boca con sólo imaginarlos. Se degusta únicamente los jueves, viernes y sábados por la noche en este rincón reservado del bar en el que, por si fuera poco, hay tantos o más adornos que en el salón principal. Cual bodegón escapado de una pintura al óleo, los objetos pasados de moda ―donados en su mayoría por clientes y vecinos― se entrelazan bajo la luz cálida de la araña central con los trofeos de caza, los utensilios de cocina, los frascos de aceites, los botellones, las cestas, las servilletas y hasta una olorosa horma de queso para rallar.

Patrimonio y orgullo del barrio de Villa Devoto, el Café de García es más que la continuidad de una tradición familiar, que un bar de remembranzas, que un museo de fotografías o que un refugio para elementos obsoletos. Con sólo leer la dedicatoria fundida en bronce colocada en la fachada, alcanza para comprender el espíritu depositado en este solar. “El café es uno de los pocos sitios a salvo de nuestras inconstancias. Es uno de los pocos espacios comunes a resguardo de la inclemencia de los tiempos. Más allá de que madera y estaño apenas resistan los embates del plástico y la fórmica, los cafés porteños permanecen. El que hayan sido sentidos como segunda madre o segundo hogar, quizá explique nuestra entrañable relación con ellos. Lugar de encuentros, el café es también escenario para exponerse u ocultarse, para la compañía o la soledad. En sus mesas y mostradores se charla y monologa, pero también se calla. El café es un continente de la vida, un recipiente de sus contradicciones: allí se hacen y deshacen amistades, se tejen y destejen amores. Son, al fin, territorios comunes dentro de una ciudad cruzada por altas murallas invisibles”.

15 de abril de 2009

"El Conde de Caballito"

Edición N° 44

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Si desean hacer un viaje en el tiempo y toparse con una auténtica peluquería y barbería de épocas remotas, sólo hay que preguntar por el “Conde de Caballito”. Con semejante título nobiliario, Miguel Ángel Barnes es más que un peluquero de la zona oeste capitalina. Basta con mirarlo, para darse cuenta de que no es el frívolo estilista entrado en años que aconseja mover las cabezas ni tampoco el peluquero principiante que rocía las cabelleras con una interminable lluvia de spray. El Conde sabe de qué se trata esta esmerada profesión y hace un culto de ella.

Como todo noble ejerce su jurisdicción, en este caso en el condado bautizado con nombre equino. Allí, con pasión y alma de coleccionista, fundó ni más ni menos que la Peluquería y Barbería “La Época”, que a su vez es un museo dedicado exclusivamente a exhibir los elementos y productos de belleza característicos de este oficio antiquísimo. Para más datos, el Ford rojo con techo blanco, tapizado y llantas haciendo juego, estacionado sobre la calle Guayaquil 877, y la bacha de pie sobre la vereda, con la jarra, la toalla y la piedra para afilar navajas indican que estamos en su territorio.

Dueño de una elegancia impecable de la punta de la cabeza hasta los pies, con camisa a prueba de arrugas, tiradores más blancos que el algodón, reloj de bolsillo y relucientes zapatos de charol blanco y negro, el Conde se asoma, sonriente, tras el amplio vidrio fileteado de su barbería y me invita a descubrir su salón de coquetería masculina.

Como bienvenida, un cartel en la puerta me advierte: “Por orden del comisario, se prohibe entrar armado y con sombrero al despacho de bebidas”. Es que esta peluquería-museo cuenta también con un bar que rememora a las pulperías de antaño, con la salvedad de que aquí las mesas de café están flanqueadas por un inmenso vitrinero donde se pueden encontrar los más insólitos artículos de tocador, como el Jabón Curativo “Tinkal”, que cura y preserva la piel de las enfermedades contagiosas porque contiene principios curativos de las aguas de los lagos medicinales de la India; o el Jabón de Tocador “Verdoll”, a base de aceite de oliva y clorofila; o el Jabón de Tocador “Radico”, a base de aguas de sales radioactivas.

Un poco más allá y ordenados con obsesiva prolijidad, los estuches de papel de las hojas de afeitar nos enseñan a quienes no tenemos barba que no sólo la tradicional marca Gillete rasuró con envidiable precisión los rostros de nuestros abuelos y bisabuelos, sino también las Filomatic, Legión Extranjera, Lord, Jewel, Staheler o Geri. En el local hay, además, cremas y lociones para después de afeitar y colonias que hicieron historia, como la Atkinsons, la Ambré de Polyana, la York, la Bouquet del Rhin, entre otras, que se mezclan armoniosamente con navajas, tijeras, peines, brochas, talcos, pulverizadores, perfumeros y los más de diez mil objetos y piezas de viejas barberías que el Conde adquirió a lo largo de su vida.

En las paredes y en los espejos proliferan las publicidades de Glostora, Palmolive, Brancato, Lancaster, Pantera, Old Spice, así como muchísimas fotografías antiguas relacionadas con la profesión. En el salón principal, no dan abasto los ojos para apreciar tantos recuerdos en delicada consonancia: la caja registradora National; el teléfono de pie; el gramófono de ciento veintidós años; la “bacía”, una especie de palangana pequeñita que se usaba hace más de un siglo para remojar la barba y formar agua jabonosa; un matafuego de cobre; un antiguo toallero y los inconfundibles sillones de peluquería para los clientes. Cerca del bar-pulpería, un piano francés de 1907 está allí para quien quiera robarle algún acorde, como una pareja de turistas extranjeros que en su paso por tierras porteñas se animó a tocar una pieza musical.

Única peluquería-museo en toda América Latina, fue declarada de interés cultural por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y lugar turístico por la Secretaría de Turismo, por lo que también es sitio elegido para la organización de encuentros culturales y bailes de tango. Abre sus puertas al público de martes a viernes en horario fraccionado y los sábados en horario corrido.

Extravagante como pocos, entre tijeras, peines y secadores de cabello, el Conde prepara su mejor actuación. Pocos segundos le toma envolverse en su inconfundible capa negra que llega casi hasta el piso de la peluquería. Con total naturalidad, posa para la cámara e insiste en fotografiarse con sus clientes más pequeños. Reconocido como vecino solidario por el gobierno porteño, Miguel Ángel Barnes es el ejemplo de quien no sólo ama lo que hace, sino también de quien está dispuesto a compartir con todo aquel que lo desee los más entrañables recuerdos que aloja en su peluquería, esos de los que casi ya no quedan en Buenos Aires.

11 de enero de 2009

"El Gato Negro" (Avenida Corrientes 1669)

Edición N° 43

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“El Gato Negro” es uno de los cincuenta y tres cafés notables de la ciudad de Buenos Aires, pero el único en donde la fragancia de las milenarias semillas tostadas y molidas se amalgama con los perfumes de la canela en rama, de los curries, del azafrán, del bouquet garni, del hung liu o de cualquiera de las cientos de especias acopiadas en los voluminosos frascos de vidrio distribuidos en las vitrinas y sobre el viejo mostrador de roble.

Bautizado por su fundador con el nombre de un menú del primigenio ferrocarril Orient Express y de un ex café de Madrid, el local merece una nota aparte no sólo por su ambientación, sino también por la variedad, la calidad y las bondades de los artículos que exhibe para la venta.

Asentado en 1926 como almacén de especias, los paladares porteños encontraron allí todos los exquisitos sabores que sólo podían degustarse y adquirirse en los famosos mercados de Oriente. Hoy como ayer, “El Gato Negro” mantiene su exclusividad y ofrece más de cuatrocientos productos de primer nivel ―en su mayoría importados― que pueden comprarse en forma de tés, semillas aromáticas, hierbas, frutas secas, dulces, salsas, aliños, aceites y condimentos especiales. Desde 1997, este antiquísimo establecimiento también funciona como café, al que luego se le incorporó un restaurante en el primer piso.

Testigo diario de charlas entre amigos y de lecturas interminables, el singular comercio ubicado desde siempre en la Avenida Corrientes armoniza, como ningún otro, su aspecto bohemio de café parisino con los sugerentes aromas que, por instantes, nos hacen pensar que estamos muy lejos, tanto como en un exótico mercado de Estambul.

23 de diciembre de 2008

Diciembre

Edición N° 42

Como en cada diciembre, Buenos Aires replica en un sinfín de imágenes la magia y la alegría de las fiestas. Cual tarjeta postal, la ciudad se viste con los colores y con los símbolos de la Navidad, y renueva, entre tanto brillo y alegorías, las esperanzas y los buenos augurios para el año entrante.

Otra vez, la ilusión se propaga entre su gente y los deseos de dicha y prosperidad se traducen en sonrisas y en abrazos sinceros. “Es el espíritu de la Navidad”, dicen algunos, justificando tamaña manifestación de amor. Pues, entonces, trabajemos intensamente para que ese espíritu perdure en el tiempo. ¡Felicidades!

30 de noviembre de 2008

A jugar al cementerio...

Edición N° 41

―“Hasta Alsina y Pasco, por favor”.
― “¿Va al cementerio?”, pregunta el taxista, mientras mira de reojo el espejo retrovisor a la espera de alguna mueca en mi rostro cercana al espanto.
― “Sí, voy de visita al cementerio”, le digo. Y nos echamos a reír.

Para aquellos que desconocen la historia de los camposantos porteños, este podría ser uno de esos tantos diálogos incoherentes que actúan como puntapié inicial para la charla ocasional con el chofer del rodado amarillo y negro que recorre la ciudad. Nada más lejos de la realidad. Ambos sabemos que hablamos del cementerio que se convirtió en plaza.

Cuentan los libros que, allá por 1883, el pulmón verde delimitado por las calles Adolfo Alsina, Pasco, Hipólito Yrigoyen y Pichincha fue el segundo Cementerio de Disidentes de Buenos Aires, lugar al que iban a descansar eternamente los restos de los no católicos que habitaban la ciudad. Este predio, también conocido como “Hueco de los Olivos” o “Cementerio de Victoria”, ayudó a socorrer la falta de capacidad para las sepulturas que ya sufría el primer cementerio disidente, creado doce años antes, y que estuviera ubicado en las actuales calles Juncal, Suipacha y Esmeralda.

El “Cementerio de Victoria” ―denominado así por la calle que tiempo después pasaría a llamarse Hipólito Yrigoyen― no sólo albergó a los miembros de las comunidades alemanas, inglesas y norteamericanas, sino que también fue el sitio elegido para el entierro de los primeros pobladores judíos de la ciudad. Con su cierre definitivo en 1891, se dispuso el traslado de los restos de los ciudadanos de origen inglés y alemán al novísimo Cementerio de la Chacarita, dentro del cual estas comunidades construyeron sus respectivos cementerios; y los restos de los ciudadanos judíos fueron llevados a la primera necrópolis de la comunidad, erigida en el Partido de Avellaneda. Sin embargo, no todos los restos fueron retirados. Muchos quedaron allí por decisión de sus familiares, y de otros nadie se hizo cargo.

Años después de la demolición de la capilla situada sobre la calle Hipólito Yrigoyen, se inauguró sobre las tierras del ex cementerio la Plaza 1° de Mayo. En este naciente espacio cubierto de plátanos y arbustos, se emplazó una escultura de bronce dedicada Al Trabajador y se erigió el Monumento a la Patria, cuyo mástil central fue donado por la comunidad israelita. Actualmente, la plaza cuenta con sectores destinados a la recreación de la tercera edad, con una calesita y con un patio de juegos con arenero en uno de sus extremos. No obstante, entre tanta arboleda de verde intenso, la plaza no olvida lo que supo ser: una placa advierte que allí fue enterrada Elisa Chitti de Brown, la esposa de Guillermo, el valiente almirante.

Pero fue en 2006, durante la remodelación del predio, que el antiguo cementerio se hizo visible una vez más. Como si se tratara de un cuento macabro, durante la excavación del arenero no sólo se hallaron botellas, restos de ataúdes y collares, sino también una lápida de mármol con forma de libro, en perfecto estado, de 1886, y que perteneció a la tumba de una niña alemana de diez meses. Este descubrimiento no hace más que demostrar que la historia de un barrio también hay que buscarla bajo nuestros pies y no sólo en lo que se nos presenta a simple vista. Y aunque a algunos porteños les cueste creer que allí, entre toboganes y hamacas, aún descansan los despojos de quienes murieron hace más de cien años, el inocente griterío infantil se muestra más que feliz yendo a jugar todos los días al viejo cementerio.

26 de octubre de 2008

Colegio San José (Azcuénaga 158)

Edición N° 40

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Como tajeada por un filoso cuchillo, de los miles de metros cuadrados encerrados por las calles Bartolomé Mitre, Larrea, Perón y Azcuénaga se descarna una extensa hilera de locales con vidrieras plagadas de baratijas y ofertas de ocasión. De la noche a la mañana, cajas de cartón llenas de juguetes made in China, estanterías repletas con clásicos artículos de bazar, dudosos puestos de venta de celulares y hasta un insólito estacionamiento subterráneo se adueñaron drásticamente de la imagen del histórico Colegio San José, al que ahora bien le cabe el título de “escuela shopping”. Esta mutación extraordinaria a la que fue sometida una de las manzanas más tradicionales del barrio de Balvanera es otra de las tantas heridas urbanas que jamás podrán cicatrizar.

Si bien resulta poco feliz ver lo que queda del aspecto exterior del prestigioso Colegio fundado en 1858 por el padre bayonés Diego Barbé, dependiente de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús de Betharram, inmensamente gratificante es descubrir su riqueza interior, la que, por ahora, nadie osa herir con tanta facilidad.

Erigido como un verdadero complejo educativo y prototipo de los primeros colegios nacionales del país, el San José presenta una estructura edilicia donde se observa la mixtura de estilos neogótico y neoclásico bien definidos, de amplias galerías en su inmenso patio mayor y con sectores bien determinados para la enseñanza de las ciencias y de las artes, para la práctica de deportes y para la prédica de la religión, ejes esenciales en la educación de los jóvenes de aquellos tiempos. No menos llamativa es la torre mirador inaugurada en 1871, ocupada durante la revolución de 1880 por las tropas del Ejército Nacional y utilizada, años después, como lugar de penitencias para los alumnos propensos a la expulsión. Gracias a la brillante idea de dos sacerdotes de la Congregación y a la donación de un telescopio efectuada por el padre de un alumno, en 1914 comenzó a funcionar allí el primer observatorio astronómico de la ciudad. Cincuenta y seis años después, con la muerte del sacerdote encargado de su manejo, la torre se cerró. Recién en 1980, el arduo trabajo de restauración impulsado por alumnos del Colegio hizo posible no sólo la reapertura del Observatorio, sino también el normal dictado de las clases de Astronomía, lo que años posteriores se vio favorecido por la compra de un nuevo telescopio.

Dentro del establecimiento, tres sitios significativos se revelan ante nuestros ojos. Uno de ellos es el Museo de Ciencias Naturales, que guarda colecciones de gran valor seleccionadas por los padres de la Congregación bajo el sabio consejo de destacados naturalistas, como Carlos Burmeister y Carlos Berg. La dedicación abnegada de aquellos sacerdotes por perpetuar el conocimiento en las generaciones venideras se refleja en las vitrinas del museo, que reúnen, prolijamente, desde mariposas, insectos, reptiles y batracios hasta mamíferos de gran porte y, sobre todo, una maravillosa colección de aves, la mayoría de nuestro país. La riqueza de algunas piezas es incalculable si tenemos en cuenta que fueron donadas por uno de sus ex alumnos más célebres, el perito Francisco Pascasio Moreno.

En otro sector del Colegio, la Capilla Gótica, dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, deja boquiabiertos a los visitantes. El retablo de doce metros de altura, en roble americano, tallado integramente en la Argentina por el escultor francés José Peuch y sus ayudantes, es uno de esos tesoros ocultos que los ciudadanos de Buenos Aires no pueden dejar de conocer. La imponencia de las figuras religiosas de madera que sobresalen del altar y las finísimas capillitas de metal dorado que ocultan pequeños relicarios no hacen más que introducirnos en una muda y serena contemplación, que sólo es interrumpida por el subyugador sonido del viejo órgano traído de París en 1902 y restaurado hace dos años.

Siguiendo el itinerario, se llega al majuestuoso Salón de Actos, inaugurado en 1915 con la presencia del entonces intendente de la Ciudad, don Arturo Gramajo, a su vez, padre de uno de los alumnos del Colegio. Con una capacidad para 1.500 personas, este gran espacio dedicado a las artes combina lo mejor de los tres órdenes arquitectónicos clásicos: dórico, jónico y corintio, plasmados respectivamente en la platea, en las galerías y en el cielorraso. Cúpulas y grandes ventanales filtran la luz natural hacia el interior del salón, que exhibe en lo alto un fresco de grandes dimensiones del pintor italiano Octavio Fioravanti. El salón y el escenario son motivo de orgullo para la historia del Colegio, ya que fueron testigos de la introducción de uno de los mayores adelantos de la época: el proyector de cine.

