19 de febrero de 2010

Casa Calise (Hipólito Yrigoyen 2562)

Edición N° 55

Por su mudez congénita, ¿qué otra cosa pueden hacer las fachadas que no sea hablarnos en el idioma del silencio, desde su rigidez y a través de sus formas? Si tuvieran el don de la voz, gritarían sólo para llamar la atención y sentirse miradas, especialmente aquellas que han cargado con el mismo rostro durante más de cien años. Recurramos, entonces, a la memoria escrita en estas paredes frontales para comprender por qué despertaron tanta fascinación a comienzos del Siglo XX, cuando Buenos Aires se jactaba de ser la ciudad más bella de Sudamérica, la más europea del extremo sur.

Desperdigadas en barrios con marcadas diferencias sociales entre sí, las fachadas nos dan una idea global del perfil ansiado por la ciudad a partir de 1900, donde no era extraño que una casa de familia luciera como un auténtico palacio real. Un claro ejemplo de esos frontis ostentosos lo podemos encontrar en una centenaria casa de rentas de la zona del Once, a pocos metros de la Avenida Rivadavia y muy cerca de la Plaza Miserere.

Bautizada con el apellido de su dueño, la Casa Calise iguala o supera en belleza a las fachadas señoriales de los vecindarios más pudientes. El frente de este edificio de 1750 metros cuadrados, distribuidos en tres cuerpos y un par de locales, es la expresión más fidedigna del art nouveau logrado por el talentosísimo arquitecto italiano Virginio Colombo. Como no podía ser de otra manera, junto con las texturas y los colores utilizados, su impactante ornamentación escultórica muestra una armonía perfecta desde la cúspide hasta la finalización del muro contra la vereda. Los motivos naturales, compuestos por guirnaldas de flores, plantas y racimos, así como los rostros femeninos, predominan en la parte superior del edificio, aunque estos últimos también pueden observarse próximos a las fantásticas cabezas de leones que asoman desde los balcones más cercanos a la acera. Simulando ser fortísimos atlantes, una serie de cándidos querubines acogidos en lienzos decoran el sector inferior de las ventanas principales, y otros semejantes juguetean con los géneros en el ápice del edificio.

De punta a punta, la fachada parece estar en constante movimiento, no sólo por la más de una docena de estos pequeñitos suspendidos a tanta altura, sino también por las enormes siluetas femeninas aferradas a la pared con una naturalidad desconcertante. Al ver la sinuosidad y las posturas de los cuerpos, me cuesta creer que jamás fueron reales… Pero lo que hipnotiza y genera curiosidad es el hermosísimo grupo escultórico central que corona la edificación con una escena que para algunos supone una crucifixión por encontrarse incrustada justamente entre ejes perpendiculares. Sin embargo, aguzando la visión, no presumo otra cosa que la representación del amor en la imagen de un hombre y de una mujer aferrados a una gran antorcha encendida, atrapados en un remolino de paños blancos que, como si fuera viento, los eleva triunfantes hacia el cielo. ¡Es tan subyugante su estética que cuesta quitarle los ojos de encima! Varios metros abajo, casi al ras de la vereda, unos raros elementos decorativos dan forma a las dos puertas principales de entrada y complementan a este frontispicio sobrecogedor. Son los nautilus, una especie de moluscos que el arquitecto Colombo solía repetir en varias de sus construcciones y que aquí aparecen modelados en hierro y enlazados con hojas, flores y estrellas de mar.

A simple vista, la Casa Calise logró mantener intacta su fachada, nacida en épocas donde la mejora económica y social transformó a Buenos Aires en una metrópoli. Sin embargo, en las décadas siguientes -siempre en nombre del adelanto y del ansiado bienestar- decenas de ellas fueron demolidas junto con las edificaciones o mutiladas por las nuevas tendencias arquitectónicas. Tiempos peligrosos son los actuales para estas caras centenarias, acosadas cada vez más por las innovaciones del diseño urbano y el continuo crecimiento inmobiliario. Tiempos en los que el progreso y el sueño cumplido de otros puede quedar reducido a una simple montaña de escombros.

31 de enero de 2010

Tramway histórico

Edición N° 54

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Yo no había nacido para la época en la que los tranvías circulaban por Buenos Aires. Nada más lejos, entonces, que recuerde y añore los viajes en esos convoyes que unieron distintos poblados de la vieja ciudad durante prácticamente un siglo. Pero eso no me impide afirmar con certeza que, junto con el ferrocarril, el tranvía fue uno de los medios de transporte imprescindibles para las comunicaciones dentro de la urbe porteña y ayudó, además, a acortar las distancias con las jurisdicciones vecinas que hoy conforman lo que conocemos como Conurbano y Gran Buenos Aires.

Para aprender un poco más sobre el papel primordial que este vehículo cumplió en nuestra ciudad, nada mejor que subirse a uno de ellos y vivir la experiencia de dejarse llevar con su traqueteo. Pero, hete aquí el problema: el último tranvía dejó de funcionar oficialmente en la Ciudad de Buenos Aires el 19 de febrero de 1963. ¡Imposible encontrar uno!, menos aún en medio del alocado y cada vez más insoportable tráfico porteño. A no desilusionarse… Gracias a la Asociación Amigos del Tranvía, desde 1980, los sábados, domingos y feriados se puede hacer un pequeño recorrido turístico gratuito en los antiguos tramways que parten de la esquina de Emilio Mitre y José Bonifacio, en el barrio de Caballito. Hacia allí voy para comenzar esta historia…

La aparición del tranvía en suelo capitalino data de 1863, cuando la tracción a sangre facilitaba el desplazamiento de los convoyes sobre una red de vías diagramadas en el empedrado. Primeramente, se ideó para trasladar hacia el centro de la ciudad a los pasajeros que utilizaban los dos ferrocarriles existentes por entonces, el del Norte y el del Oeste, pero luego se extendió su uso para todos los habitantes. Las empresas que brindaban el servicio de pasajeros se distinguían entre sí por el colorido de sus coches, los cuales, a su vez, presentaban dos modelos: las “jardineras”, coches abiertos y con cortinados para el verano, y las “cucarachas”, coches cerrados para la época invernal. Hubo que esperar treinta y cuatro años para que Buenos Aires contara con su primer tranvía eléctrico y estableciera su primera línea completa, que llegó hasta el barrio de Flores.

A principios del Siglo XX, fueron muchas las compañías que se disputaron la prestación del servicio, por lo menos una docena. Como era de esperar, la mayoría de esas empresas se fusionaron y para el año del Centenario cuatro eran las que dominaban el mercado: dos nacionales, la Compañía Lacroze de Buenos Aires y la Compañía Tranvías Eléctricos del Sud; una inglesa, Tranvías del Puerto y, sin duda, la más sobresaliente de todas: la Anglo Argentina, de origen belga, cuyos tramways recorrieron la ciudad durante más de cuarenta años. Tan esencial era el uso de los tranvías, que basta con decir que para la segunda década de 1900 llegaron a transportar, por año, más de seiscientos millones de personas en sus casi cien trayectos programados.

¿Qué sucedió para que estos monstruos sobre rieles desaparecieran de las calles de Buenos Aires como de un plumazo? Los colectivos y los taxis surgieron como nuevas alternativas de movilidad y saturaron el transporte público, y se convirtieron en la gran competencia para los tranvías, a los que se tachó de obsoletos. Otro factor estimulante fue la incapacidad de obtener repuestos y piezas para las máquinas como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Como corolario, y no sin razón, se atribuye a las malas políticas y a los infaltables intereses económicos la defunción de este transporte que actualmente sigue utilizándose en muchas ciudades del mundo por considerárselo ecológico y eficiente.