En hora buena, la historia educativa y social del Colegio San José quedó atesorada en este magnífico edificio, en sus libros, en sus objetos, en sus muebles y en el recuerdo de las ilustres personalidades del país que pasaron por sus aulas, como Hipólito Yrigoyen, Ricardo Balbín, Florentino Ameghino, Luis María Drago, Pedro Lagleyse y Félix Luna, entre otros.

Pero como quien despierta bruscamente de un sueño, puertas afuera la realidad sangra por las heridas del legendario establecimiento educativo. La preservación del perímetro original de esta casa de estudios, declarada Monumento Histórico Nacional, hace rato que perdió la batalla contra la mercadería de segunda mano, confirmando así las viejas teorías sobre la eterna lucha entre la educación y la economía.

Solitaria, la estatua del padre Barné, próxima a la entrada principal del Colegio, puja por mostrarse en medio de la mutilación edilicia y de un improvisado campamento de cartoneros. Detenida en el tiempo, la imagen del padre bayonés tomando de la mano a un niño, no es más que la síntesis de un ayer que proyectaba futuro, en medio de un hoy con gran incertidumbre de mañana.

12 de octubre de 2008

La Santa Casa

Edición N° 39


Tarde o temprano, todos aquellos que vivimos en Buenos Aires sentimos la necesidad de hallar un oasis que nos permita buscar, en el silencio, la claridad de nuestros pensamientos. En ocasiones, ese encuentro íntimo y personalísimo resulta difícil de imaginar en esta ciudad donde la rutina agobia sin cesar. Sin embargo, hace más de dos siglos, alguien supo comprender a esas almas ávidas de serenidad y de recogimiento, y dio lugar a una gran obra espiritual que aún perdura.

Su nombre era María Antonia de Paz y Figueroa, una joven santiagueña que dejaría atrás su buena posición económica y su estatus social para seguir los pasos de los Padres Jesuitas y dedicarse plenamente al descubrimiento de Cristo por medio de los Ejercicios Espirituales, iniciados en aquellos tiempos por San Ignacio de Loyola. Estos Ejercicios o Retiros Espirituales consistían en charlas destinadas a la reflexión, a la meditación y al cultivo de los valores cristianos, y se realizaban en lugares cerrados y por varios días.

Con la expulsión de los jesuitas, dispuesta por Carlos III en 1767, María Antonia decide emprender su marcha hacia Buenos Aires para continuar con la obra de estos sacerdotes y fomentar la práctica de los Ejercicios Espirituales en la gente. Descalza, con una cruz de madera entre sus manos y su fe a cuestas, llegó caminando desde su Santiago hasta la Buenos Aires del Virreinato. Según los testimonios de aquella época, ingresó a la ciudad por el actual Pasaje de la Piedad y se refugió en la iglesia del mismo nombre, donde descansan sus restos.

Conocida por sus fieles como Sor María Antonia de San José o Mama Antula, dedicó su vida a la instrucción de indios, pobres y negros; protegió a personas desamparadas; cobijó a pecadores; ayudó a enfermos y a mujeres de la calle, y fue hacedora de “hechos prodigiosos”, por lo cual sus devotos motivaron el inicio del proceso de beatificación en Roma.

En 1795, fundó la Casa de Ejercicios Espirituales, justo en el límite donde al sur de Buenos Aires sólo había nada. Hoy, más de doscientos años después, declarada Patrimonio Histórico Nacional, la Casa ostenta el título de ser el único edificio que conserva su arquitectura original y el más antiguo de la ciudad.

Desde 1996, cada tercer domingo de mes el silencio y la meditación se rinden ante el cuchicheo de los porteños ansiosos de curiosidad: la Santa Casa de Ejercicios Espirituales abre las puertas y muestra con orgullo sus capillas, cinco de sus nueve patios coloniales, tallas y vestimentas de santos -reliquias de los siglos XVII y XVIII-, celdas para meditación, relojes de más de trescientos años en funcionamiento y hasta faroles de la época del virrey Vertiz.

Por sus galerías, la historia dice presente y recuerda no sólo a las personalidades de nuestro país que por allí pasaron, como el General Belgrano, Juan José Castelli, Mariano Moreno o Bartolomé Mitre, sino también episodios románticos, como el de Mariquita Sánchez y su primo Martín Thompson, quien se disfrazaba de vendedor ambulante para entrar a la Casa y encontrarse con ella.

Ubicada en la manzana trazada por las calles Salta, Estados Unidos, Lima e Independencia, la Casa de Ejercicios Espirituales impacta por su escasa altura y su extensión, comparada con los edificios que la circundan; pero más aún por el profundo y gratificador silencio contenido puertas adentro, tan inesperado en una ciudad que, sin piedad, ensordece en cada esquina.

20 de septiembre de 2008

Triste sociedad

Edición N° 38

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Abandonado a su suerte, el edificio de la Societá Unione Operai Italiani sucumbe entre los ensordecedores motores del transporte urbano que circula por la calle Sarmiento. Ni siquiera los minutos de espera obligatorios de un semáforo en rojo o de un previsible embotellamiento vehicular animan a los conductores a aguzar la vista y descubrir su hermosa fachada. Poseídos por el cemento caliente bajo sus pies, los peatones sólo tienen ojos para esquivar las baldosas flojas y algún que otro inoportuno desecho animal. Ignoran que a varios metros de altura, junto a un sinfín de ramilletes y de hojas entrelazadas, una plétora de inocentes querubines y cuatro robustas jóvenes semidesnudas juegan diariamente con el abismo.

La Societá Unione Operai Italiani es una de las cincuenta maravillosas obras que el arquitecto lombardo Virginio Colombo realizó en la ciudad de Buenos Aires en el lapso de veintiún años. A simple vista, descolla la combinación de texturas con la estatuaria y los conjuntos de lazos florales; pero también es notorio el calamitoso estado de las ventanas y persianas, la falta de las puertas originales, la rotura de los vidrios y la suciedad acumulada. El edificio cuenta con un hall principal, habitaciones al frente, aulas y hasta con un amplio salón de actos; pero una tapia y las chapas que sellan la entrada impiden apreciar el interior, aunque un murmullo al pasar avisa sobre la presencia de ocasionales moradores.



Nadie sabe cuál será su destino. Nadie sabe cuánto tiempo más seguirá en pie. Hoy, la única esperanza es despertar una mirada piadosa en esos miles de porteños que ignoran su realidad, para así sobrevivir a esta Buenos Aires demoledora de patrimonios y propensa a mutilar cada vez más su propia identidad.

10 de septiembre de 2008

"Bar Palacio" (Av. Federico Lacroze 3901)

Edición N° 37
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Julio 2007. Como una gran vitrina que contiene otras pequeñas, en pleno barrio de Chacarita el Bar Palacio nos invita a contemplar la vida que quedó atrapada en infinidad de fotos viejas. No se trata de uno de los tantos cafés de la ciudad: aquí funciona el Museo Fotográfico Simik, que alberga más de cuatro mil fotografías y daguerrotipos de los Siglos XIX y XX.

Pronto a disparar su cámara, nos recibe un maniquí. Su raído traje a rayas y el vetusto sombrero de fieltro son testimonio de los cambios climáticos que soporta. Parado en la puerta, parece enfocar a cada una de las personas que se refugia en este túnel del tiempo.

Tampoco son comunes las mesas de madera que piden café: debajo de sus tapas de vidrio, y acariciados por el satín amarillo, nos sorprenden lentes, placas, botellitas para reactivos, estuches y folletos que, desde 1860 a las primeras décadas del siglo pasado, atesoran pedacitos de historia.

Más de setecientas cámaras clásicas y modernas se encuentran expuestas en las vitrinas: máquinas antiguas de madera, con fuelle y objetivo montado en bronce; portátiles, de fotógrafos ambulantes; de estudio, grandes y pesadas; estereoscópicas, para fotos tridimensionales, y hasta máquinas miniaturas, de espionaje.

Los retratos colgados en el cielorraso nos traen a la memoria a nuestros abuelos. En sepia, la familia de inmigrantes que saluda a bordo del barco próximo a zarpar; en blanco y negro, los novios; coloreado en acuarela, el bebé en el almohadón.

De lunes a viernes y al mediodía, la atmósfera bohemia se altera con el bullicio adolescente. Las dos mesas de pool de la parte de atrás son ocupadas por los chicos de la escuela industrial de la otra cuadra. Mochilas y tableros se mezclan con proyectores y aparatos antiguos.

La figura de Hugo se refleja en los espejos de la barra. Hace veinte años que maneja la caja registradora y prepara los pedidos. Ha visto crecer los arbolitos de la vereda y esta colección de maravillas.

De delantal negro y tatuaje en la cintura, Mary repite su ritual con la bandeja. Aprovecha para fumarse un cigarrillo cuando alcanza los cafés a los dos hombres que leen “El Clarín” y discuten de política en una de las mesas de afuera. Apoyada en la ventana, se mira las manos, arquea las cejas, disfruta del sol en la cara. Linda foto.

El trajín de los colectivos contrasta con el orgulloso Ford 29. Estacionado en contramano sobre Fraga antes de llegar a Lacroze, nos hace pensar en el paso del tiempo. Una de las tantas reflexiones de los porteños en los cafés...
Autora: Susana Pettinati

31 de agosto de 2008

¡Ábrete Sésamo!

Edición N° 36

Las palabras mágicas del célebre cuento de Alí Babá, que con sólo pronunciarlas movían la pesada roca que sellaba el escondite del tesoro, no hacen más que confirmar que tras las aberturas se ocultan secretos impensados.

Desde los pueblos de la Antigua Persia hasta las megaciudades actuales, estas aberturas o entradas evolucionaron de acuerdo con las necesidades y con la creatividad del hombre. Algunas dejaron de ser simples muros móviles para convertirse en puertas impenetrables, que excluyen lo ajeno y resguardan celosamente las posesiones e intimidades. Por siglos, evidenciaron el dominio de imperios monumentales y encerraron universos prohibidos, que sólo podían atravesarse con coraje y heroicidad.

Pero las puertas también fueron protagonistas estoicas de episodios históricos de nuestra patria, carceleras de pensamientos revolucionarios y divisorias permanentes de clases sociales. En Buenos Aires, todavía sobreviven varias que embelesan por el derroche de riquezas decorativas de otras épocas, que hechizan por la sobriedad de sus líneas y que sorprenden por su paleta de colores; y hay otras cuyo destino es resistir el daño feroz de la malicia y padecer en silencio el abandono.

Recorriendo la ciudad, descubro que las puertas son más que una gran boca por la cual entrar y salir, mostrarse o desaparecer repentinamente. Husmear a través de una reja o de un postigo, nos adentra a mundos tan extraños como conocidos: de paredes descascaradas, de ladrillos enmohecidos y de verjas oxidadas; de extensos pasillos ajedrezados, de jardines perfumados y de patios de la infancia; de mosaicos impolutos, de escaleras fastuosas y de salones señoriales. De vecindades bulliciosas o de silencios inquietantes, de cóleras caninas o de lamidos húmedos, de conversaciones supérfluas o de discursos prodigiosos, de encuentros íntimos o de incesantes romerías…

Con su pestañeo ininterrumpido, con su abrir y cerrar constante, las puertas transforman la rutina de Buenos Aires y se convierten en miles de ojos que nos revelan lo que cuidadosamente está oculto y reservado.

22 de junio de 2008

Allá por el Centenario...

Edición N° 35

El Centenario de la Revolución de Mayo puso en marcha la acelerada industria de los festejos patrios, que tuvo a la Plaza del Congreso como uno de los escenarios más memorables.

Cuenta la historia, que el origen de esta plaza difiere del de cualquier otra de la ciudad, ya que no nació de un baldío, sino que fue construida especialmente para conmemorar los cien años de la Revolución. A fin de concretar su traza, varias edificaciones debieron ser demolidas, entre ellas el primer molino harinero del país. La parquización recayó en manos del notable paisajista Carlos Thays, quien además de agregar al predio balcones laterales, esculturas y copones de bronce lo embelleció con una variada selección de árboles, de los que se destacan especies autóctonas de la selva chaqueña, como las tipas y los jacarandás. Las viejas postales de la plaza que recuerdan el Centenario muestran a estas especies arbóreas y al histórico gomero ubicado en una de sus esquinas como testigos mudos de los pomposos desfiles militares que marchaban desde la Casa de Gobierno hasta el Congreso, en conmemoración de la gesta cívica. La Avenida de Mayo facilitaba la insuperable perspectiva hacia este magnífico espacio verde que, como telón de fondo, ostentaba el Palacio Legislativo recientemente erigido.

Pero en 1913, el Monumento a los Dos Congresos, esa mole que rinde homenaje a la Asamblea del Año XIII y al Congreso de Tucumán de 1816, transforma la fisonomía de la plaza y se convierte en el emblema que rememora la libertad y la independencia obtenidas por la Nación. En la cúspide de la columna principal, la silueta femenina que representa a la República Argentina se apoya en un arado ―herramienta insignia del trabajo―, mientras agita el laurel de la gloria y aplasta con su pie a la serpiente, símbolo del mal. Más abajo, dos esculturas en bronce engalanan el conjunto artístico de la plaza seca, con referencias a la bandera, al escudo, al himno y a la libertad. Aferrados a las balaustradas de la terraza, cóndores de bronce custodian el predio decorado con ángeles en sus cuatro pilares y con las típicas farolas de fundición. Pocos saben que la fuente de agua más grande de Buenos Aires es la que forma parte de este descomunal monumento. En su primer nivel, una extensa pileta simboliza la confluencia de los ríos Paraná y Uruguay, donde cuatro caballos alados, con sus patas como membranas, escapan del receptáculo, en medio de una lucha desenfrenada con los yacarés. Un pronunciado desnivel, conduce las aguas correntosas de los ríos hasta el gigantesco estanque, que no es más que la representación del Río de la Plata, el más ancho del mundo.

A principios del siglo pasado, estos parques y paseos eran el orgullo de una sociedad que apreciaba el orden y la belleza, y asunto primordial en las decisiones gubernamentales de la época. Próximo a cumplirse el Bicentenario de la Revolución de Mayo, parece que las cosas han cambiado… La Plaza del Congreso ya no luce como hace casi cien años. Sólo basta con recorrer sus siete hectáreas para estrellarse contra una realidad difícil de digerir. Poco queda de las placas de bronce al pie de las esculturas, cuyas curvilíneas formas el rojo sangre de los aerosoles se encargó de manchar. Tras los sucios balcones de piedra y bajo la copa frondosa del gomero histórico, los colchones agujereados, las frazadas rotas y las botellas vacías acunan los sueños etílicos de un grupo de mendigos malolientes. Más allá, cerca de las rejas que prohíben el acceso al monumento ―sometido durante años al vandalismo―, las ráfagas elevan los plásticos volátiles, que terminan ahogados en el inmenso espejo de agua o enganchados en los arbustos, cual flor en primavera. Hoy, sólo el bermellón de los ceibos, el azul violáceo de los jacarandás y el aterrizaje coordinado de una bandada de palomas sobre un campo de maíz improvisado mantienen vivo el espíritu de esta plaza, la misma que alguna vez fue protagonista, como ninguna otra, del apogeo de nuestra Nación.

8 de junio de 2008

"Bocatango" (Brandsen 923)

Edición N° 34




1870. De cara al antiguo puerto de Buenos Aires, la esperanza agita los corazones apátridos. Son los finales del siglo XIX, y los barcos a vapor, atestados de inmigrantes, detienen su lenta marcha en las costas del río de la Plata. La mayoría de los tripulantes son de origen italiano y español, y vienen a “hacerse la América” en una América que promete futuro. Obligados al arraigo, los recién llegados colapsan rápidamente el débil equilibrio urbano y son pieza clave para el constante crecimiento de la población argentina, ahora influida por nuevas costumbres y culturas.

De la inmigración italiana, los genoveses son quienes adoptan a La Boca como su hogar. Este barrio, puramente obrero, ve surgir, a la par de la instalación de astilleros, frigoríficos y talleres metalúrgicos, los primeros “conventillos”, precarias construcciones de madera y chapas de cinc elevadas sobre pilotes de quebracho y pintadas con los sobrantes de las embarcaciones, donde las condiciones de vida son sinónimo de hacinamiento. Por aquel entonces, también se conoce como “conventillo” al inquilinato de cuartos de petit hoteles o de residencias abandonadas por la elite porteña, que, por diversas razones, marchó hacia el norte de la ciudad en busca de mayor estatus. Todas estas vecindades se desarrollan en torno a un patio central, provisto de un único baño, una única cocina y varios piletones a modo de lavaderos. Justamente, estos espacios abiertos son el punto de encuentro de las diferentes nacionalidades, donde el cruce de idiomas y de tradiciones genera situaciones tragicómicas que, luego, servirán de inspiración para el desarrollo de un nuevo género teatral: el sainete, típica pieza popular que refleja los problemas de la clase baja, como la escasez de dinero y la convivencia diaria.

A principios del siglo XX, Buenos Aires comenzó a definir su identidad urbana de la mano de estos grupos multitudinarios de extranjeros. La impronta cultural de los nuevos habitantes quedó marcada a fuego en cada rincón de la ciudad portuaria, a través de su idiosincracia, de las artes, de la arquitectura, del baile y del canto. Y es así como el tango, la canción de Buenos Aires, surge en los prostíbulos de las zonas marginales, donde se asientan las clases más pobres, constituidas por estos inmigrantes y por gente de campo que viene a probar suerte a la gran ciudad. De la primigenia milonga campera cantada por los payadores, salen los primeros acordes de esa nueva música que representa, hasta hoy, el más profundo sentir porteño.

2008. Buenos Aires abre sus puertas ante la llegada de nuevos extranjeros. Pero esta vez no vienen a instalarse en busca de un porvenir, sino a conocer una ciudad que, para muchos, es el recuerdo vivo de sus antepasados.

En la calle Brandsen al 900, barrio de La Boca, la melancolía de la música nacida en los prostíbulos porteños ―otrora asilos sentimentales para inmigrantes nostálgicos― se funde con los colores estridentes de las chapas de los conventillos y dan origen al complejo Bocatango, un arco iris musical ubicado a pocas cuadras del Riachuelo. Bocatango, es el sainete y el dos por cuatro, el inmigrante y el compadrito. Este complejo temático turístico, en el que el azul y el amarillo son predominantes gracias a la proximidad de la Bombonera, se asienta sobre los 2.200 m2 de terreno de lo que fuera una antigua aceitera, cerrada durante diez años. El reciclado de la fábrica posibilitó activar un espacio para la recreación de la vida en los típicos conventillos y otro para mantener a flor de piel el espíritu del tango. También se instalaron un restaurante de estilo campestre, donde se puede degustar la tradicional cocina argentina, y un paseo de compras repleto de los más variados souvenirs.

Bien vale decir que quien ingresa en Bocatango se siente, por un día, inmigrante hasta la médula. La estación “La Boca” del ferrocarril, con la añeja zorra aferrada a los rieles, da la bienvenida a esta miniciudad ribereña, de calles empedradas y aluminios chillones, de guirnaldas de luces de colores y de prendas íntimas oreadas al sol. A simple vista, y con la cancha xeneize como fondo escenográfico, asoman los nuevos conventillos, que son una réplica de los originales, una copia exacta de los que supieron habitar familias numerosas, muchachas empleadas como servidumbre, “nenes de mamá”, cantantes, músicos, guapos y hasta borrachos. Sorprende la verosimilitud lograda en el interior de cada cuarto con la decoración característica de las humildes habitaciones de aquellos años. Las infaltables fotografías familiares en tono sepia o en blanco y negro; los armarios espejados, de patas finas, repletos de trajes a rayas y vestidos almidonados; las viejas valijas de cuero; la plancha a carbón; la máquina de coser Singer; la vitrola brillante y hasta la jaula del loro indican que el tiempo se encaprichó en no mover ni una hoja del calendario.

El patio, como entonces, sigue siendo el epicentro del encuentro social, el lugar para el diálogo y la pelea. Por las noches, Bocatango presenta a treinta actores que se encargan de darle vida a este pedazo de la Buenos Aires antigua, emulando a los personajes del barrio y relatando las pequeñas historias cotidianas que angustiaban o alegraban a la clase baja. En el Patio del Riachuelo, pasado y presente se funden gracias a la comicidad de los artistas que interactúan con los visitantes, mientras suena, llorón, un bandoneón. Es que, junto al conventillo, el complejo invita a conocer su exclusivísimo salón de tango, más conocido como “Café de los Vitraux”, cuya imagen remonta a la de los clásicos cabarets de la belle époque. En este lujoso espacio destinado a rendir culto a la música ciudadana, la ambientación es exquisita: apenas se ingresa, bajo el reflejo multicolor de un precioso vitraux, la barra de mármol veteado tienta al visitante a degustar alguna de las bebidas alcohólicas guardadas en las botellas adosadas al espejo de la boisserie. Para los nostálgicos, no falta la artística botella de vidrio de Anís "Don Paco” ni los finos y olorosos jereces Pera-Grau y Quina Ruiz, todas reliquias. Sin embargo, la estrella de la barra es una antigua cafetera de bronce, que brilla tanto que mejor ni rozarla para que no se marque. Más allá, los inmensos y confortables sillones de paño rojo, las lámparas colgantes de cristal, los espejos ondulados, los lustrosos pisos de madera y las hileras de mesas de café ubicadas frente al escenario y la orquesta crean una atmósfera de ensoñación. Desde los palcos, la panorámica es excelente y permite apreciar a los músicos, a los cantantes y a los bailarines en vivo en todo su esplendor.

Pertrechados con sus cámaras fotográficas y folletos en mano, los turistas se maravillan a cada paso. Como ningún otro sitio de Buenos Aires, Bocatango ha logrado mantener viva la memoria de aquellos que ya no están, de aquellos que, con esfuerzo y tesón, y alejados definitivamente de sus patrias, forjaron una auténtica identidad rioplantense. Bocatango no es la añoranza de esa tierra lejana, sino la unión de almas errantes combinadas con la mística de un barrio que se ideó a sí mismo. Es la ilusión de sentirse, por un día, más porteños que nunca. Es “un arrabal con casas que reflejan su dolor de lata... Un arrabal humano con leyendas que se cantan como tangos...”.

27 de abril de 2008

Cementerio de la Recoleta

Edición N° 33


"Una imagen vale más que mil palabras", dice el refrán, y su repetición se vuelve eco en las calles internas del Cementerio de la Recoleta.

Detrás del pórtico blanco, la otra cara de la vida parece, a simple vista, distinguida y refinada. Pero la belleza y la magnificencia de las bóvedas y la infinidad de esculturas que rinden honor a las vidas extintas ocultan, con sutileza, el destino final que todo mortal tendrá sin distinción de casta ni credo.

Hace tiempo que en este predio gélido se consumieron las carnes que cubrieron a los hombres ilustres y heroicos, y a las mujeres de alcurnia y llenas de juventud. Sólo quedan sus almas, vagando por los pasadizos lúgubres, en compañía de hermosos cuerpos de mármol. Aquí, la mirada serena de los búhos anuncian la partida definitiva, mientras el desconsuelo y el dolor son unas manos frías que asoman tímidamente tras los mantos grisáceos de las lloronas inmóviles.

La muerte, como es sabido, no se deja vencer por los ruegos ni la piedad. Las horas de la existencia sólo permanecerán clavadas en los relojes de arena esculpidos en los artísticos sepulcros, y la ansiada eternidad vendrá cortejada por un ejército de ángeles que elevarán, una vez más, sus alas al Cielo.

26 de abril de 2008

"La Catedral"

Edición N° 32


Cuentan algunos, que hay quienes se persignan al pasar por la calle Las Heras al 2200… y no es para menos: el edificio más llamativo de la cuadra, de inconfundible estilo neogótico y semejante a las antiguas catedrales europeas, jamás haría sospechar que tras sus muros envejecidos, bañados por el smog de la ciudad, no hay un altar ni un crucifijo, sino una gran cantidad de engranajes, de represas en pequeña escala, una réplica de la famosa lámpara creada por Thomas Edison y hasta una bobina que genera descargas eléctricas de casi medio millón de voltios. La catedral que todos creen reconocer con un simple vistazo es, desde 1950, sede de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires; histórica casa de altos estudios erigida primeramente para albergar la Facultad de Derecho.


Puertas adentro, el gran hall y la escalera de honor dan cuenta del volumen de la obra, donde se destacan las añosas aberturas de madera, los altísimos ventanales decorados y las escaleras anchas que llevan a los pisos superiores, donde una serie de corredores permiten el acceso a las aulas más recónditas. La luminosidad es un sello distintivo de la Facultad: los pasillos, los anfiteatros y los salones captan la luz natural casi todo el día, gracias a la infinidad de ventanas ojivales que revisten las cuatro caras de esta construcción.

Si bien el edificio se inauguró en 1938, todavía no pudo despojarse de las leyendas que nacieron en torno a su aspecto inconcluso y hasta tenebroso. El mito más conocido es el del suicidio del arquitecto uruguayo Arturo Prins, creador del proyecto, quien habría tomado tan drástica decisión al comprobar la existencia de errores de cálculo en la estructura, lo que haría imposible su finalización. En realidad, sus colegas contemporáneos no comparten esa teoría y, además de aclarar que la obra no se finalizó por problemas económicos vinculados con la crisis mundial del 30, sostienen que no correría ningún peligro de desmoronamiento si se finalizara, ya que es notable la solidez de la construcción.

De más está decir que el revoque exterior hubiera emprolijado y refrescado la actual fachada, apenas rojiza y muy erosionada. Pero, indudablemente, las tres torres –jamás alzadas- con sus rosetones, pináculos y agujas, así como los jardines proyectados hasta la actual Avenida del Libertador, hubiesen diagramado una perfecta apariencia para que este increíble edificio se convirtiera, quizá, en una de las más importantes catedrales de Buenos Aires, lo que habría cambiado por completo su destino.

17 de marzo de 2008

Almacén y Restaurante "Suipacha" (Suipacha 425)

Edición N° 31


A escasos metros del emblemático Obelisco de Buenos Aires, la nostalgia porteña renace entre las paredes de la antigua "Confitería Suipacha". Este viejo refugio de tangueros, vedettes e intelectuales, ahora reabrió sus puertas como almacén y restaurante.

En su interior, reinan el buen gusto y la creatividad en la decoración así como la calidez en la atención. Pero si nos dejamos llevar por los ojos, inmediatamente tendremos la sensación de entrar en una gran fábrica de recuerdos. Allí, los artefactos y objetos en desuso —del "tiempo de ñaupa"— transforman cada rincón del restaurante en un retorno al pasado. No falta nada: las viejas botellas de vidrio para la leche, la balanza, la estufa a kerosene, la cortadora de fiambre, las inconfundibles latas de Maizena, Quacker y Royal y otras tantas reliquias se mezclan con el rostro del Che y con la guapeza y la eterna sonrisa de Carlos Gardel.

Para los amantes de las degustaciones, el bar de vinos invita a saborear la gran variedad de bebidas exhibidas entre chapas de patentes de automóviles y fotografías de otras épocas. Rodeado de antiguas publicidades colgadas de las paredes —que, seguramente, a más de un memorioso le harán "piantar un lagrimón"—, el salón comedor, en desnivel, sobriamente decorado e iluminado en forma natural, invita a probar las exquisiteces culinarias, siempre con la compañía de dos inmóviles tangueros que simulan dedicarnos los compases de sus bandoneones. Por las noches, todo cambia: músicos y bailarines de carne y hueso son quienes se encargan de maravillarnos al ritmo del 2 x 4.

Como despedida, bien vale la pena echar un vistazo al almacén que funciona sobre nuestras cabezas. ¡Sí! Allá arriba, donde las paredes encuentran su fin, una exacta representación de los "almacenes de antes" nos transporta a la niñez: bolsas de harina, jamones, yerba, cajones con bebidas, salames, ajos y una gran variedad de productos comparten un mínimo espacio con dos almaceneros que, evidentemente, no sufren del mal de altura, al igual que su gato bicolor, siempre a punto de caer...

24 de febrero de 2008

Palacio Paz (Av. Santa Fe 750)

Edición N° 30


Basta con mirar el portal de entrada para maravillarse: un espectacular e inmenso mural de hierro y bronce desborda su superficie con un infinito entrelazo de ramas y hojas brillantes, culminando en la base con cuatro rosetones dorados, cual mandalas, de estilo versallesco. La gran altura y anchura remontan, inevitablemente, a las imágenes de archivo de la Buenos Aires de principios del siglo XX, cuando los elegantes carruajes ingresaban, con aires aristocráticos, a las magníficas residencias porteñas.


A falta de tan refinado medio de transporte, bien vale la pena atravesar a pie el enorme portal para descubrir qué esconden los doce mil metros cuadrados de estilo francés que conforman el Palacio Paz (hoy Círculo Militar) y que lo convierten en la más imponente residencia urbana construida en la ciudad durante el siglo pasado.

Su dueño original fue José Camilo Paz, fundador del diario "La Prensa" y embajador argentino en París desde 1885 hasta 1893, año en que regresa a la Argentina. En 1900, decide partir nuevamente hacia Europa y encarga al prestigioso arquitecto francés Louis-Marie Henri Sortais el diseño de una mansión de dimensiones inusitadas para la geografía porteña. Según historiadores de la época, la admiración de Paz por la arquitectura y la cultura francesas lo llevaron a convertir a este magnífico edificio en el ámbito ideal para albergar su anhelado sueño: ser presidente de la Argentina.

Para dar una idea de la grandiosidad del lugar, sólo basta decir que el Palacio Paz, con sus treinta y cinco dormitorios y dieciocho baños, fue el hogar de nueve personas y el más opulento espacio laboral para sesenta sirvientes.

Calificado como monumento señorial e incomparable de la ciudad de Buenos Aires, la residencia emana majestuosidad ni bien se accede al Gran Hall de Entrada: una extraordinaria estatua de mármol de Carrara, apoyada sobre una base giratoria y cortejada por bellos vitraux, permitía a la familia observarla durante el día en diferentes posiciones. Más adelante, una serie de fantásticos salones se conectan sucesivamente y deslumbran por los materiales con los que fueron adornados: mármoles procedentes de Europa, pisos de roble de Eslavonia, enormes zócalos de madera de nogal, paredes tapizadas en damasco de seda o recubiertas con dorado a la hoja y herrajes realizados por la Casa Bricard de París son algunos de los finísimos detalles de decoración. ¡Ni qué hablar de las arañas de los salones! De bronce y de cristal, todas diferentes, traídas de la Casa Keller, también de París. Entre los vitraux que abundan en la mansión, se destaca una pieza de valor inigualable en el salón comedor: la puerta colgante y corrediza de dos hojas con vitrales diseñados por la Casa Jansen de París y realizados por Laumonnerie.

Como broche de oro, se ingresa al Gran Hall de Honor, la joya arquitectónica por excelencia del Palacio y que, por su aspecto institucional, sintetiza las aspiraciones presidenciales de Paz. De estilo Luis XIV y decorado con diferentes mármoles, el colosal recinto exhibe una increíble cúpula en vitral, a modo de corona, con la imagen del Rey Sol; bajorrelieves con alegorías a trofeos de guerra; falsas puertas; mármoles simulando cortinados e infinidad de ornamentos en sus paredes circulares. Como despedida, hacia el final del salón, una pesada puerta de hierro, escoltada por dos esculturas de mármol blanco, invita a recorrer los jardines de la mansión.

La construcción de la residencia familiar demandó doce años: comenzó en 1902 y finalizó en 1914. Paradójicamente, José C. Paz se instaló en Europa en 1900, donde falleció en 1912. Nunca pudo conocer su palacio.

12 de enero de 2008

"El Padre de los Parques"

Edición N° 29


Hay agradecimientos que deberían ser eternos y, aun así, resultarían escasos. Cumpliendo con esa regla, Buenos Aires reconoce a aquellos ciudadanos ilustres que supieron hacerla famosa más allá de su territorio, ya sea al ritmo de la música arrabalera o proclamando su espíritu de capital bohemia y pluricultural.
Pero hay un personaje al que, indudablemente, le cabe la mayor de las gratitudes que puede ofrecer esta ciudad: don Carlos Thays. Sin embargo, resulta triste la notoria indiferencia de muchos porteños frente a la gran tarea realizada por este célebre paisajista francés, aunque ello no les impida disfrutar todos los días de "sus" parques, de caminar por "sus" sendas o de descansar bajo la sombra de "sus" frondosos árboles.

Es que los extraordinarios proyectos concretados por Thays son los que hoy nos permiten mostrar a Buenos Aires como una de las ciudades más bellas del mundo, donde el verde invade sus calles y la magnificencia de sus parques realzan la perfección trazada en todos sus recorridos, la variada forestación y la exquisitez en su decoración. Por eso, en homenaje a tanto esfuerzo y como muestra de admiración, bien vale esta breve pero, a la vez, copiosa biografía:


"Carlos Thays nació el 20 de agosto de 1849 en París, fue discípulo del afamado paisajista Edouard André, en cuyo estudio trabajó durante años y bajo cuyas directivas atendió obras para diversos países europeos. En 1888 fue recomendado por Jean Alphand al pionero argentino Miguel Crisol, con quien firmó contrato para proyectar y dirigir durante un año el parque aún existente y denominado hoy ‘Sarmiento’ en la ciudad de Córdoba. En junio de 1889 llegó Thays a la Argentina, donde finalmente se radicó junto a su familia.