Subida a la formación 258 de la Compañía Lacroze, doy crédito a las palabras de aquellos que aún consideran a este medio de locomoción como uno de los mejores que tuvo Buenos Aires. A pesar de algunas fotografías en blanco y negro que ya auguraban como paisaje cotidiano la desdicha de viajar apretados hasta el límite, esas imágenes no parecen tan dramáticas como la que observo ahora desde la ventanilla. Me pregunto si el terrible caos vehicular que hoy padece la ciudad no se aplacaría con el retorno de los tramways y el rescate de cientos de kilómetros de rieles devorados por el asfalto. Sí… lo planteo con un toque de nostalgia, como si no fuera la primera vez que me subo a un tranvía.

30 de noviembre de 2009

¡Santos juguetes, Batman!

Edición N° 53


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Sábado a la noche. Como caleidoscopios, las marquesinas y los automóviles distorsionan sus colores luminosos en el horizonte de asfalto; las veredas empiezan a poblarse de caras solitarias, de grupos de amigos, de gente sin edad para la diversión. Cines, teatros, discotecas, restaurantes, bares, librerías y pequeños comercios atraen y pretenden entretener a la gran masa humana que deambula a contramano de medio mundo bajo las farolas de la Avenida Corrientes. Buenos Aires se prepara para no dormir.

Al mismo tiempo, en otro punto del centro porteño, otra ciudad está en peligro, aterrada por el accionar despiadado de un grupo de villanos. En señal de auxilio, un enorme reflector proyecta sobre los edificios la figura de un murciélago y la clava como a un puñal en medio del cielo. Sólo eso bastará para que el multimillonario e inocentón Bruno Díaz abandone la comodidad de su mansión para acceder al escondite subterráneo y transformarse en Batman, el enmascarado que, junto a Robin, restablecerá el orden y la paz en Ciudad Gótica. “¿Podrá el dúo dinámico ayudar a los tranquilos habitantes de Ciudad Gótica a acabar con el terror desatado por los supervillanos?”, pregunta la voz en off. Atrapada por la intriga y a la espera de que el enigma sea revelado, me uno a la hilera de pares de ojos hipnotizados por la pantalla gigante desplegada en el bodegón de comidas regionales que elegí para pasar mi noche de sábado. A pocas cuadras de la Avenida 9 de Julio, “La Morada” se empeña en revivir los años felices de nuestra infancia de la mano de personajes por demás amados y admirados; de protagonistas de historietas, de series televisivas, de ídolos eternos que dejaron huellas en la verdadera niñez, la de la inocencia.

Para todos aquellos que como yo aún llevan un niño dentro, recomiendo visitar este escondite culinario, esta especie de baticueva porteña que funciona como refugio de superhéroes de todas las décadas, de colecciones enteras de familias de muñecos, de álbumes de figuritas de todos los tiempos, de antiguas latas de galletitas dulces y hasta de los más variados envases de leche, esos mismos que compraban nuestras madres al lechero o en “el almacén de la vuelta” para prepararnos la merienda al regreso de la escuela. Y sí… ¡cómo olvidar esas tardes de barritas de chocolate sumergidas en leche caliente, de vainillas esponjosas, de tostadas untadas con manteca y dulce de leche mientras mirábamos en la televisión cómo Tom corría alocado a Jerry o cómo los héroes de entonces luchaban, a los tumbos, contra los malvados de turno! Si son de esa gente que se conmueve al toparse con un recuerdo de la niñez, pues, a sacar el pañuelo y a ponerse nostálgicos porque en este bodegón no hay más que eso, se mire hacia donde se mire.

Albergue de celebridades y reliquias infantiles que ya no pueden competir con la sofisticada tecnología de los videojuegos y de los dibujos informatizados, en papel o en material plástico “La Morada” atesora todo aquello que quisiéramos volver a tener: desde las antiguas figuritas deportivas “para jugar en la canchita” con fotos autografiadas de los jugadores de fútbol o los paquetes de figuritas brillantes de Blancanieves, Caperucita Roja y Pinocho hasta los sobrecitos de figuritas con olor a fruta, como las de Frutillitas, o de las redondas de cartón, como las de El Zorro. Si de colección de muñequitos se trata, los inigualables Chocolatines Jack hacen justicia con su recopilación de famosos. ¡No falta ninguno! Napoleón, Chaplin, Laurel & Hardy, Tarzán, Superman, el Capitán América, Batman, Robin, Batichica, el Pingüino, el Guazón, el Acertijo, el Hombre Araña, la Mujer Maravilla, el Increíble Hulk, He-Man, el Zorro, el Sargento García, el Chavo del 8, el Chapulín Colorado, Gaby, Fofó y Miliki, Heidi, el Abuelito, Pedro, Clarita y… ¡hasta Copo de Nieve tiene su réplica! Las estrellas locales como Mafalda, Felipe, Clemente, la Mulatona, Patoruzú, Patoruzito, Patora, Pampero, Calculín, Hijitus, Anteojito, Antifaz, Larguirucho, Pichichus, la bruja Cachavacha, el profesor Neurus, Gold Silver y su hijo Oaky, entre otros, también tienen en los estantes su lugar para la posteridad. Por supuesto, entre tanto souvenir infantil, bien vale una advertencia para los amantes del dibujo artístico: está totalmente prohibido utilizar las plasticolas ¡y ni hablar de sacar de la vitrina la cajita de fibras Sylvapen de doce colores!

Desde el otro extremo del local, hace rato que unos cachetudos sonríen tras el vidrio. ¡Es la Familia Telerín! Seguro que en cualquier momento me dirán que ya es hora de ir a la cama. Mejor, ni me acerco y miro otro estante. ¡No tengo escapatoria! Allí están, pegaditos unos a otros, varios Petete que también me mandarán a dormir. ¡Cómo olvidar el ritual de saludar a toda la familia apenas el orejudo daba “el besito de las buenas noches”! Por suerte, está cerca ese chico de Trulalá, que al pasar por adentro de su sombrero se convertirá en Super Hijitus y me sacará de esta situación. Espero que lo consiga, porque el gallo Claudio, el Coyote, el oso Yogui y hasta el ratón Jerry están ansiosos por delatarme. ¡Que ni se atrevan! ¡El hincha de Camerún no dudará en usar su hueso para defenderme!

Sonará a locura, pero disfruto en demasía perderme en estas fábulas infantiles. Muchos de esos juguetes viejos que ahora me rodean y con los que interactúo imaginariamente, tiempo atrás estuvieron entre mis manos y fueron la diversión diaria de mis primeros años de vida. A muchos de esos personajes estampados en un cartón, los conocí por primera vez a través de una pantalla de televisión donde ni siquiera había color. Sus hazañas, sus torpezas, sus sonrisas inmortalizadas y sus frases ingenuas crearon historias para mí tan creíbles como fantásticas, llenas de magia y de candor. Felizmente, nuestros inolvidables amigos parecen haber encontrado en este bodegón de comidas caseras un hogar acogedor para perpetuarse. ¡Qué mejor que un locro, un guiso de lentejas bien caliente o unas empanadas humeantes para sobrevivir a la frialdad de tanto nuevo superhéroe digitalizado!

27 de septiembre de 2009

A imagen y semejanza

Edición N° 52

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Jamás olvidaré a David, ese muchacho apuesto, de cuerpo fibroso, de cabellos ondulados y de perfil exquisito que me sedujo apenas crucé la puerta de entrada del museo. Sin titubear, me dio la espalda, se interpuso en mi camino como una muralla de músculos infranqueable, como un gigantesco obelisco humano. Aclaro que mi intención no es excusarlo, pero su poca caballerosidad nada tuvo que ver con la ausencia de buenos modales, sino más bien con que mover su blanco cuerpo de mármol de casi cinco metros de altura le es una proeza imposible de lograr. David no es real. Sin embargo, cada detalle de su infinita anatomía y la mirada penetrante de sus ojos lo bañan de vida y, por qué no decirlo, hasta me hacen pensar que tiene alma.