En 1891 fue designado por concurso Director de Parques y Paseos de la Ciudad de Bs. As. Forestó calles, amplió y remodeló el Parque ‘Tres de Febrero’ (1892 - 1913) que alcanzó una extensión de 565 hectáreas, contra menos de la tercera parte al comienzo de su gestión. Proyectó, remodeló y diseñó diversos paseos, entre los que podemos mencionar el Parque Patricios, Parque Centenario, Barrancas de Belgrano, Parque Colón, Parque Pereyra, Parque Avellaneda, Parque Lezama y plazas como Constitución, Congreso y Mayo. Al concluir Thays en el ejercicio de su cargo, contaba con un elevado índice de espacios verdes en relación con la población de esa época, con una forestación bien seleccionada y delineaciones de notable belleza.

En el Jardín Botánico (1892 - 1914), que formó y donde se domiciliaba con su familia, ha dejado reunida la flora de provincias argentinas y de otras regiones del mundo. En él ha ejemplificado los tres tipos de diseño paisajístico: simétrico, mixto y pintoresco. El Jardín Botánico de Buenos Aires fue el resultado de las investigaciones desarrolladas por Thays acerca de las características forestales de nuestro país, y como corolario de las cuales formuló propuestas para la formación de parques nacionales, con el objeto de preservar ``in situ'' los conjuntos florísticos más valiosos de nuestro patrimonio natural.

En oportunidad de celebrarse en París, en 1913, el Congreso Forestal Internacional, concurrió Thays con un trabajo titulado ‘Les Forets Naturelles de la Republique Argentine, projects de Parcs Nationaux’, en el cual describe las características forestales del Noroeste Argentino. Thays desarrolló una cuantiosa y diversa acción profesional. Para comitentes particulares proyectó y formó parques, jardines, invernaderos y ornatos en más de cuarenta establecimientos rurales, especialmente estancias de la provincia de Buenos Aires y también en los primeros grandes establecimientos campestres de recreación turística. Fue autor de parques y paseos públicos en Buenos Aires; Córdoba; Paraná; Mendoza; Salta; Rosario, Santa Fe y Sao Luis do Moranhao, en Brasil. También fue el responsable de toda la urbanización balnearia en Mar del Plata, entre 1903 y 1909.

Su proyecto de mayor magnitud es el Parque Nacional de Iguazú (1911) con selvas vírgenes, cataratas, paisajes naturales y el centro urbano con diseño radial. Sus trazados para el residencial barrio porteño de Palermo Chico y la población balnearia de Carrasco, en Montevideo -ambos en 1912- se caracterizan por su diseño pintoresco que, tanto en la arquitectura como en el urbanismo, se asociaba a una cierta informalidad en el modo de vida, pero si bien el pintoresquismo arquitectónico era aplicado en nuestro medio desde tiempo antes, el urbanístico fue introducido por Thays.

Carlos Thays falleció en Buenos Aires el 31 de enero de 1934".
Fuente: buenos aires.gov.ar

11 de enero de 2008

Caleidoscopios

Edición N° 28


La Francia del siglo XIII llevó a los vitrales a su máxima expresión y por el lugar destacado que adquirieron dentro de las iglesias y catedrales fueron considerados "la pintura gótica" de la época. Los rosetones y ventanales, saturados por la multiplicidad del color y sometidos violentamente a la luz solar, generaron un submundo irreal, una atmósfera de ensoñación dentro de las altísimas construcciones. Fue así que los cristales de colores, entrelazados por delgadas líneas de plomo, comenzaron a suplantar a los murales pintados que plasmaban las escenas religiosas y cotidianas.

La técnica se expandió por todo el mundo y en Buenos Aires hasta se la puede encontrar aplicada a la decoración de algunos mausoleos del famoso cementerio de Recoleta. Pero no es necesario entregarse al llamado gélido de la muerte para estar cerca de esos caleidoscopios gigantes: alcanza con atravesar el atrio de cualquiera de las numerosas iglesias y capillas que hay en la ciudad para dejarse abrazar por la calidez que inunda sus interiores, mientras los rayos luminosos perforan con fuerza los inmensos mosaicos multicolor. Parados frente a ellos no cabe otra posibilidad que sucumbir, maravillados, al poderoso juego de la contemplación.

10 de enero de 2008

Tanta belleza...

Edición N° 27


Que las esculturas merecen un capítulo aparte dentro de la historia de esta gran urbe porteña, no es ninguna novedad. Basta con agudizar la vista y recorrer su geografía para encontrarlas, esparcidas en los grandes parques, entre los jacarandás y las glorietas en flor; adosadas a paredes, puertas y ventanas o sobre los fríos sepulcros, como custodia eterna de quienes ya no están.

Nunca me canso de verlas... Los detalles asoman como pequeños descubrimientos diarios y la admiración se vuelve infinita hacia los artistas que, en tiempos remotos, supieron combinar a la perfección los trazos dibujados en su mente con el movimiento firme del cincel sobre el bloque o con el vertido del bronce.

Preciosas mujeres de cabellos rizados, de rostros felices o acongojados; hombres ilustres y desconocidos, llenos de gloria o derrotados; célebres personajes y seres mitológicos, atormentados o sosegados; animales fetiches y de los mundanos... Todos salpican de mármol y bronce cada espacio de la ciudad, transformándola en un lujoso museo de cara al cielo.

¿Con qué propósito las hicieron? ¿Qué imaginación desbordada consiguió modelar semejantes dimensiones en la piedra helada o con el fluido ardiente? ¿Qué sentimientos inundaron la mente y el alma de quienes las idearon? ¿Habrá alguien capaz de imitar hoy la habilidad y la creatividad fantásticas de aquellos geniales artesanos? ¿Qué sentirían sus creadores si hoy las vieran destruidas y echadas al abandono, por culpa de la ignorancia y la desidia ajenas? ¡Daría lo que fuera por hallar todas las respuestas! Y mientras las busco, pienso y me lamento: ¿por qué ese esmerado empeño en descuidar tanta belleza?

15 de diciembre de 2007

"Perros del Señor"

Edición N° 26

Desde La Creación, el vínculo entre los animales y el Hombre se eternizó tanto en la vida terrenal como espiritual. La simbología animal siempre guardó estrecha vinculación con lo místico, lo que tornó variada su interpretación: mientras algunas civilizaciones antiguas adoraron a los animales y los elevaron a la categoría de divinidades, de símbolos de belleza, de pureza, de buen augurio, de fidelidad, de protección y de eternidad, para otras eran la representación de lo negativo, de la traición, del pecado, del peligro y de mal presagio. Así, la serpiente y el cordero colmaron de enseñanzas los Libros de las Sagradas Escrituras; el toro, el gato y los escarabajos acompañaron a los faraones en su viaje a la inmortalidad; y la vaca y el caballo fueron —y aún lo son— sagrados y venerados en la religión hindú.

Las siluetas animales acapararon la atención en los diversos pasajes de la historia espiritual de la Humanidad e imprimieron su importancia en los frisos, muros, techos y cúpulas de los santuarios y templos y hasta fueron talladas en las grandes salas, columnas, obeliscos y tumbas erigidos por pueblos de Oriente Medio y de Asia.

En las antípodas, Buenos Aires propició el asentamiento de infinidad de colectividades y de cultos en su territorio, dando así origen a la instauración de los primeros templos, que comenzaron a asomar en el horizonte de la nueva ciudad con sus características arquitectónicas distintivas y donde la presencia de animales no pasó desapercibida. Quizá, la silueta recortada en chapa, que gira alocadamente sobre la torre derecha de la Basílica Nuestra Señora del Rosario y Convento de Santo Domingo, sea el más claro ejemplo de esa alianza entre animales y credos.

Cuenta la historia que Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los Dominicos, tenía marcado su destino antes de nacer, el cual le fue revelado a su madre durante un extraño sueño: daría a luz a un perro que recorrería todo el mundo con una antorcha en la boca. Temerosa, se dirigió a un monasterio para consultar a un monje, quien le dijo: "No temáis, mujer. La antorcha encendida es la palabra de Dios. Como el perro, tu hijo va a ir por todo el mundo anunciándola." Desde entonces, la figura de un perro representa a esta orden religiosa y a los frailes dominicanos se los conoce como "los perros del Señor".

4 de diciembre de 2007

Puente Alsina

Edición N° 25


El Puente Alsina fue parte de mi vida... Soy orillera, como se diría en lunfardo. Para mi nacimiento, como todo se hacía cruzando el río o el puente, mi mamá cruzó al otro lado para tenerme en el hospital Penna, el más cercano. Mi calle era la cortada Membrillar, que después le cambiaron el nombre por Carabobo. Sólo eran dos cuadras... en una punta estaba la rotonda donde terminaba el puente, y en la otra, la Estación Puente Alsina, terminal del ferrocarril de trocha angosta Midland para el cual el puente extendía un túnel para que el tren uniera los pueblos de Diamante, Caraza, Fiorito, Budge, La Salada, Casanova... y así hasta Libertad; todos pueblos donde el tren era la única vía de acceso hasta la llegada del asfalto y del colectivo.

El puente sobre el Riachuelo nos separaba de la Capital: de aquel lado estaba Pompeya, Capital Federal; del otro, Puente Alsina, provincia de Buenos Aires. No sé por qué el puente llevó el nombre de Valentin Alsina, podría haberse llamado Nueva Pompeya o Sáenz (nombre de la avenida principal del lado de la Capital). Pero se llamó Puente Alsina, que reemplazó al viejo puente del que hace mención el tango.

Su estructura es un enjambre de hierros, remachados en perfecta simetría, de color gris, haciendo juego con el ocre del edificio de estilo colonial. Sus escaleras de piedra, bordeadas de canteros y macetones con plantas, nos llevaban hasta arriba y en la entrada encontrábamos un banco largo a la sombra, cubierto de mayólicas. Tenía acceso peatonal del lado derecho y también del izquierdo, ¡si habré gastado zapatos cruzando el puente! A los seis años teníamos clases hasta los sábados. Entonces, subíamos contando los escalones del puente y los tablones sobre el Riachuelo, de la parte levadiza, y cada tanto veíamos alguna regata o lanchón surcando sus aguas. Recuerdo la ornamentación de banderas rectangulares y largas que colgaban de los altísimos postes de luz y grandes escarapelas a los costados del puente con los colores de la bandera. Eso nos anunciaba que se aproximaba una celebración patria. Entonces, el puente era iluminado a pleno, ¡qué hermoso se veía cuando lo vestían de fiesta!

Del lado de la provincia, en la rotonda final del recorrido, los tranvías 8, 9 y 55 daban la vuelta, haciendo rechinar sus ruedas para volver a salir. Ellos nos conectaban con el resto de la Capital: el 9 nos llevaba hasta Constitución y el centro, el 8 hasta Plaza Once y el aristocrático Barrio Norte y el 55 hasta La Paternal. Casi siempre, al final del recorrido, llegaban vacíos. Eran muy pocos los de Puente Alsina que usaban ese servicio; por lo general, se usaban para ir más cerca. La rotonda trajo nuevos negocios que se abrieron a su alrededor: una pizzería, una mueblería, una farmacia, un kiosco-bar y una zapatería.

Hoy, después de 49 años, volví al lugar... no pude estar mucho tiempo, mis ojos iban recorriendo cada rincón, tratando de visualizar lo que habían sido. Pero era más fuerte la visión de los negocios cerrados, la ausencia de vida, el abandono, y ni qué hablar del puente... parece un guerrero batallando solo contra el enemigo desvastador del tiempo, el mal uso y la ausencia de mantenimiento. Pero ahí está, de pie, esperando que le devuelvan la fachada que le dieron cuando fue diseñado y terminado para que vuelva a ser "mi Puente Alsina", el que nos tendía su engalanado brazo para pasar a la Capital.

Autora: Juana Guarrera

(Agradezco a Juana por compartir, con ojos de niña,

su recuerdo de Buenos Aires)

23 de noviembre de 2007

A vista de pájaro

Edición N° 24


El cuello se estira a más no poder y los ojos tratan de encontrar el faro ubicado en el ápice de la gran torta de hormigón armado color rosa. Es tan alto el Palacio Barolo, que escalarlo con la mirada desde la vereda de enfrente dejará, seguramente, a más de un cuerpo contracturado. Ni qué decir cuando la vista se clava allá arriba, en la increíble cúpula inspirada en el templo Rajarani, de Bhubaneshvar, en la India: tanta belleza bien vale el esfuerzo.

Y si tan glamoroso parece el Barolo por fuera, por dentro es un canto a la excelencia. Inspirado en la Divina Comedia de Dante Alighieri, el edificio se fragmenta en tres partes: el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Sus 100 metros de altura desbordan de alegorías a la obra literaria del brillante florentino; y la métrica de sus versos, trasladada al cemento con una precisión matemática admirable, adquiere una dimensión pasmosa en el interior del palacio. Vitraux, lámparas y molduras cargadas de simbolismos acompañan el trayecto trazado por los 1.410 peldaños de mármol de Carrara que conforman la espectacular escalera que parece tener fin en el Cielo.

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Ya en los últimos pisos se intuye el abismo: pequeñas y angostas escaleras se abren paso entre las paredes frías, de escasa altura, y dan forma al túnel que culmina en el faro constituido por 300.000 bujías. Esos mismos ojos, que desde la vereda trataban de vislumbrarlo, ahora comparten el espacio vidriado que lo cobija y no pueden evitar la tentación de perderse en el horizonte de una ciudad que, desde allí, luce como de juguete. Buenos Aires, a vista de pájaro, amplifica su hermosura y emociona y cautiva desde la cumbre del extraordinario Palacio Barolo.

18 de noviembre de 2007

Reflejos del ayer

Edición N° 23

Recorriendo la ciudad, uno no puede dejar de pensar en lo gloriosa que debe haber sido su estampa en los años de su apogeo. Hacia el 1900, la arquitectura de la ciudad de Buenos Aires gozaba de tanto prestigio que la ubicaba entre las doce mejores capitales del mundo. Curiosamente, los arquitectos que idearon esos imponentes edificios asentados sobre el suelo porteño, en su mayoría, no conocieron la ciudad: desde Europa enviaban los planos de las obras solicitadas por sus clientes y su posterior ejecución quedaba en manos de otros colegas, muchos de ellos italianos, españoles y también argentinos. Realmente, resulta imposible no imaginar a la ciudad de aquellos tiempos como un gran atelier a cielo abierto, plagada de arquitectos, de escultores, de pintores, de herreros, de carpinteros y de barcos anclados en el Río de la Plata, repletos de mármoles, de mosaicos, de fino herraje, de exquisitas maderas...

Los archivos fotográficos de entonces no dejan dudas sobre tanto esplendor: majestuosos palacios, residencias y edificios públicos, embellecidos con preciosos ornamentos cuidadosamente elaborados; mármoles de Carrara transformados en infinitas escalinatas, en columnas jónicas, dóricas y romanas y en monumentos escultóricos de un realismo impensado; fastuosos relojes, con maquinarias diseñadas exclusivamente en el Viejo Continente; farolas, campanas, portones, puertas, lámparas y vitraux de dimensiones colosales que arribaron, principalmente, de Francia... Todo, todo con el fin de dar a luz a esta ciudad que buscaba ser una réplica de las más bellas de Europa.

Hoy, Buenos Aires todavía exhibe en sus calles ese patrimonio, símbolo de prestigio y de poder. Pero otras corrientes arquitectónicas, con aires modernos y con poco interés en preservar y en respetar el incalculable valor histórico de aquellas viejas construcciones, se han abierto camino en medio del brillo y de la grandeza del pasado. Estructuras gigantes de hormigón y de esqueletos metálicos se elevan junto a las antiguas reliquias de granito y mármol, como queriendo adueñarse de las miradas porteñas. Sin embargo, los amplios ventanales espejados que revisten a los jóvenes edificios parecen rendirse, enamorados, ante la belleza descomunal de la vejez.

4 de noviembre de 2007

Bodegón "Bellagamba" (Av. Rivadavia 2138)

Edición N° 22

"Este es un lugar con historia", advierte el cartelito cerca de la entrada.

Nació como rotisería en medio de un conventillo de la zona de Congreso, allá en el 1900, y hoy es el bodegón más conocido del barrio de Balvanera. Fue el sueño, hecho realidad, de uno de los tantos inmigrantes italianos que llegaron a nuestro país envueltos en deseos de prosperidad. Grandes personalidades de nuestra historia pasaron por allí: Tita Merello y Alicia Moreau de Justo eran habitué del lugar y Lisandro de la Torre y Alfredo Palacios lo visitaban al salir del Parlamento.