David no es otro que el David de Miguel Ángel, pero no el de Miguel Ángel, sino un calco que aloja la Escuela Superior de Bellas Artes de la Nación “Ernesto de la Cárcova” en su Museo de Calcos y Escultura Comparada. Demás está decir que la figura masculina reproducida de la original del célebre Buonarroti es la más llamativa en este centro artístico que atesora decenas de copias de otras esculturas tanto o más famosas que la del vencedor de Goliat. Llena de orgullo enterarse de que la mayoría de los calcos que exhibe el Museo llegaron a la Argentina como donaciones de diferentes países, una gran parte de ellos lo hicieron con motivo de la Exposición del Centenario de 1910 y otros conservan el extraordinario valor de ser las primeras imitaciones de las obras originales.

Gracias a sus calcos y a sus esculturas comparadas, el Museo creado por el eximio pintor argentino Ernesto de la Cárcova es el primero en su género en América del Sur y tiene el privilegio de cobijar en un mismo espacio réplicas de obras pertenecientes a los más significativos ámbitos culturales del mundo: del Museo del Louvre, del Museo de Berlín, del Museo del Vaticano, del Museo Británico de Londres, del Museo Nacional de Antropología de México y hasta de la antiquísima Acrópolis de Atenas, además de otros sitios custodios de la historia del arte de la humanidad. Bajo un mismo techo, las impactantes colecciones del arte asirio, egipcio, caldeo, griego, medieval, del Renacimiento, oriental y mesoamericano colman las tres modestas salas del complejo, desde las que viajamos, sin escalas, a través de los siglos.

Ya no hay excusas, entonces, para privarse de contemplar las maravillas artísticas que ofrecen los museos internacionales y mucho menos para seguir admirándolas sólo desde las páginas de las voluminosas enciclopedias ilustradas. Afortunadamente, diosas, dioses, reinas, reyes, guerreros, esclavos, vírgenes, ángeles y hasta animales mitológicos echaron raíces por estas tierras a pesar de sus marcadas diferencias cronológicas y geográficas. A pocos metros de la costanera del Río de la Plata, las civilizaciones antiguas que conocimos por primera vez a través de láminas y de textos escolares moldearon con su arte una vecindad de lujo en este pequeño pero impresionante museo porteño ubicado en la Avenida España 1701, muy próximo al flamante barrio Puerto Madero.

Observándolas detenidamente, las esculturas parecen revivir desde los fríos pedestales. Así, mientras el Moisés vigila con obsesión la puerta de acceso al museo, el colosal Lorenzo de Médici se pierde en su propia meditación. Desafiantes, el rey Salomón y la reina de Saba cruzan miradas con su vecina de enfrente, la Dama de Elche, que no duda en resaltar su hermosura con un fino conjunto de joyas ibéricas tallado en la piedra. A pocos metros, la Venus de Milo espía con sutileza a otras dos beldades: Palas Ateneas y Afrodita Genitrix, todo bajo la visión centinela de la cariátide del Erectión, ubicada bien alto en el fondo de la sala. Entre tanto, tras las inmensas alas de la Victoria de Samotracia, los torsos de Belvedere ─representando, quizá, a Hércules u otro dios─ y el de Dionisios demuestran que su masculinidad puede ser extraordinariamente bella aun con sus cuerpos mutilados. A sus espaldas, un grupo de guerreros evocan una escena extraída del frontón del Templo de Afaia, en Grecia, que deja como saldo a un luchador moribundo arrastrándose ante la actitud combativa de otro que cubre su cabeza con la piel de un animal.

Adueñándose de otro sector del museo, el rostro enorme de la diosa lunar mexicana Coyolxauhqui irradia un brillo fascinante desde la negrura de la piedra. Impresiona su tamaño, así como el minucioso tallado de la ornamentación en su cabeza. Muy cerca de ella, la figura de otro dios de la cultura mesoamericana aparece sigilosa: el Jaguar Rojo, felino cuyo original se destaca por la intensidad del color y por la imitación de sus manchas con discos de jade. Pero en este espacio no sólo habitan deidades americanas: sin necesidad de recorrer miles de kilómetros para unir continentes, nos encontramos con las imágenes de varios personajes adorados por otras civilizaciones, como por ejemplo Prajñaparamita, la diosa de la Sabiduría para el budismo, o con bajorrelieves que testimonian hechos trascendentales de antiguos imperios como el egipcio, con la Coronación de Seti I, enmarcada por un sinfín de jeroglíficos.

Tanta concentración de esculturas y calcos renombrados hizo del Museo de Ernesto de la Cárcova un sitio único en Buenos Aires, en nada parecido a cualquier otro museo de arte de la ciudad. Su patrimonio cultural es motivo de admiración tanto para quienes lo visitan por primera vez y descubren estas obras maestras del arte clásico como para los alumnos de la Escuela Superior de Bellas Artes, que utilizan las imitaciones de las célebres esculturas como modelos para el aprendizaje. Pero si hay un dato insólito en la reseña de este museo-escuela es el que señala que se erigió en lo que fue parte de un antiguo hospital de cuarentena veterinaria, en tierras pertenecientes al ex Balneario Municipal. Para el disfrute de muchos, a ochenta y un años de su inauguración, todavía sigue allí, velando por sus objetos preciosos, reunidos y guardados celosamente en uno de los rincones más secretos del mapa porteño.

30 de agosto de 2009

A la Rosa de los Vientos...

Edición N° 51

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De nada sirve que el parte meteorológico pronostique sol o escasas nubes para los últimos días de agosto; tampoco que seamos fervientes católicos o abracemos con pasión el agnosticismo. Para estas fechas, todos cumpliremos a rajatabla con la tradicional ceremonia de mirar de reojo al cielo a la espera de que, de un momento a otro, el fenómeno suceda. Sólo bastará un relámpago, una línea delgada de luz que quiebre el horizonte, para que repitamos como autómatas que "se viene Santa Rosa”.

Incorporado definitivamente al calendario climático nacional, a fines del mes de agosto, los porteños aguardan con atención el hecho místico-natural de la tormenta de Santa Rosa, que con cierta regularidad se repite año a año, previo a la llegada de la primavera. El origen de la leyenda se remonta al Siglo XVII, pero, curiosamente, no aconteció a orillas del río color chocolate que filetea la silueta de Buenos Aires, sino en las playas del Océano Pacífico, muy cerca de la ciudad peruana de Lima.

Dice la tradición, que en 1615 un grupo de piratas holandeses pretendió desembarcar en las costas de El Callao, con el objetivo de apoderarse de la actual capital del Perú. Sin embargo, una furiosa tormenta impidió que sus barcos tocaran tierra y los obligó a retirarse, por lo cual la salvación de Lima quedó asegurada. Todo este encadenamiento de buenos sucesos fue atribuido a los rezos de una jovencita llamada Isabel Flores de Oliva, más conocida en aquel entonces como Rosa, nombre que recibió a los pocos meses de nacida, cuando en una noche de desvelos vieron su rostro convertido en esa bella flor. Sus milagros y la devoción de la gente bastaron para que, luego de su muerte, fuera proclamada como la primera santa de América y la patrona del Perú, adoptando la denominación de “Rosa de Lima”.

Si bien hay voces que aseguran que la famosa tormenta nada tiene que ver con lo religioso, lo cierto es que ya no sucede con la violencia de aquellos tiempos y hoy es sólo un conjunto de factores meteorológicos ─fuertes vientos y lloviznas leves─ que anuncian la proximidad del equinoccio de primavera en el Hemisferio Sur. No obstante, cada 30 de agosto, en coincidencia con la festividad de Santa Rosa de Lima, el mito revive en la ciudad de Buenos Aires, más precisamente en el barrio de Balvanera, donde las distintas comunidades latinoamericanas se congregan ante la preciosa basílica situada en la avenida Belgrano al 2200 para venerar, en colorida procesión callejera, a la joven limeña de los milagros. Entre agradecimientos y plegarias, cientos de gargantas emocionadas acompañan la liturgia proclamando a viva voz su nombre, mientras un sinfín de manos perdidas entre pétalos de rosas se elevan hacia el firmamento como implorando una última señal, incluso aquella capaz de desatar la más feroz de las tempestades.

23 de julio de 2009

La cúpula más grande

Edición N° 50

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Elevada a ochenta metros de altura desde la terraza del Palacio Legislativo, la superestructura de inconfundible tono verdoso engalana el cielo de Buenos Aires desde hace más de cien años, exactamente desde 1906. La historia cuenta que allá por 1895, el ingeniero italiano Víctor Meano, responsable de esta obra colosal, entendió como nadie la grandiosidad que el edificio del Parlamento debía mostrar e ideó un remate cupular de dimensiones monumentales, que sobresaliera, imponente, en una ciudad en la que predominaban las construcciones bajas. Para Meano, no era una novedad el significado de las cúpulas, por eso combinó el prestigio, el poder y la autoridad que ellas representan con un diseño particular e inusual de bóveda -más bien esbelta y alejada de los domos tradicionales de fines del Siglo XIX- para que desde la lejanía causara un fuerte impacto asociado a la perspectiva.

Para quienes tuvimos la fortuna de recorrerla, la cúpula central del Congreso es una joya tallada a la perfección, tanto de cara al cielo como en su interior. Tan así es, que les puedo asegurar que la sorprendente arquitectura encerrada tras ese precioso caparazón verde dejaría estupefacto a más de uno, al igual que el deplorable estado edilicio al que ha llegado esta maravilla construida hace más de un siglo.

Alzarse hasta la cúspide es una invitacíón a escaparse momentáneamente de lo contemporáneo para entrar en lo más oculto del pasado. La meticulosa conexión de escaleras internas que posee la cúpula no sólo es el único medio para adentrarse en este túnel del tiempo en pleno corazón de Buenos Aires, sino también el elemento fundamental para descubrir, poco a poco, la tarea formidable que demandó su construcción. Resulta imposible, entonces, negarse a la aventura de pisar los escalones de cemento teñidos de óxido que conducen al primer descanso dentro de la cúpula, compuesto por un balcón circular, donde mirar hacia arriba o hacia abajo causa la misma admiración. A pesar de la suciedad y de la falta de mantenimiento notorios en derredor, desde allí puede verse la superficie cóncava de la bóveda -con signos avanzados de humedad y el desprendimiento de algunos ornatos- así como el lugar exacto del que pende, a sesenta metros de altura, la bellísima araña de bronce de dos toneladas de peso, sin duda, la más imponente del Palacio.

Como contraposición, la sensación de vacío bajo mis pies es espeluznante. Asomarse desde el balcón circular es lo más parecido a ser succionado por un lujoso embudo gigantesco: la distancia multiplicada sin cesar hasta el piso, atravesando el bellísimo artesonado del intradós de la cúpula y las veinticuatro esculturas de tres metros cada una que adornan la base del tambor, no me deja mentir. Pero hay un dato que, sabiamente, los historiadores de 1900 dejaron apuntado para entender mejor la hazaña que requirió semejante obra y que, de sólo imaginarla, apabulla aún más que lo ya visto. Cuentan que “la construcción de la gran cúpula central ha sido un trabajo notable de ingeniería; sólo los cuatro pies o pilares en que reposa tienen una superficie total de trescientos metros cuadrados de granito. Para afianzar esta cúpula y aguantar su enorme gravedad de treinta mil toneladas, ha habido que hacer, excavando en el suelo hasta diez metros más abajo al de la calle, otra cúpula al revés, también de piedra, que bajo los pies se ve como un enorme medio huevo, dando vértigo observarlo”.

Tal paralelismo incentivó aún más la subida hasta la cima para comprobar la excelencia del proyecto diseñado por Meano. Una escalera similar a un tirabuzón me guía ahora desde el balcón circular hasta los peldaños de metal empotrados entre la bóveda interna de cemento y la externa de cobre, que culminan frente al secreto mejor guardado de esta megaestructura: la fantástica y soberbia armazón de acero que da origen a la cúpula; un verdadero laberinto metálico que denota el minucioso entramado arquitectónico. Justo sobre la curvatura final del domo, se accede al primer balcón externo, embellecido en su circunferencia con cuatro hojas de cobre de gran tamaño que, a modo de libro abierto, exhiben los orificios dejados por la lluvia de disparos lanzada desde los aviones militares durante la Revolución de 1955. Mejor suerte corrieron los voluminosos leones alados que se elevan justo sobre mi cabeza, ya que, a simple vista, no acusan recibo del maltrato de los proyectiles al que fue sometida la estructura. Aquí arriba, los detalles decorativos de la cúpula impresionan por su tamaño auténtico: las líneas curvas que se ven desde la vereda son, en realidad, una secuencia infinita de redondeles voluptuosos, y los cinco círculos que contiene cada hilera no son otra cosa que unos tremendos ojos de buey, utilizados para iluminar la bóveda en fechas patrias o en ocasiones especiales. Continuando el ascenso, una escalera angosta me abre el paso hasta el balcón más alto de todo el edificio, un verdadero desafío para el vértigo. Como suspendidos en el firmamento, cuatro globos de vidrio violáceo -algunos rotos y otros manchados de óxido- sirven de base para el cobre que se afina hasta concluir en un pararrayos.

Desde la cúpula más grande de Buenos Aires, la ciudad no parece real, sino una metrópoli imaginaria montada con diminutos ladrillos plásticos de un juego de encastre para niños. En esta maqueta a escalas mínimas, la Avenida de Mayo es apenas una raya asfáltica de escasos centímetros, bordeada de pequeñísimos árboles que culminan su recorrido frondoso en la Plaza del Congreso, esa lengua larga y anaranjada con ansias de deglutir a quien la pise. Desde una perspectiva impensada, las ingentes aspas de la Confitería del Molino se desvanecen con el tono tiza de las construcciones sobre la avenida Callao, y en la torre escuálida, los estropeados apliques dorados chispean apenas los roza la luz solar. Perdido entre carteles publicitarios y edificaciones, el obelisco porteño alza su silueta como la punta afilada de un delgado lápiz blanco, mientras el agua amarronada y serena del Río de la Plata traza una pincelada fugaz en un horizonte semiazulado. En la lejanía, secundada por los característicos monoblocks de la zona, la torre del Parque de la Ciudad simula una estilizada aguja de hormigón clavada en una almohadilla de edificios. Kilómetros y kilómetros de piedra, cemento y arena se extienden ante mis ojos de gigante. Allá abajo, personas y vehículos pelean estratégicamente por una porción de ciudad y se mueven como fichas en un tablero, serpenteando tanta vastedad hormigonada. Así es como se ve lo cotidiano, lo diario, lo rutinario desde la majestuosa cúpula del Congreso...

30 de junio de 2009

La historia sobre cuatro ruedas

Edición N° 49

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Como todo invento revolucionario, el automóvil marcó un antes y un después en la historia del transporte, e hizo del hombre el partícipe y testigo natural de su evolución. Desde el primer vehículo propulsado a vapor, ideado en 1769 por el francés Nicholas Joseph Cugnot, con llantas de hierro y ruedas de madera, hasta el Ultimate Aero, el auto más rápido del mundo, con una velocidad máxima de 434 kilómetros por hora, el automóvil ha logrado mantener intacta esa aptitud para embelesar y perturbar los sentimientos de los mortales, hasta el punto de convertirse en su objeto de mayor deseo. Así lo entendieron el ingeniero alemán Karl Benz, pionero en el desarrollo de la industria automotriz mundial, y Henry Ford, el más exitoso fabricante de autos de los Estados Unidos; pero también todos aquellos que subidos a carros anticuados o modernos vieron trocar sus vidas comunes en leyendas y en mitos, algunos escritos con la pluma blanca de la gloria y otros con la tinta roja de la tragedia. Aunque suene descabellado, parte de esa historia y de esos acontecimientos que la humanidad produjo sobre cuatro ruedas, hoy puede visitarse en el Museo del Automóvil de la Ciudad de Buenos Aires, ubicado a pocas cuadras de la Avenida Gral. Paz, en el barrio de Villa Real.