Hoy, Bellagamba es más que un bodegón donde conseguir comidas baratas: es un rincón de Buenos Aires colmado de viejas fotografías, prolijamente enmarcadas; de publicidades estampadas en chapas; de tulipas, de botellas y botellones colgados del techo, convertidos en insólitas lámparas; de pisos en desnivel; de antiguos asientos fileteados; de luces rojas que simulan un cabaret y de murmullos que se mezclan con los más variados géneros musicales. Por si eso fuera poco, un antiguo piano pintado de negro y una red de lucecitas navideñas colgadas del ventanal —encendidas durante todo el año—, ponen el broche de oro a tanto adorno visual.

El autoservicio es el pilar para su funcionamiento. Habrá que conseguir una de las tantas bandejas de madera que ofrece el lugar, retirar el cuchillo y el tenedor de dos pequeños toneles, asegurarse un vaso de vidrio y una bebida y dirigirse al final del local donde las más variadas preparaciones, todas caseras y frescas, esperan por sus comensales. Bandejitas plásticas o de cartón cargan el manjar y van directo a cualquiera de los microondas ubicados en la pared. Si el menú no lo requiere, bastará con servirlo en un plato de vidrio marrón. Sólo restará pasar por caja y elegir una mesa. Y en Bellagamba hay varios modelos para escoger: para aquellos que gustan de la comodidad, nada mejor que desparramarse en los enormes bancos negros de madera, con hojas verdes y flores rosas fileteadas en su cara lateral. También, se pueden elegir las mesas negras, de patas torneadas y las sillas pasadas de moda o los antiguos esqueletos de máquinas de coser convertidos en mesas, con las banquetas ubicadas junto a la ventana principal del salón.

Morada de bohemios y de nostálgicos, parada obligada de jóvenes noctámbulos, comedor de gente humilde y de señores bien trajeados, punto de reunión de amigos y de encuentro de estudiantes, este antiquísimo bodegón —que nunca cierra— resiste el paso del siglo sobre la remodelada Avenida Rivadavia, pero con el orgullo de exhibir su propio pasado.

3 de noviembre de 2007

La Milagrosa

Edición N° 21


Esbelta y gris, la Virgen, de casi cinco metros y medio de altura y setenta años de antigüedad, adopta la apariencia plomiza de las nubes que oscurecen la tarde del barrio. Cada 27 de mes, la calidez de su imagen, con los brazos extendidos y el rostro plácido, parece cobrar vida a la par de las oraciones que miles de creyentes le susurran puertas adentro del templo. Si la historia no hubiera modificado su destino, la bella estatua hubiese sido la corona perfecta del mayor proyecto eclesiástico de la década del 30.

De estilo neorrománico, e inspirada en la original de París, la parroquia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, ubicada en el barrio de Parque Chacabuco, fue ideada, en sus comienzos, para ser la iglesia más grande de Buenos Aires. Sin embargo, fueron los propios representantes eclesiásticos quienes truncaron esa posibilidad: ningún templo podía superar a la Catedral Metropolitana, por lo cual su tamaño debió limitarse. No obstante, presenta en su construcción una característica única y hasta podría decirse que con ella reafirma la majestuosidad que acompañó a su creación: ciento diez vitrales la convierten en la iglesia de Buenos Aires que reúne la mayor cantidad de estos elementos decorativos. Vestigios, quizá, de un ayer que no pudo ser...

7 de octubre de 2007

Maquillaje moderno

Edición N° 20


Desde su nacimiento, la ciudad de Buenos Aires demostró una gran apertura hacia las diferentes manifestaciones de la cultura: música, literatura, pintura, escultura, entre otras; y grandes teatros, centros culturales y espacios de arte se crearon para que sus máximos referentes dieran a conocer sus obras. No obstante, la calle suele ser el ámbito propicio para exhibir las dotes artísticas de quienes sueñan con cierta fama: es el escenario más accesible para aquellos que, anónimamente, llevan un artista dentro. Así es que encontramos, por doquier, malabaristas que, con sus clavas, se convierten en cada esquina en dueños del circo, ofreciendo funciones continuadas, de escasos minutos, para un público que rota a la velocidad del tricolor de los semáforos y que fija su mirada hacia el horizonte apenas requieren una colaboración simbólica a cambio del espectáculo; mimos, que, con sus caras pálidas, la infaltable lágrima oscura cayendo por su mejilla, la camiseta rayada como una cebra, los pantalones negros y los guantes blancos, nos hacen sonrojar al elegirnos entre la muchedumbre como el blanco de sus señas, a veces, inentendibles.

Pero también están los otros artistas que, pintura en mano y con originalidad, deciden embellecer Buenos Aires con la imaginación. Sobre la Avenida de Mayo, los edificios de estilo art nouveau, neoclásico, finamente decorados, conviven ahora con enormes caras que parecen sonreír, reflexionar y enamorarse desde lienzos coloridos, colgados a gran altura. Aparecieron así, de repente, como maquillaje momentáneo de otra belleza que trata de rejuvenecer, a pesar de los años. Seguramente, don Torcuato de Alvear, primer intendente de Buenos Aires y bajo cuyo mandato se trazó la gran avenida —a imagen y semejanza de los monumentales proyectos urbanísticos del barón de Hausmann, en París—, jamás imaginó que una de las lujosas construcciones, de exquisitos ornamentos y emblema del otrora apogeo porteño, cubriría la reparación de su vieja fachada con un arco iris tan particular.

5 de octubre de 2007

Entre fábricas y mamelucos...

Edición N° 19


Barrio Parque Patricios. Aquí, Buenos Aires deja atrás su imagen de tarjeta postal. Ya no es la ciudad de los centros comerciales lujosos, de los edificios emblemáticos, ni la que diariamente invaden miles de extranjeros. Albergue de numerosas fábricas, empresas de transportes, talleres mecánicos y hospitales, el viejo barrio sorprende al caminante apenas traspasa el límite trazado por la Avenida Juan de Garay. Salvo algunas palabras vociferadas en chino mandarín y que dan vida a los ojos rasgados y semiocultos tras un mostrador de mercado, pocas son las voces extranjeras que se escuchan en este trozo de ciudad.

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Avanzando por la Avenida Chiclana, el rugir de los automóviles será sólo un fastidio momentáneo: en minutos, la avenida se convertirá en un desierto y cruzarla no resultará un gran desafío. Ni qué decir si al silencio del asfalto se le suma el de las veredas recubiertas con adoquines viejos: enseguida, el barrio se detendrá en el tiempo. Entre esa quietud, plasmada también en las calles internas, sobreviven antiguas fachadas, varias de ellas en muy mal estado —producto de la continua erosión en los materiales y de la falta de mantenimiento— y otras cubiertas con colores estridentes. Afortunadamente, el descontrol inmobiliario, causante de la aniquilación de gran parte de la identidad y del patrimonio de los barrios, y que no duda en demoler reliquias arquitectónicas para dar paso a elevadas torres monocolor, todavía no ha arrasado con la fisonomía de este refugio porteño. Será por eso que estas dos señoras de aspecto romano, envueltas en túnicas prolijamente arrugadas, y protegidas en sus hornacinas, se dan el lujo de hermosear el frente de esta vivienda y de observar los mamelucos engrasados que todos los días pasan por la vereda.

3 de octubre de 2007

Café "Santos Sabores" (Aguilar y Tres de Febrero, Belgrano)

Edición N° 18

El observador camina lentamente por esta calle tranquila de Belgrano, luminosa, adornada por hermosos plátanos, algunos tilos y robustos ficus. Sobre la vereda de Aguilar, casi en esquina con Tres de Febrero, descansan cuatro mesas de madera oscura con dos sillas enfrentadas. Encima de cada mesa, reposa una cajita de cuerina turquesa dividida en dos compartimientos: uno guarda servilletas de papel blanco con el nombre del lugar impreso en letras grises y un detalle de florcitas; el otro, una fila de sobres de azúcar y edulcorante en rutilantes colores. Un gran nicho en la pared, con maceteros de cemento gris repletos de lazos de amor sobre la base resulta ser un ventanal de vidrio, con flores de estilo arabesco dibujadas en los ángulos, las mismas de las servilletas. Pegado a éste, hay una puerta de estilo antiguo, color verde claro, con postigos y cristal repartido desde la altura del picaporte. El caminante empuja la puerta, que se abre al tiempo que suena un crujido de bisagras. El salón despliega una paleta de colores bien definida: blanco níveo en el techo, verde esperanza en las paredes, gris y verde envejecido en los pisos y estantes. Tres grandes lámparas de bronce con caireles, forradas en tela brillante, cuelgan desde una flor pegada al techo, recreada en yeso. Abajo, las mesas, con sus pequeñas cajas turquesa se distribuyen en forma caprichosa. Dos enormes sillones blancos, apoyados sobre una pared, invitan a sentarse justo allí. Desde ese lugar, los ojos del observador no pueden dejar de fijarse en otro ventanal que da a la ochava y que ofrece otra perspectiva de la apacible esquina. Pero el interior del bar encierra todo un mundo, una representación del paso del tiempo que no pudo ser, un añejamiento forzado de objetos y mobiliario que rememore tiempos pasados. Sobre el piso de cemento alisado y pinotea coloreada se intercalan pequeñas incrustaciones cuadradas hechas de pedazos de azulejitos de colores, que le otorga un toque de calidez y frescura. En el medio del salón, una columna forrada con pizarrones sirve para indicar la sorpresa de la semana, esta vez "2 scons, té, copa de jugo de naranja, tostado, a 8 pesos". Una vitrina exhibe dulces manjares, porciones de torta, budines de limón, cuadrados de chocolate y dulce de leche, magdalenas de banana bañadas con crema, arrolladitos… Sobre ella, un par de cuchillas, esperan listas para el corte. Detrás, una serie de estantes de madera que ocupa toda la pared ostenta ante el espectador una colección de frascos, algunos llenos de amaretis, otros de galletitas, grisines, trocitos de chocolate, nueces, almendras, masticables de rojos. Los hay en distintos tamaños, con tapas de vidrio o tapas de metal, altos y bajos, con rótulos y sin rótulos. En el centro de la estantería, reluce un frasco de porcelana, de contornos redondeados y tapita en forma de flor, que en la fantasía de cualquier niño puede seguro esconder un duende. A la derecha está el sector de las trivialidades, dispuestas de tal manera que se nota la intención de enmascararlas con el halo particular que dan las cosas viejas: una computadora, resmas de papel, bandejas de metal, cubiertos, y una mesa de madera envejecida, en la que hay pilas de platos y platitos, en perfecto equilibrio. Arriba de ella, un inmenso florero de vidrio lleno de agua límpida y fresca es ahora el hogar de un estupendo ramo de flores anaranjadas. Otra hilera de estantes sobre el lateral de este sector de las cosas comunes engaña al observador con un tiempo más lejano. En su cúspide, pegado a la pared, una composición que simula ser un cuadro recrea la mesa servida, a través de una cuchara, un tenedor, un cuchillo, todos de alpaca con el mango labrado, y dos pequeñísimos azulejos, uno en color verde y otro en azul, como platos para dos comensales. Hacia abajo, en cada anaquel, una tetera de porcelana de vistosos colores reina en el centro, mientras otras, tal vez como princesas, adornadas con tonos menos llamativos, la rodean. Es imposible para el visitante dejar de ceder a la tentación de incorporarse y acercarse a ese rincón para contemplar el colorido muestrario.

La mesa que ocupa el observador es un curioso paisaje. Su superficie está cubierta por pedacitos de azulejos rotos, o prolijamente cortados, en blanco, verde, azul, gris y por una porcelana curva, que el huésped de costumbre ahoga con la palma de su mano. Sostienen esta estructura cuatro patas de metal negro con dos hierros cruzados, para apoyar allí los pies. El espectador toma notas. Bebe una copa de jugo, saborea un scon, piensa que sería mejor que el tostado no se hubiese quemado. Sonríe y olvida el asunto cuando pegado a él, pero trasponiendo el ventanal, en una mesita de la vereda, se acomoda una anciana con su viejo amigo, un perrito de bigotes blancos y andar lento. De seguro esta señora elige la vereda a pesar del frío, no sólo porque lo prefiere a resignar la compañía de su perro, sino porque adentro, nada le recuerda verdaderamente a su infancia, al juego de luces de los caireles que la hacían soñar con hadas durante la siesta obligada, ni al sonar de los pasos firmes de su padre sobre la pinotea oscura, ni al viejo aparador donde escondía sus caramelos, mucho menos a la tetera que su madre reservaba para cuando venían visitas, ni al rechinar de la puerta de madera que se abría después de cumplida la siesta.

Autora: Miriam Muñoz

16 de septiembre de 2007

Bar "La Biela" (Av. Quintana 596)

Edición N° 17

Transcurre la vida y el estrés acecha de diversas formas y sólo es mínima la cantidad de personas de las sociedades urbanizadas que quedan exentos de padecerlo. Emprender la jornada de trabajo desde muy temprano y continuar con ella, aún cuando se está en casa, forma parte de la normalidad. "Producir", "estar a la altura de..." correr, correr y correr con el objetivo de alcanzar la máxima calidad y excelencia, no sólo desde el punto de vista laboral sino también para satisfacer aquellos anhelos, los más íntimos, de estabilidad y felicidad, parecen ser las reglas del juego de la sociedad capitalina.


Y, en ese devenir avasallante de las situaciones autoimpuestas, llegan aquellos momentos en los que resulta imperioso pisar el freno y detenerse a estudiar los caminos por seguir; la elección equivocada de una ruta o la ruptura de una pieza maestra de nuestro medio de movilidad, rendiría inalcanzable la meta perseguida...


Eligió La Biela para su pausa porque cada personaje que ingresaba, el célebre —un intelectual, político o artista— o el ignoto —un turista; una anciana con su dama de compañía; un grupo de amigos que hablaban de los viejos tiempos y del político sentado en la mesa sobre Quintana; el estacionador de autos vestido de tanguero, sin historia, sin pasado para aquel que lo observaba entrar— tenía allí un "Partenón" para detenerse en sus cavilaciones o en su búsqueda de sosiego.
Sus pensamientos la llevaron a ese bar, que era, también para ella, el lugar adecuado para analizar las imágenes y sentimientos que se encontraban dispersos en su mente, que la alborotaban. Entró de manera apresurada, la puerta de vidrio y madera se cerró, y a sus espaldas quedó la calle Quintana. Sintió que allí todo avanzaba con otros tiempos y un toque, casi mágico, puso freno a sus pasos.


Con su mirada, buscó una mesa cercana a la ventana que daba a la calle Ortiz, la encontró y caminó hacia ella. Tomó asiento y después de acomodar los bártulos, sus ojos se perdieron en la contemplación de la Iglesia del Pilar y el añejo gomero, quizás, buscando con su imaginación los personajes que habitaron la zona siglos atrás. El bar donde se encontraba distaba mucho de parecerse al primigenio, nacido como una pulpería, que se mantenía gracias a los festejos de la virgen del Pilar y a la presencia de los monjes recoletos.


De esa simple abstracción regresó cuando el mozo, para llamar su atención, deslizó, con gran delicadeza, casi timorato, el menú sobre la mesa, justo delante de sus codos y ante su mirada. Ella volvió en sí: "una lágrima, por favor" y retuvo el menú. Él le sonrió, como siempre, con la peculiar cortesía de esos mozos, de rostros afables que manifestaban la ausencia de cualquier tipo de apremio. Una sonrisa para cada oportunidad y quizás para cada historia, como si el contacto diario con tantas personas los llevara a percibir los diferentes estados de ánimo de aquellos que disfrutan de su atención. Tampoco en otras oportunidades habían roto con ese cliché que los caracterizaba: cordialidad, delicadeza y esmero. Eran acreedores del respeto de la gente y cómplices conscientes de la mística del Bar.


Mientras él se alejaba para traer su pedido, ella leía en la segunda página del menú la historia recitada del lugar: "Lo bautizó un español como Viridita, era una angosta vereda con sólo dieciocho mesas y creció con el nombre de Aerobar, y se hizo conocido internacionalmente como La Biela, cuando finalizaban los años 50, y era el punto de reunión de los héroes y fanáticos del automovilismo. También se daban cita intelectuales, artistas, políticos y turistas. Fue entre "tuercas", cafés y debates que tomó su nombre de esta pieza clave para el funcionamiento del coche… "…y era el punto de reunión de los héroes y fanáticos del automovilismo. También se daban cita intelectuales, artistas, políticos y turistas", repite. Observa y medita: cuadros con fotos de autos de carrera, de Oscar Alfredo Gálvez, trofeos, todas las sillas con la biela tallada y hasta fotos del General San Martín… Vuelve atrás nuevamente, a épocas en las que quién sabe cuántas calles de aquel barrio porteño estarían asfaltadas. En particular, se concentra en los personajes de antaño que hicieron de este un punto de encuentro de un atractivo especial para cada uno de ellos.