Como si se tratara de una señalización vial, sobre la calle Irigoyen 2265 un auto de competición pende a varios metros de la vereda e indica que allí se encuentra el templo en el que comulgan los amantes incondicionales de los “fierros” y en donde más de un aficionado al rubro automotor quedará atónito frente a los rodados que conforman su colección. Tras la fachada pintada paradójicamente de color rosado, los dos pisos que ocupa el galpón principal atesoran cincuenta autos antiguos custodiados por un montón de trofeos, publicidades, carrocerías fileteadas, bicicletas y motocicletas en desuso, radiadores, volantes y todo tipo de accesorios para automóviles de diferentes épocas. Conmueve descubrir en un mismo sitio piezas únicas y legendarias, como el auto número 338 de la línea Ford A Tonneau, de 1903, denominada “La máquina más sencilla del mundo”, de la que Henry Ford fabricó sólo 1700 unidades; el Ford T de 1925, impecable coche presidencial de los Estados Unidos; la Coupé Torino N°1, que en 1969 participó en las 84 horas de Nürburgring, en Alemania; y hasta el sedán cuatro puertas Hudson, de 1929, que en su interior guarece nada más y nada menos que a la figura de cera de su entonces propietario, el prestigioso escritor Jorge Luis Borges.

En medio del brillo que destellan los cromados de los Rolls Royce y de los Alfa Romeo, también sobresalen vehículos como el REO, el taxi-colectivo de 1927 que realizaba paseos turísticos por los barrios de Buenos Aires; el Chevrolet 1932, bautizado “Lecherito”, encargado del reparto de leche suelta a domicilio en la ciudad entre 1935 y 1965; el Ford T 1923, conocido como el coche “Doctor”, utilizado por los médicos rurales; el estadounidense Hupmobile de 1927, con su distintiva cola con aspecto de bote; y el convertible Dodge Brother 1937, otrora propiedad de la Embajada de los Estados Unidos, que Diego Armando Maradona usó para su casamiento y Alan Parker para la película Evita.

Como era de esperar, dentro de los dos mil metros cuadrados que abarca el predio se rinde tributo a los más exitosos automovilistas argentinos: Juan Manuel Fangio y Oscar Alfredo Gálvez. Distantes de la rivalidad eterna que fanáticos y comentaristas deportivos dieron por sentada a sus vidas, hoy la Chevrolet Coupe TC 1939 que acompañó a Fangio en sus hazañas en el Turismo de Carretera y la copia fiel con partes originales de “La Empanada”, la coupé Ford 1934 que condujo “el aguilucho” en las competencias en el Autódromo y en otros circuitos porteños, comparten, junto a otros inolvidables bólidos, un espacio exclusivo en este universo de cilindros, tuercas, válvulas y pistones.

Por si algo faltara mostrar, el Museo del Automóvil presenta una minuciosa escenografía al aire libre de la Buenos Aires de ayer, con coloridos locales de oficios de cara a la calle empedrada. A escasos metros de este pasaje que rememora a la vieja ciudad, la réplica de una estación de servicio de madera ostenta en su entrada un par de antiguos surtidores celestes y blancos pertenecientes a la ex empresa YPF, y hace las veces de playa de estacionamiento para los inconfundibles autobuses ingleses double decker y para un lustroso camión Scania.

Desde la generación de energía mediante el vapor hasta la incorporación de la gasolina como el fluido vital para movilizar los rodados, el automóvil sufrió una metamorfosis increíble, tal como puede verse en varias de las máquinas de colección del Museo. El grotesco y pesado carruaje sin caballos mutó a un cuerpo de aluminio ultraliviano, veloz y aerodinámico; dejó de ser una exclusividad de los deportistas y el motivo de ostentación de la gente rica para devenir en el transporte popular y de fácil accesibilidad que hoy todos conocemos. Más que merecida, entonces, la creación de este santuario automotor, erigido en homenaje a un invento que con el paso del tiempo se afianzó como parte indisoluble de lo cotidiano.

27 de mayo de 2009

Un Palacio para el Tango (Tte. Perón 2535)

Edición N° 48

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Me juego la cabeza de que pocos me creerían si dijera que la milonga se acunó en un lujoso palacio construido en 1878 en la zona de Once. ¡Ni qué hablar de lo que pensarían aquellos porteños que aseveran que sólo se ven palacios en los barrios fifís de la ciudad, llenos de bacanaje y nada de arrabal! Sin embargo, me atrevo a proclamar que más de un desbrujulado no saldrá de su asombro al enterarse de que esta reliquia palaciega aún existe como mítico refugio del baile más pasional de los argentinos: el tango.

El Palacio Rossini, bautizado así en honor al notable compositor italiano Gioacchino Antonio Rossini, nació como edificio de la Societá Italia Unita en el barrio de Balvanera y fue uno de los tantos espacios sociales construidos por la comunidad italiana que arribó a la Argentina como consecuencia de la inmigración de fines del Siglo XIX. En la primera década de 1900, allí solían presentarse las compañías de óperas, que deslumbraban, secundados por la acústica de la sala, con la interpretación del bel canto y de las arias de los más afamados compositores europeos. Fue a partir de 1916 que estos espectáculos se trasladaron al novísimo Teatro Colón, con lo cual el Palacio Rossini comenzó a funcionar como la Milonga Italia Unita, convirtiéndose así en la Primera Casa de Tango de Buenos Aires. Mitos y figuras representativas de la música ciudadana, como Juan D’Arienzo, Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo, Ángel Vargas, Alberto Castillo y Carlos Gardel sacaron lustre al escenario, desde el que recrearon con sus instrumentos y con sus voces prodigiosas las historias de papusas y fuleras, de mistongos y bienudos, de cafishos y percantas, de pitucos y pebetas, y hasta ventilaron al compás del 2 x 4 las desdichas del bulín.

Luego de permanecer cerrado durante algunos años, en 2004 el Palacio abandonó la oscuridad que parecía marcarle un penoso final. Restaurado a todo trapo, el complejo de 2.500 metros cuadrados reabrió sus puertas con el nombre de “Sabor a Tango”, el espectáculo musical que en cada función destila la nostalgia por la canción popular y enciende la chispa de la pasión tanguera. Rememorando épocas gloriosas, este petit théâtre hoy muestra su reluciente salón comedor con capacidad para quinientas personas y un selecto palco superior, ambos iluminados delicadamente, revestidos con molduras y flanqueados por una interesante colección de pinturas. En las áreas privadas del edificio, una sala de baile de cómodas dimensiones evoca a los inconfundibles conventillos de la ribera. Allí, bajo la luz de los faroles, las clases de tango para principiantes logran que hasta el más patadura se sienta, por un rato, dueño del peringundín.

Con cada función, cuando se abre el telón, los distintivos personajes que caminaron los empedrados de Buenos Aires renacen en la piel de los artistas: bailarines, cantantes y orquesta ensamblan al unísono cortes, quebradas, partituras y metáforas cantadas con el ritmo canyengue del bandoneón. Parece mentira… pero, hoy como ayer, el Palacio Rossini vuelve a apropiarse del alma de la ciudad. Noche a noche, confirma a quien lo desee que "no hay nadie en el mundo entero que baile mejor el tango que el criollo más compadrito que en esta tierra nació".

29 de abril de 2009

Confitería del Molino (Callao y Rivadavia)

Edición N° 47

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Oculta tras las telas negras y las carteleras publicitarias, la Confitería del Molino agoniza en su espera por salir del mundo de oscuridad y mutismo al que la condenaron hace más de una década. Su impresionante silueta fantasmagórica, fruto de la corrosión de los hierros, de la mampostería floja, de los muros bañados de suciedad y de los vitrales ausentes en su espectacular torre aguja, la convierten en la escenografía a cielo abierto más observada de la ciudad. Cuesta creer que el sueño dorado de Cayetano Brenna, aquel maestro pastelero oriundo de Italia, hoy se caiga a pedazos en una de las esquinas más tradicionales de Buenos Aires.

La historia de esta Confitería, ensamble perfecto de lujo arquitectónico con degustación de exquisiteces culinarias, comienza en 1904, con la adquisición por parte de Brenna de la propiedad de la esquina de las avenidas Callao y Rivadavia, a la que más tarde sumó las casas linderas. Para ese entonces, don Cayetano, junto con otro colega repostero italiano, ya era dueño de la Antigua Confitería del Molino que funcionaba en la esquina de Rodríguez Peña y Rivadavia. Justamente, el nombre del comercio surgió de su proximidad con el primer molino harinero de la ciudad, instalado en ese entonces en un sector de la actual Plaza del Congreso.

Decidido a dar brillo a su nuevo emprendimiento, Brenna hizo traer de Italia todos los materiales y elementos indispensables para encumbrar su negocio gastronómico: vitraux, cristalería, mosaicos, mármoles, aberturas. Algunos vestigios de tanta ostentación aún se ven en las puertas de acceso a las viviendas, adornadas con finas imágenes felinas; en la escultura cobijada en la hornacina de la fachada principal; en las cerámicas de oro, todavía deseosas de resplandecer en la mansarda y en las aspas pétreas del molino simbólico. La monumental obra fue encomendada al arquitecto Francisco Gianotti, cuya empresa familiar proveyó varios de estos elementos decorativos. Tres subsuelos, planta baja y el primer piso serían ocupados por el local comercial —sector de panificación, bodega y depósito; confitería y salón de fiestas— y los demás pisos, por viviendas y oficinas. Así, desaparecería la Antigua Confitería del Molino para dar paso a la rutilante pastelería de estilo art nouveau ubicada frente al edificio del Congreso de la Nación.

Inaugurada en 1916, la Confitería fue el sitio de encuentro predilecto de la sociedad burguesa de aquellos años. Artistas e intelectuales sucumbieron ante las delicias que ofrecía la flamante Confitería revestida con mármoles italianos y detalles en bronce. Eva Perón, Lisandro de la Torre, Alfredo Palacios, Carlos Gardel, Leopoldo Lugones y otras figuras sobresalientes de la historia civil y política argentina también se dieron cita allí para degustar los merengues, el panettone de castañas y los tés y los cafés que don Cayetano se encargaba de servir personalmente.

Por su ubicación geográfica, el edificio padeció los vaivenes que desde siempre caracterizaron a la vida política del país, y en 1930 fue incendiado durante el golpe de estado que derrocó al gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen. Posteriormente, la Confitería fue reconstruida; pero ocho años después, la muerte de don Cayetano fue una señal de lo que sucedería en las décadas venideras. La Confitería pasó a manos de diferentes dueños, luego se vendió el fondo de comercio y la marca, y, al poco tiempo, los compradores presentaron la quiebra. Es allí cuando los nietos de Brenna recuperaron la Confitería y lograron revivirla. Sin embargo, durante los 90, la terrible competencia comercial destrozó las esperanzas de prosperidad y en 1997 la Confitería del Molino cerró definitivamente.

Desde entonces, somos muchas las personas que alzamos la mirada hacia la esquina de Callao y Rivadavia a la espera de un milagro. A simple vista, poco queda de la preciosa y notable Confitería que Cayetano construyó para expandir su empresa pastelera. Difícilmente, el hormigón ennegrecido, los hierros oxidados, los mosaicos y la torre con sus aspas a punto de flaquear vuelvan a deslumbrar como en los tiempos dorados de la belle époque. Sin embargo, con infinita paciencia, la Confitería del Molino aguarda el esperado rescate, ese que podrá salvarla del avasallador progreso social que se empecina en echar al olvido todo aquello que alguna vez fue orgullo indiscutido de esta ciudad.

20 de abril de 2009

HOTEL DE INMIGRANTES

Edición N° 46

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Génova, Vía Garibaldi, 2.
Servizio celeríssimo con vapori elegantíssimo fra l’ITALIA e l’AMERICA DEL SUD.
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En medio del vocerío y del humo de las chimeneas, la nave a vapor se prepara para partir. No es tan elegante como auspicia el anuncio publicitario, pero basta y sobra para que los sueños zarpen. Sobre la cubierta del buque, los rostros desencajados y un sinfín de manos agitadas responden al adiós de quienes quizá no volverán a ver jamás. Junto con sus maletas abultadas, miles y miles de seres humanos emprenderán el éxodo desde su tierra natal hacia otra tan desconocida como tantas veces anhelada. Con sus paupérrimas pertenencias, también viajará el deseo vehemente de hallar en la lejanía lo que la propia patria no puede ofrecerles.
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La costa ya no se ve. Lejos quedaron los países, los pueblos y las familias. En medio del Océano Atlántico, el precario barco apiña desordenadamente los cuerpos con los baúles y con las valijas cargados de ropa y de objetos personales. Del otro lado del mar, a los inmigrantes los espera la incertidumbre por lo que vendrá, el nuevo destino para sus vidas.

Entre finales del siglo XIX y principios del siguiente, millones de personas arribaron al antiguo puerto de Buenos Aires como consecuencia de las fuertes oleadas inmigratorias, provenientes en su mayoría de los países europeos. En ese entonces, la ciudad contaba con varios hoteles o asilos para albergar a los recién llegados, los que con el tiempo resultaron insuficientes frente a la excesiva demanda. Con el objeto de dar una solución decisiva al problema del alojamiento de extranjeros, en 1911 se inauguró el único y definitivo Hotel de Inmigrantes, que aún mantiene en pie su estructura dentro del territorio porteño.

Al atravesar el portón de la avenida Antártida Argentina 1355, siento la irrefrenable necesidad de retrasar las agujas del reloj y volver el tiempo a los instantes en que millones de personas, con diferentes idiosincrasias y lenguas, arribaban masivamente al Hotel, hoy convertido en Museo de la Inmigración. Dentro del predio diseñado a orillas del Río de la Plata, además del Hotel fueron erigidos varios pabellones donde funcionaron el Depósito de Equipajes, el Hospital, la Oficina de Correos y Telégrafos y, fundamentalmente, la Oficina de Trabajo, pues el servicio primordial de este asilo era encontrar empleo para todos los inmigrantes y entrenarlos en los distintos oficios.

Diagramado para brindar refugio temporal a tres mil personas, el Hotel es la construcción más relevante del complejo del Museo. De estilo italianizante, la mole de hormigón gris, seccionada en planta baja y tres pisos, conserva su imagen original, la que contrasta brutalmente con la vanguardia exhibida por los edificios vecinos de Puerto Madero y con los mástiles de la Fragata Sarmiento que asoman tras la arboleda del predio. Dentro del complejo, en el sitio ocupado actualmente por la Escuela de Guerra Naval, funcionó el antiguo Desembarcadero, primera puerta de entrada al país para quienes lo elegían como final de su travesía. Fotografías de la época dan testimonio del paso de los inmigrantes por allí, cargando sus pesadas pertenencias, así como también el recorrido que debían realizar hasta el Hotel, donde eran selladas sus carteras de identidad –hoy pasaportes- como constancia de su ingreso a la Argentina. El Hotel de Inmigrantes ofrecía alojamiento gratuito sólo por cinco días, según el Reglamento vigente en aquella época; aunque frente a casos de enfermedades graves o por falta de ubicación laboral el plazo podía extenderse.