Estos protagonistas eran hombres como los hermanos Gálvez, que como tantas otras personalidades que allí se convocaban, trabajaban con ahínco en pos de una Argentina próspera. Fueron ejemplos de vida que, además de crear, se concedían momentos de esparcimiento en los que dejaban sus principales ocupaciones para dedicarle un tiempo al café y a la camaradería. Entablaban debates ideológicos de los acontecimientos de la vida que los rodeaba, expresaban sus convicciones, miedos, metas y logros. Cada uno era poseedor de su propio "Partenón", el lugar donde desarrollaban esas charlas distendidas, o no tanto, que quizás hayan sido estimulantes en la producción de más obras de ingenio. Y ellos, en el transcurso de la carrera, cuando les resultaba imperioso pisar el freno para detenerse y reflexionar sobre los caminos por seguir, eligieron La Biela, donde el tiempo había dejado de correr frenético y avanzaba prudente, mientras el danzar perfumado del café en su pocillo, en el ritual que el hombre realiza cada vez que lo lleva a su boca, despertaba los sentidos y el alma se complacía de la quietud circundante.


Llegó su pedido. Sintió que el perfume de su lágrima, la mesa de siempre, la ventana que dejaba entrar el calor envolvente del sol, la calidez del mozo, la quietud de "su" bar —con sus historias— habían hecho posible que encontrara la paz que buscaba.

Autora: Elizabeth Cicoria

5 de septiembre de 2007

Piedra libre

Edición N° 16

Nuestros ojos siempre se empecinan en demostrarnos que sin su agudeza visual todo luciría similar. Nos hacen sentir débiles sin su guía y aprovechan esa dependencia brutal para convertirnos, definitivamente, en esclavos de sus imágenes preferidas. Caprichosos, hasta nos quieren convencer de que lo que ellos ven es así y no de otro modo. En ocasiones, suele suceder que lo que ven no es auténtico; y si bien necesitan mirarlo más de una vez para confirmar su condición de legítimo, aun así, siguen dudando si lo es.


Buenos Aires oculta secretos a la vista de todos. La ciudad, con alma de niña, juega a las escondidas y despista, con astucia, a los mejores jugadores. Y la Plaza Cataluña es uno de sus rincones favoritos para cumplir el objetivo de entrampar a miles de ojos empeñados en descubrirlo todo: pinceladas en tonos grises simulan ventanas desnudas, por las que jamás se asomarán la curiosidad ni la contemplación; los vidrios, límpidos, nunca soportarán el repiqueteo de una lluvia intensa ni se nublarán por el calor que emana tras de sí. La mansarda soñará, en vano, ser el hogar de esas aves solitarias, de vuelo fugaz, que a gran velocidad parecen chocar contra los hormigones urbanos.


Todo es trampa... Y nuestros ojos, desesperados e incapaces de reconocer a simple vista la burla, hurgan, encolerizados, una y otra vez, en la imagen estampada en el muro.

3 de septiembre de 2007

Buenos Aires duele

Edición N° 15

Caminar las calles de Buenos Aires duele cada vez más. El desamparo tiene el rostro de centenares de seres privados de todo, aún de lo más esencial: su dignidad. Pasan los días y las noches a la intemperie, casi siempre en absoluta soledad. El frío y la lluvia aumentan su sufrimiento. Pero hay algo peor: su invisibilidad. Son apenas bultos, cosas, manojos de harapos ante los que no nos detenemos.

Es cierto, los ciudadanos comunes poco podemos hacer por ellos. No tenemos la facultad de intervenir, de implementar políticas que terminen con tanta miseria. ¿Los gobernantes? Bien, gracias. Piensan que las "penas chicas" no deben perturbar su "sueño grande", como dice una canción.

Y si uno de los rostros de la ciudad es el desamparo, también hay otros. El de los ojos abiertos y el corazón alerta es el de esta historia.

Un gélido día de invierno, una transeúnte repara en una niña, tirada en la vereda, que pide limosna. Se agacha junto a ella y le pregunta su nombre. La chiquita se lo dice y le cuenta, además, de su hambre y de su frío. La mujer se levanta y le dice que volverá en un rato. Regresa poco después trayendo comida y unas largas y abrigadas medias recién compradas. La niña no toma de inmediato estos presentes y pone una condición: saber si la señora recuerda su nombre. Cuando se lo dice, acepta con una sonrisa lo que ésta le ofrece. Lo único que posee, su identidad, está a salvo.

Autora: Stella Prado


14 de agosto de 2007

El Once andaluz

Edición N° 14

Coreanos, judíos, árabes, bolivianos, paraguayos y otro sinfín de ciudadanos de diferentes nacionalidades convergen en el inexistente "barrio de Once"; denominación que, comúnmente, recibe la zona del barrio de Balvanera que se expande por los alrededores de la Plaza Miserere y de la estación ferroviaria Once de Septiembre. Allí la muchedumbre y el alboroto es tal, que resulta toda una aventura caminar por sus veredas.

Vivir en algunos de sus edificios —ocultos entre vendedores callejeros, enormes marquesinas y vidrieras saturadas de productos impensados— puede ser sinónimo de caos y de estrés. En el barrio todo parece estar desordenado y fuera de control. Sin embargo, en medio de tanto tumulto, unos pocos vecinos tienen el privilegio de habitar en un oasis con aspecto de jardín andaluz.

Inaugurado en 1895, el pasaje Sarmiento es el rincón español, por excelencia, del Once. Ocupa un lote de veinticinco metros de ancho y en su interior alberga viviendas particulares. Paradójicamente, fue un constructor italiano quien en 1940 se encargó de remodelarlo a pedido de tres colegas de origen judío: Jaime, Moisés y Salomón Cotton. Entonces, el pasaje dejó de ser peatonal y se cerraron sus accesos con puertas de hierro y vidrios, las que, actualmente, permiten admirar las bellas formas geométricas, resaltadas en blanco y ocre, y las auténticas mayólicas españolas que decoran el patio, así como sus grandes faroles y el paisaje natural que crean las plantas y las flores multicolores. Sus dos entradas —sobre la avenida Rivadavia 2659 y la calle Bartolomé Mitre 2660— presentan la típica arquitectura colonial, con aleros de tejas rojizas y azulejos pintados a mano que, en letra cursiva, anuncian ambas direcciones.

Hace años, el cambio de cañerías de gas destruyó parte del encanto de esta "calle interna" que atraviesa la manzana de lado a lado, pero no logró opacar su belleza majestuosa. Para comprobarlo, sólo basta con echar una mirada a través de cualquiera de sus puertas y dejarse llevar por la paradisíaca imagen de este escondrijo español enclavado en uno de los lugares más bulliciosos de Buenos Aires.

9 de agosto de 2007

Farmacia "Stella Maris" (Moreno 2299)

Edición N° 13

Muchos desconocen su existencia, tal vez por la gran cantidad de boticas modernas que, con sus carteles azules y verdes, invaden diariamente la ciudad. Sin embargo, quien desee emprender un fascinante viaje hacia su descubrimiento, sólo debe observar minuciosamente el mapa de los tesoros porteños y dirigirse, con los cinco sentidos a flor de piel, al barrio de Balvanera.

Fundada por Tomás Perón, abuelo paterno de quien fuera tres veces presidente de la República Argentina, la Farmacia "Stella Maris" es, desde hace más de 120 años, testimonio vivo de una época de Buenos Aires y de la actividad farmacéutica. Por haber conservado intactos sus muebles y su decoración, fue distinguida por el Museo de la Ciudad.


Introducirnos en ella es casi como entrar en un túnel del tiempo y retroceder, por lo menos, un siglo. La ambientación sugiere épocas de tisanas, ungüentos, emplastos, ventosas y recetas magistrales. Todos sus cajones, estanterías, mostradores y frascos son del siglo XIX.

El trabajo de labrado que muestran sus muebles en roble americano dejaría mudo a más de un ebanista actual. Además, los vitraux, de que hace gala, merecen ser observados con detenimiento.


Para conocer algunos detalles de la historia de esta botica singular, la revista Kairos la visitó en el año 1988 y mantuvo una charla con Mario Schitter, su propietario desde hace más de cinco décadas. Esa entrevista es el único vestigio que existe sobre este antiquísimo lugar.

"La farmacia debe datar de 1880 o de algunos años antes. En ese entonces, estaba en la esquina de enfrente, donde ahora se levanta la Banca Nationale del Lavoro [actualmente, un locutorio]. La fundó Tomás Perón, pero este mobiliario data del segundo dueño —colega de buen gusto— José Patiño Gómez. Los muebles fueron hechos por un artesano de la calle Rioja y los frascos marrones los importó de Alemania. Era tal la cantidad de frascos que tenía la farmacia que sirvieron para armar dos farmacias más".


El 1° de octubre de 1954 Mario Schitter compró la farmacia por 500.000 pesos, la mitad al contado y el resto a pagar en 60 cuotas. Las molduras, las bisagras y las cerraduras son artesanales. Cada cajón tiene un rótulo en chapa para indicar su contenido. "Jamás se arreglaron los muebles, ni siquiera las bisagras se rompieron, y el lustre es original", dice don Mario.

En 1986, el Museo de la Ciudad, a través del ex director José María Peña, otorgó a su dueño un diploma donde lo felicita y le agradece por haber conservado el patrimonio, a todas luces artístico.

"Fue un inmenso orgullo. Mi verdadera vocación es la farmacia. Yo estoy muy feliz estando todo el día acá adentro, así que... ¡imagínese! Me premiaron por lo que más valoro. Estaban presentes todos mis amigos. No faltó ninguno. Y, después, nos fuimos a festejar", cuenta Mario.

Schitter llegó al país desde Polonia en el año 30 y vivió en Basavilbaso, Entre Ríos.

"Estudiar me costó mucho, porque no conocía el idioma. Mi mejor amigo de la infancia era el hijo del farmacéutico de mi pueblo. Y cuando yo podía entrar en el laboratorio de su papá, para mí era un día de fiesta", dice don Mario. Durante su juventud estudió en la Universidad de La Plata y se recibió a los 27 años.

Cuando se le pregunta por la suerte que podría correr la farmacia en el futuro, no duda en responder: "Jamás vendería la farmacia. Esto es mi vida".


Fuente: Revista Kairos, 1988.

7 de agosto de 2007

Miradas grises

Edición N° 12

En Buenos Aires, los vecinos curiosos observan desde sus balcones mi andar apurado y, en ocasiones, hasta se ríen de mis tropiezos o de mis caídas. Pero también hay seres inanimados que, en silencio, vigilan todos esos movimientos.

Desde lo alto de un edificio, ocho gigantes me miran con insistencia. Mis pasos son controlados por esta serie de hombres corpulentos y enormes, de color gris oscuro, que se elevan en los muros de la maravillosa obra arquitectónica. Cada una de las figuras masculinas representa a las personas que trabajaron en su construcción. Sí, los colosos se hicieron a imagen y semejanza de quienes erigieron el magnífico edificio de estilo art nouveau: el albañil, el herrero, el carpintero y hasta el arquitecto danés que lo ideó, entre otros. Cuenta la historia que se construyó a pedido de su primer propietario, Nicolás Mihanovich, un empresario naviero y cónsul del Imperio Austro-húngaro en Buenos Aires desde 1899.

Inaugurado en 1914, el edificio Otto Wulf está repleto de simbología. Cóndores y otras aves autóctonas se convierten en gárgolas, en ménsulas y en barandas, para contemplar, cerca del cielo, la vida presurosa, característica de la ciudad porteña. De la piedra gris brota un espectacular despliegue de fauna argentina, en combinación con figuras humanas que representan a la población originaria: los indígenas. De cara al firmamento, se destacan dos cúpulas de color verde. La más alta, coronada por un Sol, simboliza la imagen del emperador Francisco José I de Habsburgo, de Hungría; la menor posee en la punta una corona —y años atrás una Luna, que ya no está— en representación de la figura de la Emperatriz Sissí, de Austria. Ambas expresan la alianza de dos reinos y de lo masculino con lo femenino.

La mole gris deslumbra entre los demás edificios de la zona por la belleza que revela en los casi sesenta metros de altura que contienen once pisos, el doble mirador y la doble cúpula. Y desde hace noventa y tres años es el hogar de los hombres de piedra, de esos fornidos que me miran atentamente cada vez que paso por la esquina de la avenida Belgrano y la calle Perú, en el barrio de Montserrat.

3 de agosto de 2007

Poderosos titanes

Edición N° 11

Quizá estos gigantes hayan logrado escapar del Tártaro —ese lugar parecido al Infierno, ideado por la mitología griega—, donde la mayoría de ellos fueron encerrados una vez derrotados por Zeus en la Guerra de los Titanes o Titanomaquia. Hasta podrían ser la representación del mismísimo Atlas, el titán encargado de ese ejército de gigantes, a quien Zeus condenara a cargar sobre sus hombros los pilares que mantenían a la Tierra separada de los Cielos.

A siglos de aquella batalla entre personajes fabulosos, Buenos Aires parece ser el Inframundo moderno para estos dos grandotes que bregan por no dejar caer los miles de kilos de cemento que se elevan sobre sus espaldas. Ubicados en el número 1910 de la avenida Rivadavia, los atlantes eligen pasar los días con la mirada atenta hacia las alturas. La musculatura dibujada en sus piernas y en los abdómenes, así como las venas talladas en sus manos, como ríos a punto de desbordar, dan cuenta de la descomunal fuerza ejercida.

Muchos porteños ignoran que la ciudad aún recibe el auxilio de varios hombres forzudos —casi siempre barbudos—, y hasta de señoras muy coquetas, para sostener los capiteles de algunos de sus edificios más bellos.

Al contemplarlos, inmóviles y preciosos, muchos compartirán las palabras del escritor español Ramón Gómez de la Serna: "...son como seres legendarios, capaces de muchas fechorías, hasta de llevarse la casa un día, saliendo con ella hacia otro barrio más saludable y más nuevo".

1 de agosto de 2007

Amistad fraternal

Edición N° 10

Buenos Aires atesora una reliquia que, tal vez, es la más antigua de la ciudad. Su longevidad nos obliga a hurgar en los libros de Historia de cualquier biblioteca y a dejar las páginas abiertas en el capítulo referido al Imperio Romano.

Los escritos relatan que la antigua Roma desarrolló su vida en torno a una zona central denominada Foro Romano y que allí se dio cabida a los negocios, a la religión, al comercio y a la administración de justicia. Además de ser el corazón y el cerebro de la urbe, este sitio se destacó por albergar diferentes edificios y monumentos: templos, basílicas, arcos, tribunas... Posteriormente, los foros de César, de Augusto, de Nerva y de Trajano formaron, junto con el espectacular Foro Romano, un colosal complejo, sin precedentes, que mereció el apodo de "Roma de mármol". Sí, las magníficas construcciones italianas dejaban boquiabiertos a sus visitantes...

Siglos después, en el otro extremo del mapamundi, una joven ciudad recibiría a miles de inmigrantes y los albergaría para siempre en su seno. Buenos Aires abrió sus brazos a la inmigración italiana que, ante el recuerdo de sus extraordinarias ciudades, produciría cambios estéticos irrefutables en la arquitectura de la ciudad.

Italia fue la primera nación extranjera en bautizar una plaza porteña con su nombre. Hoy, Plaza Italia, cual foro moderno, es uno de los lugares con mayor circulación peatonal y tránsito vehicular de Buenos Aires. Sin embargo, nadie parece haber notado el trozo de historia que conserva en sus entrañas. Desapercibida para la multitud, se halla una columna de mármol extraída de las excavaciones realizadas en el Foro Romano y que ostenta sus genuinos dos mil años de vida. Mide 1,90 m de altura. Fue donada por el Municipio de la Ciudad de Roma a la Ciudad de Buenos Aires "en simbólico testimonio de amistad fraternal". Su primera ubicación fue en Av. del Libertador y Luis María Campos; pero desde el 21 de septiembre de 1984 se la puede observar, esbelta, en pleno barrio de Palermo.

31 de julio de 2007

Abuelita, abuelita... ¡qué dientes grandes tienes!