En la planta baja del Hotel funcionó el comedor, un espacio de notoria dimensión donde mil personas por turno recibían las cuatro comidas principales que eran elaboradas en inmensas ollas a vapor alemanas, las que desaparecieron sin dejar rastro tras el paso de diferentes administraciones de gobierno. En ese sector, también estaban la panadería y la carnicería. En este primer nivel del edificio, hubo también una voluminosa biblioteca a disposición del inmigrante, con diversas publicaciones, mapas y libros orientados a informar al extranjero acerca de las costumbres, del trabajo y de la riqueza de su nueva tierra. También allí se les brindaba cursos de idioma, charlas y clases para el aprendizaje de la utilización de maquinarias agrícolas y domésticas. Los tres pisos restantes fueron destinados a las habitaciones, cuatro por piso, cada una provista con catres tipo marinero, de hierro y cuero, para doscientas cincuenta personas. En ocasiones, la constante llegada de inmigrantes hizo que se colocaran camas en los pasillos. Un dato no menor: en cada piso había baños y duchas con servicio de agua caliente y fría. Actualmente, puede visitarse sólo el tercer piso, ya que los restantes están abandonados.

Recorrer las instalaciones del Museo, contemplar en silencio las viejas fotografías que desde su mudez dicen más que las palabras, experimentar ante cada cartera de identidad y cada boleto de viaje la crudeza de sentirse expatriado, observar con detenimiento el rostro de miles de personas desconocidas que pasaron obligatoriamente por el mismo sitio que ahora estoy pisando, no hacen más que despertar en mí el respeto y la admiración hacia los millones de personas que en busca de un porvenir, ya sea personal o colectivo, hicieron de nuestro país su patria. En ella depositaron sus esperanzas e ideales, y sin conocerla, le brindaron el esfuerzo infatigable de su trabajo, la enriquecieron con sus culturas y la hicieron próspera. Desinteresadamente y apostando al futuro, le dieron a la Argentina sus hijos, quizá lo más preciado que muchos no pudieron ofrecerle a esa otra tierra que los vio nacer.

18 de abril de 2009

"Café de García" (Sanabria 3302)

Edición N° 45

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Amanece en Villa Devoto. Las puertas y las ventanas del bar de la esquina de Sanabria y José Pedro Varela ya no pueden contener al mañanero e inconfundible olor a café que se desparrama hacia las veredas vecinas. Periódico en mano y sincronizados para cumplir con el rito del desayuno porteño, los habitué del bar eligen las mesas de siempre. Poco a poco, el interior del local se va transformando en un gran comedor familiar, donde todos se conocen y comparten, entre amenas charlas o encendidos debates, las primeras novedades del día. Mientras tanto, afuera, los clientes al paso aprovechan la brisa fresca y se ensamblan con naturalidad al paisaje del barrio, apropiándose de las mesas ubicadas bajo el Paseo de Metodio y Carolina, nombres de las dos glorietas que rodean al bar y que recuerdan a quienes dieron comienzo a este sueño llamado “Café de García”.



Nacido en 1927, este sitio notable de la ciudad de Buenos Aires se mantiene en pie en el corazón de un barrio que combina el lujo de sus caserones con la proximidad de un centro penitenciario. Tal vez este último sea el motivo por el cual Rubén, actual propietario y uno de los hijos a cargo del negocio de Metodio y Carolina, se empeña en echar luz sobre la imagen desdibujada que para algunos tiene esta zona. Aunque si bien resulta difícil acostumbrarse a la idea de que en este hermoso barrio de vegetación tupida todavía funciona una de las más célebres cárceles porteñas, vale la pena dejar de lado por un momento semejante ironía y recorrer sus calles para encontrar tesoros tan ocultos como el de la familia García.

Testimonio de la memoria ciudadana, este tradicional café es una réplica en colores de aquel que empezaba a hacer historia cuando la sepia era la única tonalidad en la que se lo fotografiaba. Ocre y blanco para su fachada, artísticas rejas negras en las ventanas, glicinas perfumadas y carteles con leyendas por doquier, son la cara visible de este paraje que no se parece a ningún otro de Buenos Aires.



Dedicado exclusivamente al juego de billar, el salón principal del bar es una suerte de santuario para los jugadores más habilidosos y también para aquellos que dan los primeros pasos en esta actividad recreativa de gran destreza. Sobre el desgastado piso damero, las tres pesadas mesas de billar acaparan la mayoría de la superficie del salón junto con las hileras de sillas solitarias que sirven de tribuna durante los partidos. En la pared, las taqueras y los guarda-tacos personales –identificados con sus nombres y cerrados con candados―, disputan la atención de los clientes con las añosas publicidades de bebidas y automóviles, con los recortes de revistas deportivas fuera de circulación y con las fotografías, los autógrafos y las dedicatorias de personajes famosos que pasaron por allí, que por cierto son muchos. Félix Luna, Alejandro Dolina, Antonio Carrizo, Fernando Bravo, Mariano Mores, Enrique Cadícamo, Horacio Ferrer, Víctor Hugo Morales, Enzo Francescoli, Fernando Redondo y hasta el internacional Francis Ford Cóppola, entre otros, dejaron su recuerdo en estas paredes. En medio de tantas caras conocidas, asoma el trofeo deportivo más observado por quienes visitan el lugar: la camiseta de la selección argentina autografiada por Diego Armando Maradona, vecino de Villa Devoto durante gran parte de su carrera futbolística.

Accediendo por una puerta lateral del salón, se llega a lo que fue la antigua habitación del matrimonio García, hoy convertida en el anexo del bar donde se sirve la superpicada auspiciada por la casa, que consiste en treinta platitos cargados con aceitunas rellenas, albóndigas, berenjenas en escabeche, morrones a la parrilla, salchichas acarameladas, papas fritas, fiambres surtidos y otros manjares que hacen agua la boca con sólo imaginarlos. Se degusta únicamente los jueves, viernes y sábados por la noche en este rincón reservado del bar en el que, por si fuera poco, hay tantos o más adornos que en el salón principal. Cual bodegón escapado de una pintura al óleo, los objetos pasados de moda ―donados en su mayoría por clientes y vecinos― se entrelazan bajo la luz cálida de la araña central con los trofeos de caza, los utensilios de cocina, los frascos de aceites, los botellones, las cestas, las servilletas y hasta una olorosa horma de queso para rallar.

Patrimonio y orgullo del barrio de Villa Devoto, el Café de García es más que la continuidad de una tradición familiar, que un bar de remembranzas, que un museo de fotografías o que un refugio para elementos obsoletos. Con sólo leer la dedicatoria fundida en bronce colocada en la fachada, alcanza para comprender el espíritu depositado en este solar. “El café es uno de los pocos sitios a salvo de nuestras inconstancias. Es uno de los pocos espacios comunes a resguardo de la inclemencia de los tiempos. Más allá de que madera y estaño apenas resistan los embates del plástico y la fórmica, los cafés porteños permanecen. El que hayan sido sentidos como segunda madre o segundo hogar, quizá explique nuestra entrañable relación con ellos. Lugar de encuentros, el café es también escenario para exponerse u ocultarse, para la compañía o la soledad. En sus mesas y mostradores se charla y monologa, pero también se calla. El café es un continente de la vida, un recipiente de sus contradicciones: allí se hacen y deshacen amistades, se tejen y destejen amores. Son, al fin, territorios comunes dentro de una ciudad cruzada por altas murallas invisibles”.

15 de abril de 2009

"El Conde de Caballito"

Edición N° 44

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Si desean hacer un viaje en el tiempo y toparse con una auténtica peluquería y barbería de épocas remotas, sólo hay que preguntar por el “Conde de Caballito”. Con semejante título nobiliario, Miguel Ángel Barnes es más que un peluquero de la zona oeste capitalina. Basta con mirarlo, para darse cuenta de que no es el frívolo estilista entrado en años que aconseja mover las cabezas ni tampoco el peluquero principiante que rocía las cabelleras con una interminable lluvia de spray. El Conde sabe de qué se trata esta esmerada profesión y hace un culto de ella.