Edición N° 9

Cuenta la historia que en las regiones de los Alpes, del Loira y del Tirol abundaban los lobos y que Caperucita Roja era una de esas leyendas de miedo con que se aleccionaba la desobediencia de los niños y, de algún modo, se advertía a las niñas del peligro de encontrarse con desconocidos. El clásico cuento infantil fue rescatado de las tradiciones populares europeas por el escritor francés Charles Perrault, quien en 1691 cambió el final de la historia: el lobo devoraba a la anciana y a la niña. En Alemania, los hermanos Grimm sintieron gran dolor por el triste desenlace y en 1812 modificaron la última parte del cuento: un cazador sacó a Caperucita y a su abuelita de las entrañas de la bestia y las devolvió a la vida, sanas y salvas. Desde entonces, esa es la historia que aceptamos como única y verídica.

Pero ¿a cuento de qué viene este relato?
Lo que muchas personas desconocen es que en los porteños bosques de Palermo, específicamente en la Plaza Sicilia, sobre la avenida Sarmiento, se erige el único monumento en el mundo en honor a Caperucita Roja. La escultura data de 1937 y fue cincelada en la Argentina por el escultor francés Jean Carlus. Su primera ubicación fue en la plaza Lavalle, de cara a la avenida Córdoba; pero en 1972 el monumento fue trasladado definitivamente a Palermo. La escultura de Caperucita y el lobo tiene una altura de dos metros. La niña luce el típico vestido ilustrado en tantos libros infantiles, y sus bucles largos asoman naturalmente bajo la capucha. En una de las manos lleva un ramo de flores y en la otra, la tradicional canasta con alimentos para su abuelita. A un lado, entre el follaje, el lobo acecha, con sus orejas y su mandíbula siempre expectantes.

A más de tres siglos de su nacimiento, la pequeña de traje rojo parece no haber aprendido la lección: inocente, se la ve todos los días entre los árboles frondosos de Buenos Aires... despreocupada de los peligros que esconde el bosque de la gran ciudad.

4 de julio de 2007

Bar "El Progreso" (Av. Montes de Oca 1702)

Edición N° 8


EL CAFÉ ES UNA SOCIEDAD DE CALORES MUTUOS
Ramón Gómez de la Serna


El barrio, ya no es el mismo: las barracas han desaparecido, las interminables vías del tranvía son parte del recuerdo y el tránsito vehicular es intenso a toda hora. Casi todo ha cambiado como consecuencia de las implacables huellas del progreso. Hasta la inolvidable fábrica de los exquisitos chocolates Águila ya no existe y los nombres de algunas calles, mudas testigos de las transformaciones, no son los de antes. Pero desde 1942, allí, al sur de la ciudad, en pleno barrio de Barracas, al final –o al comienzo- de la antigua Calle Larga, hoy Montes de Oca, en su intersección con California, sigue en pie un símbolo y referente del barrio, en la planta baja de un edificio de comienzos del siglo XX. En la amplia ochava, dos puertas vaivén de vidrio y madera con dos vidrieras laterales en las que se exhiben una pava, un mate, la infaltable botella de ginebra de barro y cuadros antiguos, son el acceso al Bar El Progreso.
El simple ingreso en el local, de altos techos y columnas revestidas de madera en su base, produce un gran impacto visual y preanuncia lo que será un inmediato torbellino sensorial. Adivino que lo mejor será sentarse en una de las mesas de fórmica y patas de madera de hace cincuenta años, dispuestas espaciosamente en el amplio salón y, desde allí, comenzar a observar todo de manera tranquila: la estructura del lugar, la decoración, la gente y cada detalle, desde el más nimio hasta el más importante.
De ser posible, elijo siempre la misma mesa, sobre la calle California, junto a altas ventanas de pinotea, tipo guillotina, con gruesos barrales para su desplazamiento hacia arriba o hacia abajo, por donde durante todo el día, hasta que empieza a caer la tarde, entra avasallante y sin permiso una gran luminosidad que inunda de tal forma el interior que hace innecesaria la luz artificial. Desde esta privilegiada ubicación, la perspectiva es perfecta. Todo o casi todo –el interior y el exterior- está al alcance de los ojos. Desde allí, sobre las columnas, pueden observarse las fotos del Barracas de antaño –se destacan los automóviles de comienzos del siglo XX y la característica vestimenta de la gente de la época en plena feria-, una farola art decó de bronce igual a las que por las noches iluminan señorialmente el exterior del edificio, y un artículo periodístico con sugestivo título, "Terapia de la lentitud", que, en el lugar, adquiere un particular sentido.
Me siento tranquila y cómodamente en una de las tantas originarias sillas de madera y de inmediato se acerca el mozo, con la característica chaqueta bordó y el pantalón negro. No pido nada fuera de lo común: un simple café con leche y medias lunas, que me servirán de excusa para permanecer en el lugar. Aprovecho la espera para continuar observando todo como un niño que redescubre juguetes guardados durante mucho tiempo en un arcón. Observo y toco las mesas de fórmica y las sillas de madera gastadas por el tiempo. A mi alrededor, en otras mesas, personas, por lo general, solas leen abstraídas de todo –algún libro de filosofía, un diario o una revista- o, simplemente, ven pasar el tiempo, que aquí no sólo se tiene la sensación de que no se pierde, sino de que se lo recupera.
Del techo cuelgan antiguos ventiladores de cuatro aspas y cuatro arañas de distintas épocas y estilos, que son encendidas por las noches y dan al lugar un toque de distinción. Los gastados pisos de granito son testigos silenciosos de los infinitos pasos que atesoran. Pero dos de las características principales, que también ponen de relieve una época, son la boiserie y la mampara de madera y vidrio martelinado y ornamentos art decó esmerilados, que da intimidad al contiguo salón familiar, más reservado y, por ende, más tranquilo que el principal.
Dos vitrinas, iluminadas por las noches con dos veladores que se encuentran en su interior, atesoran antiguos objetos, propios o donados por vecinos: cafeteras, azucareras, cubiertos, tazas, relojes, libros. Y, en las paredes, permanecen presentes retazos de costumbres de otros tiempos, como los antiguos y hoy ridículos edictos policiales –prolijamente enmarcados en madera- y la prohibición de escupir en el suelo y de vender bebidas alcohólicas y tabaco a menores de 15 años, según rezan las placas de bronce oscurecido por los años. También pueden divisarse notas periodísticas sobre el bar, afiches de algunas de las películas filmadas allí, fotos de personalidades que lo visitaron o lo frecuentan, y banderines de clubes de Barracas –aunque allí no se habla de fútbol-, así como un caballete de pintor en el que se exhibe la cartelera cultural del barrio. Mapas de España y de Asturias y una foto del príncipe Felipe permiten adivinar las raíces de la propietaria del lugar y de su esposo, ya fallecido.
Mis ojos inquietos casi no dan abasto ante tanto para ver. Pero se detienen ante unas láminas de los famosos almanaques de Alpargatas -¡hace tanto que no los veía!- con reproducciones de Molina Campos, quien, con su particular estilo, su trazo contundente y definitorio, retrata al gaucho y a su entorno campestre, fundamentalmente al caballo, con ojos saltones, desbordados y dentadura desafiante. Y siento una emocionante sorpresa al ver objetos que tanto me entretuvieron en mi infancia: un yo-yo, un balero y un trompo, con los que apuesto a que ningún niño de la ciudad de hoy sabría qué hacer si los tuviera en sus manos, más familiarizadas con teclados de computadoras o de teléfonos celulares. Más allá, sobre el mostrador atiborrado de fotos de la dueña en su juventud y acompañada por distintas personalidades, es posible descubrir el antiguo teléfono negro con horquilla, que todavía funciona, de la época de nuestros abuelos.
No resisto la atracción de echar una mirada a la barra, el ancho mostrador de madera, la ajetreada cafetera, las medias lunas en bandejas dentro de campanas de vidrio, y un llamativo y artístico grifo con forma de cisne. A un costado, la heladera Siam con bebidas y fiambres a la vista, y más atrás la antigua y gran máquina registradora de los 40, ya en desuso.
Detrás del mostrador, se destaca el exhibidor de bebidas de tradicionales marcas e inconfundibles etiquetas –Boussac, Hesperidina, Tres Plumas, Quilmes, Bols, Legui, Old Smugler-, acomodadas sobre estantes de madera o de vidrio, con un espejo detrás que refleja al salón y le da una mayor perspectiva.
El mozo se acerca tímido y silencioso con mi pedido, acostumbrado seguramente a no querer interrumpir a los clientes ensimismados en sus tareas. Pone sobre la mesa un plato con tres generosas medias lunas y una enorme taza blanca, en la que agrega un aromático café y, luego, abundante leche. Una vez más, me brotan recuerdos, en este caso, de cuando en mi casa tomaba remolonamente el café con leche en un tazón también blanco, que parecía no tener fin y que siempre dejaba por la mitad. Pero hoy el solo aroma que emana del contenido de ese recipiente de inmediato me invita a saborearlo hasta el final. Y así lo hago, casi ridículamente diría. Agarro el tazón blanco, observo el café con leche humeante -el reflejo de los rayos de sol que entran por el ventanal y sin permiso se posan sobre mi mesa me dejan ver cómo se desprende el humo-, cierro los ojos, lo acerco a mis labios, tomo un pequeño sorbo y lo saboreo como si estuviese reconociendo la cepa de un exquisito vino fino. El resultado es un deleite absoluto. A riesgo de exagerar, no creo que hoy haya en Buenos Aires muchos otros lugares que sirvan un café con leche tan abundante y sabroso.
Un hecho sin dudas llamativo es que, sobre una de las tantas mesas, siempre en la misma, sobre la fórmica, hay un pequeño cartel que dice "Reservado". Casi nunca está vacía. A cualquier hora del día, es ocupada por una misma mujer, por lo general, rodeada de un pequeño y simpático gato color té con leche que dormita sentado en alguna silla que preferentemente reciba los rayos del sol. Muchos se acercan y saludan cariñosamente a la mujer. Se trata de la alma máter del lugar, Licinia, la propietaria desde hace casi 50 años, una asturiana de joven espíritu y de carácter fuerte y emprendedor que aún hoy tiene planes para seguir contribuyendo al progreso de "El Progreso". Aunque se queja de no ver ni de escuchar bien, nada escapa a su atención y, en todo momento, está al tanto de todo cuanto allí sucede, de quién entra y de quién sale, de lo que ocurre en el salón y detrás del mostrador. Siempre quiere ofrecer lo mejor. Por eso, más de una vez repite a quien se le acerca que los productos que ofrece deben ser de primera calidad y que la taza de café con leche que se les sirve a los clientes, sobre todo en el desayuno, tiene que ser grande para que puedan hacer frente con energía a una larga jornada de trabajo. Desde "su" lugar, con los brazos apoyados sobre la fórmica, da indicaciones casi imperceptibles al mozo para que limpie una mesa o para que coloque más leche en una taza. Y siempre accede a charlar animadamente con quien se le acerque para saludarla o para felicitarla por seguir apostando al trabajo "con tanto sacrificio", ante lo cual responde, contundente y con su inconfundible entonación española: "¡Esto para mí es un gusto, no un sacrificio!". Y siempre agrega: "Es mi vida; es como mi segundo hijo. Es un disfrute hablar con la gente y escucharla. Aquí, trabajando y charlando con la gente, he aprendido y sigo aprendiendo mucho".




El profundo silencio del lugar, un auténtico paraíso para la lectura, la escritura o la contemplación, sólo es interrumpido por esas conversaciones de Licinia con los clientes o de quienes hablan en otras mesas, por el ruido de las tazas al ser acomodadas sobre la máquina de café o por el chirrido de la puerta cada vez que entra o sale un visitante. Por suerte no hay televisores, ni música ni Wi Fi y la única conexión posible es con los demás y fundamentalmente con uno mismo. Allí hasta el tiempo parece transcurrir más lentamente, parece adquirir otra dimensión y se pierde noción de su implacable paso. El ajetreo de la calle, que se observa detrás del ventanal, hacen más pronunciado el contraste.
Ya es tarde. Es tiempo de partir. Con el conocido gesto manual pido la cuenta al mozo, quien enseguida me dice cuánto es lo que he consumido. Le pago y agradece mi visita. Al igual que otros visitantes, antes de partir, yo también saludo a Licinia y trato de retener muchas de sus palabras, producto de valores que el progreso parece haberse llevado. Me desea éxitos. Echo una nueva mirada a cada detalle del lugar hasta que llego a las puertas vaivén de vidrio y madrera, que abro y me despiden con su infaltable chirrido. Salgo a la calle. Confirmo que el ritmo es otro. En el barrio, ya no hay barracas ni vías de tranvía y el tránsito vehicular es incesante. Mucho ha cambiado como consecuencia del progreso. Pero el inexorable progreso que se impone convive con "El Progreso" que se elige, el de ayer y de hoy –ahora considerado un "notable" de Buenos Aires-, que se sigue proyectando hacia el futuro. Uno y otro, cada uno a su forma, son parte del Buenos Aires de hoy.

Autor: Jorge Alberto Bravo

2 de julio de 2007

NO HI HA SOMNIS IMPOSSIBLES

Edición N° 7

Quizá sea la más bella y radiante de las casi cuatrocientas cúpulas que coronan el cielo de Buenos Aires. Sólo basta alzar la vista en la intersección de la calle Ayacucho con la avenida Rivadavia para verla, imponente y lujosa, con la brillantez propia de un diamante pulido a la perfección.

Parece joven, pero ya había nacido cuando, a pocos metros de distancia, la monumental cúpula del Congreso de la Nación comenzaba a erigirse entre los andamios. Cruel e impiadoso, el paso de los años le arrebató el esplendor de principios del siglo XX.

Novecientas cincuenta y dos piezas de vidrios espejados fueron necesarias para cubrir las ocho principales aberturas ovales y el cupulín que durante casi sesenta años soportaron, abiertos, el flagelo del sol, del viento y de la lluvia. No obstante, la cebolla que corona la cúpula y las veletas permanecen intactas como hace cien años. La ornamentación del edificio que la sostiene lleva el sello inequívoco de la exquisitez del estilo catalán. El "padre de la criatura", el ingeniero y arquitecto argentino Enrique Rodríguez Ortega, plasmó en su obra toda la influencia "gaudiana", con sus líneas tan características.

Pocas personas saben que esta diadema porteña alberga un dormitorio y que en el último nivel se colocó un gran telescopio para la observación estelar; que la terraza que la circunda luce dos estructuras de hierro que representan, en escala, la Puerta del Dragón de la Finca Güell, en Barcelona, España, diseñada por Antonio Gaudí. Los ornamentos que se observan son réplicas exactas de los que embellecen la Casa Battló, otra magnífica creación del arquitecto español.

¿Cómo imaginar tanto simbolismo acumulado en una céntrica y ruidosa esquina de Buenos Aires? Sólo es necesario alzar nuevamente la vista hacia la cúpula para descubrir la respuesta que, en homenaje al genial Gaudí, aparece escrita en catalán: NO HAY SUEÑOS IMPOSIBLES.

1 de julio de 2007

La agonía del Dante

Edición N° 6

¿Qué pensará al verse así?

En la Edad Media, nadie supuso —ni siquiera él lo imaginó— que su obra maestra de la literatura mundial, La Divina Comedia, lo convertiría en el más famoso poeta florentino italiano de todos los tiempos y que su rostro se multiplicaría eternamente en cada lugar de la Tierra.

Aquí, apenas puede leerse su nombre... Demasiada es la desidia y terrible es la violencia ejercida sobre el recuerdo de quien, a través de la perfección, buscó alcanzar la felicidad humana y divina. Su joven alma atravesó el Infierno y el Purgatorio, acompañada por Virgilio, y llegó al Paraíso de la mano de su amada Beatriz.

Pero Buenos Aires, mezcla de caos y de gloria, de condena y de salvación, muestra la imagen craquelada y destrozada del Dante, que agoniza sin piedad, sometida al castigo de quienes parecen haber emergido del mismísimo Infierno.

30 de junio de 2007

Caminar por...

Edición N° 5

Buenos Aires no quiere que se la compare con otra; pero, a veces, es inevitable.

Si no fuera por el acento porteño de los transeúntes, el Boulevard Caseros podría ser cualquier callecita de París con sus románticas farolas, su verde arboleda y su arquitectura inconfundible. Cinco son las cuadras que atesoran esta postal urbana, justo en pleno corazón del Casco Histórico de la ciudad, allí, donde se cruzan San Telmo, Barracas y Constitución. Entre fresnos y tipas, los adoquines grises y las baldosas cálcareas rojas de las veredas invitan a caminarlas de punta a punta. Casi sin pestañar, vale la pena contemplar, durante todo el trayecto, los ornamentos de las fachadas y de las puertas que asoman desde las viviendas separadas por el boulevard.

Quizá, al final del recorrido, hayas tenido la sensación de caminar simultáneamente por dos ciudades muy distantes, pero con un toque similar...

29 de junio de 2007

León asesino

Edición N° 4

Escondido entre la flora, asoma el bronce más espeluznante: representa la lucha de una fiera con un hombre. Las garras del león se estampan en la frente del joven y una de sus manos queda atrapada en las fauces del feroz animal...
Las historias de amor se destacan por el dramatismo que desatan en algún momento de su existencia. Y las lágrimas son el camino seguro a un final feliz o desdichado. Eso lo aprendió, del modo más cruel, la joven hija del millonario Eustaquio Díaz Vélez, un hombre terriblemente apasionado por los leones. Su admiración por estos felinos llegó a tal extremo que hizo traer de Europa dos ejemplares para tenerlos sueltos en el parque de su mansión y, en ocasiones, encerrados en las jaulas que especialmente mandó construir.
Corría el año 1930 cuando la hija de este hombre poderoso y adinerado organizó una fiesta de compromiso en la mansión de estilo francés que aún se mantiene en pie sobre la Avenida Montes de Oca al 100. Mientras los invitados festejaban el acontecimiento, misteriosamente uno de los leones escapó de su jaula y acabó con la vida del flamante novio. Ante tanto desconsuelo, tiempo después, la muchacha se suicidó, destrozada por la muerte de su prometido. Cuenta la leyenda que por las noches se escuchan llantos, presumiblemente de la joven que busca a su amor más allá de la muerte...
Eustaquio Díaz Vélez se deshizo de los leones. Sin embargo, su atracción por estas fieras era tan fuerte que mandó tallar varias cabezas de felinos sobre las arcadas de las puertas de entrada de la mansión e hizo colocar estatuas alusivas entre la flora del parque.

Coloso olvidado

Edición N° 3

En la esquina sur de Bernardo de Irigoyen, en su intersección con la Avenida de Mayo, se encuentra la enorme casona Gregorini, de 1903, de estilo italianizante, actualmente en terrible estado de abandono.

Cubierto por la suciedad y rodeado de pintura colorida que lastima la belleza original de la antigua pared de piedra, emerge, musculoso y fuerte, este escultural coloso de mármol. El hombre carga en las espaldas la piel de un león; trofeo obtenido por su fuerza y por su valentía. Sin duda, es una representación magistral del poder del hombre sobre la bestia.

Y pensar que frente a su imponente figura, hoy despojada del brillo de antaño, desfilaron presidentes, cortejos fúnebres llorados por multitudes y sucedieron las revoluciones más importantes de nuestra historia...

28 de junio de 2007

El esqueleto

Edición N° 2

En La Boca hay alguien que observa pasar la vida desde la ventana que da a las vías del ferrocarril. Acompañado por un cigarro, asoma su figura tímidamente desde las alturas.

Se aloja en un conventillo que no desentona con otros tantos esparcidos en el barrio desde fines del siglo XIX. Sin embargo, en la década del 80, el lugar se encontraba en estado casi irrecuperable. Dos artistas plásticos se hicieron cargo de él y lo reciclaron para fines culturales.

Marjan Grum, de origen esloveno, llegó al país en 1949 y se dedicó al estudio de las bellas artes. Tiempo después, se casó con una artista plástica que hoy preside la Asociación de Artistas Plásticos de Caminito, en La Boca. Ambos alojan al misterioso y huesudo personaje en este pintoresco conventillo devenido en centro cultural.

Café "Los Galgos" (Lavalle y Callao)

Edición N° 1

Empujo la puerta vaivén y escapa el aroma a café. Al cerrarse, el bullicio y el ruido ensordecedor de los automóviles sobre la arteria agitada desaparecen a mis espaldas. El silencio invade el salón, impregnado por el olor penetrante, intenso, en ocasiones combinado sutilmente con el dulzor del azúcar o la acidez de la leche. Miradas invasoras vigilan los movimientos de mis pies, que van de una a otra parte, perdiéndose entre los pequeños laberintos definidos por veintisiete mesas cubiertas con lienzos cuadrillé y manteles color aceituna o simplemente desnudas. Apretujada y adosada a una vasta superficie espejada me espera la minúscula mesa original, de madera, recubierta con fórmica al tono. La fluorescencia entubada que desciende del fúnebre marrón del cielorraso ilumina las tres sillas angostas de estilo Thonet que le hacen compañía. Una de ellas me invita a descansar en su regazo. Sobre la mesa, modesto, el servilletero de plástico blanco publicita, con letra azul cursiva, una famosa cerveza que ya no es de fabricación nacional. Asfixiados en el fondo, los papelitos semitransparentes, comprimidos y arrugados, ejercen presión para salir.
Siluetas dispersas se multiplican por decenas en los grandes espejos enmarcados con una fina pero avejentada carpintería tallada en roble de Eslavonia, que recubre casi la totalidad de las paredes del bar. Bonitos percheros de metal noble coronan a los gigantes inmóviles y rígidos, condenados, desde épocas remotas, a revelar los sentimientos ajenos. Algunos brillan como hace setenta y siete años; en otros, afloran picaduras como profundas heridas.
Un hombre mayor apresura el paso ante mi presencia. Botones del tamaño de monedas de plata resplandecen en la blancura inalterable de la casaca adherida a los hombros huesudos y la espalda encorvada, desgastados por el ajetreo. La cabellera sobreviviente, la piel morena, la mirada inquieta y los surcos marcados en el rostro invitan a la comunicación gestual; pero un hilo de voz pregunta: "¿Si?". Intuyo lo que quiere y hago mi pedido: té con limón y la infaltable medialuna de manteca. Al mínimo pestañeo, el mozo se esfuma y aparece junto al mostrador principal.
La espera permite escarbar en el entorno y en su inalterable aspecto original. Entre flora y fauna fileteadas, un cartel proclama: "1930-2005. BAR Los Galgos. 75° Aniversario". La misma leyenda aparece en la espaciosa placa metálica que duerme desde hace dos años en lo alto de la pared interna de la entrada principal, justo allí, donde Callao y Lavalle enlazan sus brazos asfálticos para acunar a este notable de la ciudad. Desde un horizonte imaginario, las historias campestres brotan de las cartulinas enmarcadas y esparcidas en los muros del porteñísimo bar: gauchos de labios abultados y carnosos, morenos hasta las plantas de los pies, charlan alrededor de fogones ardientes; mientras que los caballos dientudos, con ojos reventones, relinchan y corcovan por el rebenque alocado. Los entrañables personajes de la Pampa Húmeda imaginados por Molina Campos comparten espacio y aromas con las estampas inglesas de galgos humanizados, vestidos con ropaje victoriano y finos trajes negros, que parecen olfatear, con sus hocicos alargados, la fragancia dominante del grano tostado que pasea entre las mesas enfundadas de género verde. Cerca, un cuadro multicolor de grandes dimensiones representa una de las tantas instantáneas del lugar.
Sobrias e imposibles de ignorar asoman detrás del mostrador las delicadas líneas de la boiserie arrimada al ocre que maquilla la pared. Motivos florales, hojarascas y columnas labradas emergen como tatuajes en las tablas que revisten a los castigados espejos empeñados en exponer reliquias y pociones mágicas. Jarras de pura plata destellan por doquier. Una radio encendida en la voz de Gardel, la balanza crema y un par de banderas patrias se entremezclan con la ginebra, el whisky, el vodka e infinidad de bebidas espirituosas, que, con etiquetas vetustas selladas a envases cristalinos o color ámbar, aguardan, estáticas y desesperadas, sosegar las penas de almas errantes. En lo alto del mueble, dos colosales y lustrosas estatuas de porcelana —a la derecha, la blanca y a la izquierda, la negra— permanecen inertes. Sospecho que arribaron de Asturias, como su primer dueño: un amante de la caza y de las carreras de perros. Finos, excepcionalmente largos, esbeltos y musculosos, los fieles galgos montan guardia con la mirada clavada hacia la entrada por Callao, justo frente al antiquísimo Colegio Del Salvador y al sinuoso Pasaje Discépolo. Desde que en 1948 la familia Ramos compró el entonces almacén y bar, los mantuvo allí, eternizados.
Ahí viene Martín, con sus años y mi pedido a cuestas. Como eximio jugador frente al tablero de ajedrez, despliega su habilidad sobre la fórmica. Las piezas de porcelana dan inicio a la partida. Primero, un plato reluciente acaricia la superficie y la taza blanca, pulcra y vacía, descansa en él. Cuidadosamente, recuesta a un lado el delgado y refulgente acero inoxidable que girará atolondrado para unir el agua teñida por la hierba amarga con la dulzura blanca, por ahora, apelmazada en sobres impresos con la nostálgica imagen de dos canes flacos. A la derecha de la mesa, deposita un plato pequeño y el envoltorio amarillo rabioso que informa la procedencia del té encerrado en el diminuto fieltro. En otro ángulo, posa la tetera de porcelana. Adentro, el agua arde. Mejor no tocarla. Herida de muerte por el corte transversal del cuchillo, la rodaja gruesa de limón asemeja la rueda de una bicicleta, con los rayos que unen el eje con la llanta. El insignificante plato playo hace malabarismo y logra contenerla. Finalmente, acomoda el vaso de agua fresca y la medialuna dorada, que seca su sudor en el papel que oculta a la añeja base de porcelana.



"Bar con estilo francés, a semejanza de los de Montmartre, que se conserva intacto hasta hoy", evoca una lámina vidriada junto a la barra. Diseminadas en recortes periodísticos adheridos a puertas, ventanas y columnas, las historias dan rienda suelta a la memoria. La fotografía en sepia de 1956 atestigua que sólo desapareció el gran cartel publicitario que cubría la parte superior de la fachada. Respetuosa, la modernidad no tuvo el descaro de pispar intramuros. Como capilla bendita, la radio de madera y botonera dorada del año 31 continúa allí. Ya no funciona, pero ostenta su belleza única e irrepetible, y se da el lujo de competir, en antigüedad, con el calefón a palanca que, a pocos metros de distancia, calienta motores. Escondida en un rincón, la pesadísima máquina registradora, moldeada en acero puro, observa celosa la carcasa plástica gris y blanca, encargada de realizar el trabajo que ella desempeñó, con vigor y dinamismo, desde 1930 hasta no hace mucho tiempo.
En setenta y siete años, el amplio mostrador principal, devenido en muralla infranqueable entre los visitantes y los objetos atesorados en la boiserie, fue el único que transformó su fisonomía: la podredumbre lo destrozó y la fórmica, resistente y difícil de doblegar, cubrió prolijamente su lomo. Sobre la superficie, y a la vista de todos, se yergue un taxímetro verde oscuro, mutado en velador, que pavonea su banderita LIBRE al rojo vivo. Portarretratos, remembranzas transformadas en palabras, masitas, alfajores, facturas, sandwiches, frutos de estación y el fulgor de las bandejas plateadas conviven con los artefactos que aceitan los engranajes del bar: la máquina de café, la caja tostadora, la juguera y, más allá, la agotada cortadora de fiambre. Magnífico, estilizado y de una hermosura inigualable, el grifo "cuello de ganso" es la pieza más fascinante de la barra. Impoluto y brillante, el mutilado animal de bronce dejará fluir el agua tantas veces como sea necesario.

Frente a mí, la negrura del té ahora es anaranjada y la taza vaporea perfume de limón. Fundido el azúcar, los galgos estampados quedan hechos bollos de papel. Mi boca acaricia la loza tibia y se vuelve agridulce.
"¡Siete con cincuenta!", grita Martín, desde la otra punta del bar. A lo lejos, unos dedos delgados teclean el número con paciencia. Flaco, pálido, de gráciles cabellos plateados, cejas prominentes, ojos hundidos y labios como pincelada fugaz, Horacio Ramos rinde culto —como sus hermanos, Alberto e Inés— a la rutina paternal iniciada cincuenta y nueve años atrás. Envuelto en la histórica chaqueta azul marino, con camisa y corbata al tono, atiende, fervoroso, las tareas de la barra. Sacrificios, más que años, marcan a fuego su cuerpo, que manifiesta los rasgos típicos de los nacidos para trabajar. Los hermanos Ramos son joyas de la historia porteña, testigos privilegiados de una Buenos Aires que ya no es.
Afuera, una gacetilla adherida al vidrio frena la marcha de un joven peatón de la calle Lavalle. Cuenta que, en sus orígenes, este sitio fue un tunal y, luego, los jesuitas lo trabajaron hasta que fueron expulsados. Loteado el terreno, se erigió la residencia de la familia Lezama, que devino en local de venta de máquinas de coser y en farmacia antes de convertirse en el café que divide y une a dos queridos barrios: Balvanera y San Nicolás. Adentro, la imaginación de un caballero de mediana edad traspasa el ventanal y se extiende más allá de Callao, para internarse ansiosa en la curvatura del ex pasaje Rauch, como buscando vestigios del primitivo riel que en 1857 soportó la herrería pesada y humeante de "La Porteña". Sin embargo, apenas cruza la calle, el vidrio le devuelve la imagen de la encantadora peatonal bautizada con el nombre de un antiguo y distinguido habitué del bar: don Enrique Santos Discépolo. El ritmo agobiante de la ciudad gris y el gélido otoño escurrido entre los transeúntes le indican que es hora de regresar. La música golpea sus oídos a través de los auriculares modernos y dos pantallas infrarrojas a gas le dan el calor necesario para hundirse aún más en la menuda silla que lo cobija y, así, volver a soñar.
De pronto, el chirriar de las bisagras. Entran visitas. Es Gipsy y su acompañante. Sólo estarán aquí algunos minutos contados por reloj. El pelo marrón cortito con algunos toques blancos, sus delineados ojos saltones y su cuerpo rollizo la delatan ni bien atraviesa la entrada. Casi oculto entre la gordura, luce el habitual collar oscuro con el nombre y teléfono grabados en mayúsculas rojas sobre la acerada lámina gris, por si acaso... Un morocho pomada, entrado en años, la escolta y se acerca al mostrador. Saluda con gran sonrisa y susurra: "Lo de siempre". Parado, con medio cuerpo recostado sobre la barra, abre el diario y se zambulle en la segunda página, a la espera del pedido. Ella lo mira embobada. Apiladas milimétricamente en un diminuto bol de aluminio asoman las bolitas color vino tinto, salpicadas por una lluvia de granitos blancos. Gipsy agudiza los cinco sentidos. El hombre, con puntería certera, lanza los misiles salados dentro de ese túnel espacioso que se abre mecánicamente entre tanto cachete. Uno, dos, tres, cuatro... Suficiente. Un seco chasquido sale de mis dedos y la bolsa de huesos envejecidos, forrada con carne, pelos y dueña de un par de ojos tamaño huevo frito, se acerca sigilosamente. Suave al tacto, la acaricio con ternura. Atontada, en trance por el excesivo manoseo, cae lentamente sobre dos de sus cuatro patas. Despreocupada, apoya la abultada anatomía en las frías y desgastadas baldosas calcáreas. Gipsy observa atentamente a la muchedumbre, hipnotizada por el apabullante sonido que se cuela por el chanfle de la entrada. Al décimo minuto, el morocho emprende la retirada. Ella lo sigue. Antes de marcharse, echa un vistazo al jovencito, bien trajeado, que engulle sin reparos un trozo desmesurado de tostado. Un cartel de chapa dorada y letras rojas alerta: "Por ordenanza municipal, no se aceptan devoluciones de masas y sandwiches".
Hombres y mujeres solitarios sueñan su futuro, acurrucados en la tranquilidad que inunda el bar. Filósofos ignotos reflexionan sobre el origen del placer que emana de las entrañas del pocillo de café. Estudiantes silenciosos leen con paciencia los fragmentos de célebres batallas ganadas por compatriotas envueltos en insignias celestes y blancas. Besos robados a espaldas de humildes trabajadores sellan pasiones y promesas de amor eterno. Todos convergen en la intimidad de la tradicional ochava. Antaño, escenas similares, fundidas con la presencia de ilustres artistas, como Enrique Santos Discépolo, Aníbal Troilo y Enrique Cadícamo, hallaron refugio entre las paredes espejadas. Otros personajes, con aires presidenciales, como Arturo Frondizi, Raúl Alfonsín y Carlos Menem, dejaron de lado las ropas del poder para hundirse en la bohemia escondida tras las ventanas.
Bajo la mirada. Blanca quedó la taza. La esencia del limón se disipó. En la lejanía, el badajo repiquetea con viveza las campanas del templo jesuita. Ya es hora de sumarme a los abrigos y a los pasos rápidos que caminan la acera de la legendaria avenida. Recostados en la mesa, billetes y monedas anuncian el adiós. Ojeo por última vez la boiserie, que ahora devuelve mi figura entre los cuellos angostos de las vasijas de vidrio. Seducida por tanto pasado, dejo atrás la puerta vaivén jurando volver.

Autora: Andrea V. Amor