Como todo noble ejerce su jurisdicción, en este caso en el condado bautizado con nombre equino. Allí, con pasión y alma de coleccionista, fundó ni más ni menos que la Peluquería y Barbería “La Época”, que a su vez es un museo dedicado exclusivamente a exhibir los elementos y productos de belleza característicos de este oficio antiquísimo. Para más datos, el Ford rojo con techo blanco, tapizado y llantas haciendo juego, estacionado sobre la calle Guayaquil 877, y la bacha de pie sobre la vereda, con la jarra, la toalla y la piedra para afilar navajas indican que estamos en su territorio.

Dueño de una elegancia impecable de la punta de la cabeza hasta los pies, con camisa a prueba de arrugas, tiradores más blancos que el algodón, reloj de bolsillo y relucientes zapatos de charol blanco y negro, el Conde se asoma, sonriente, tras el amplio vidrio fileteado de su barbería y me invita a descubrir su salón de coquetería masculina.

Como bienvenida, un cartel en la puerta me advierte: “Por orden del comisario, se prohibe entrar armado y con sombrero al despacho de bebidas”. Es que esta peluquería-museo cuenta también con un bar que rememora a las pulperías de antaño, con la salvedad de que aquí las mesas de café están flanqueadas por un inmenso vitrinero donde se pueden encontrar los más insólitos artículos de tocador, como el Jabón Curativo “Tinkal”, que cura y preserva la piel de las enfermedades contagiosas porque contiene principios curativos de las aguas de los lagos medicinales de la India; o el Jabón de Tocador “Verdoll”, a base de aceite de oliva y clorofila; o el Jabón de Tocador “Radico”, a base de aguas de sales radioactivas.

Un poco más allá y ordenados con obsesiva prolijidad, los estuches de papel de las hojas de afeitar nos enseñan a quienes no tenemos barba que no sólo la tradicional marca Gillete rasuró con envidiable precisión los rostros de nuestros abuelos y bisabuelos, sino también las Filomatic, Legión Extranjera, Lord, Jewel, Staheler o Geri. En el local hay, además, cremas y lociones para después de afeitar y colonias que hicieron historia, como la Atkinsons, la Ambré de Polyana, la York, la Bouquet del Rhin, entre otras, que se mezclan armoniosamente con navajas, tijeras, peines, brochas, talcos, pulverizadores, perfumeros y los más de diez mil objetos y piezas de viejas barberías que el Conde adquirió a lo largo de su vida.

En las paredes y en los espejos proliferan las publicidades de Glostora, Palmolive, Brancato, Lancaster, Pantera, Old Spice, así como muchísimas fotografías antiguas relacionadas con la profesión. En el salón principal, no dan abasto los ojos para apreciar tantos recuerdos en delicada consonancia: la caja registradora National; el teléfono de pie; el gramófono de ciento veintidós años; la “bacía”, una especie de palangana pequeñita que se usaba hace más de un siglo para remojar la barba y formar agua jabonosa; un matafuego de cobre; un antiguo toallero y los inconfundibles sillones de peluquería para los clientes. Cerca del bar-pulpería, un piano francés de 1907 está allí para quien quiera robarle algún acorde, como una pareja de turistas extranjeros que en su paso por tierras porteñas se animó a tocar una pieza musical.

Única peluquería-museo en toda América Latina, fue declarada de interés cultural por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y lugar turístico por la Secretaría de Turismo, por lo que también es sitio elegido para la organización de encuentros culturales y bailes de tango. Abre sus puertas al público de martes a viernes en horario fraccionado y los sábados en horario corrido.

Extravagante como pocos, entre tijeras, peines y secadores de cabello, el Conde prepara su mejor actuación. Pocos segundos le toma envolverse en su inconfundible capa negra que llega casi hasta el piso de la peluquería. Con total naturalidad, posa para la cámara e insiste en fotografiarse con sus clientes más pequeños. Reconocido como vecino solidario por el gobierno porteño, Miguel Ángel Barnes es el ejemplo de quien no sólo ama lo que hace, sino también de quien está dispuesto a compartir con todo aquel que lo desee los más entrañables recuerdos que aloja en su peluquería, esos de los que casi ya no quedan en Buenos Aires.

11 de enero de 2009

"El Gato Negro" (Avenida Corrientes 1669)

Edición N° 43

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“El Gato Negro” es uno de los cincuenta y tres cafés notables de la ciudad de Buenos Aires, pero el único en donde la fragancia de las milenarias semillas tostadas y molidas se amalgama con los perfumes de la canela en rama, de los curries, del azafrán, del bouquet garni, del hung liu o de cualquiera de las cientos de especias acopiadas en los voluminosos frascos de vidrio distribuidos en las vitrinas y sobre el viejo mostrador de roble.

Bautizado por su fundador con el nombre de un menú del primigenio ferrocarril Orient Express y de un ex café de Madrid, el local merece una nota aparte no sólo por su ambientación, sino también por la variedad, la calidad y las bondades de los artículos que exhibe para la venta.

Asentado en 1926 como almacén de especias, los paladares porteños encontraron allí todos los exquisitos sabores que sólo podían degustarse y adquirirse en los famosos mercados de Oriente. Hoy como ayer, “El Gato Negro” mantiene su exclusividad y ofrece más de cuatrocientos productos de primer nivel ―en su mayoría importados― que pueden comprarse en forma de tés, semillas aromáticas, hierbas, frutas secas, dulces, salsas, aliños, aceites y condimentos especiales. Desde 1997, este antiquísimo establecimiento también funciona como café, al que luego se le incorporó un restaurante en el primer piso.

Testigo diario de charlas entre amigos y de lecturas interminables, el singular comercio ubicado desde siempre en la Avenida Corrientes armoniza, como ningún otro, su aspecto bohemio de café parisino con los sugerentes aromas que, por instantes, nos hacen pensar que estamos muy lejos, tanto como en un exótico mercado de Estambul.

23 de diciembre de 2008

Diciembre

Edición N° 42

Como en cada diciembre, Buenos Aires replica en un sinfín de imágenes la magia y la alegría de las fiestas. Cual tarjeta postal, la ciudad se viste con los colores y con los símbolos de la Navidad, y renueva, entre tanto brillo y alegorías, las esperanzas y los buenos augurios para el año entrante.

Otra vez, la ilusión se propaga entre su gente y los deseos de dicha y prosperidad se traducen en sonrisas y en abrazos sinceros. “Es el espíritu de la Navidad”, dicen algunos, justificando tamaña manifestación de amor. Pues, entonces, trabajemos intensamente para que ese espíritu perdure en el tiempo. ¡Felicidades!

30 de noviembre de 2008

A jugar al cementerio...

Edición N° 41

―“Hasta Alsina y Pasco, por favor”.
― “¿Va al cementerio?”, pregunta el taxista, mientras mira de reojo el espejo retrovisor a la espera de alguna mueca en mi rostro cercana al espanto.
― “Sí, voy de visita al cementerio”, le digo. Y nos echamos a reír.

Para aquellos que desconocen la historia de los camposantos porteños, este podría ser uno de esos tantos diálogos incoherentes que actúan como puntapié inicial para la charla ocasional con el chofer del rodado amarillo y negro que recorre la ciudad. Nada más lejos de la realidad. Ambos sabemos que hablamos del cementerio que se convirtió en plaza.

Cuentan los libros que, allá por 1883, el pulmón verde delimitado por las calles Adolfo Alsina, Pasco, Hipólito Yrigoyen y Pichincha fue el segundo Cementerio de Disidentes de Buenos Aires, lugar al que iban a descansar eternamente los restos de los no católicos que habitaban la ciudad. Este predio, también conocido como “Hueco de los Olivos” o “Cementerio de Victoria”, ayudó a socorrer la falta de capacidad para las sepulturas que ya sufría el primer cementerio disidente, creado doce años antes, y que estuviera ubicado en las actuales calles Juncal, Suipacha y Esmeralda.

El “Cementerio de Victoria” ―denominado así por la calle que tiempo después pasaría a llamarse Hipólito Yrigoyen― no sólo albergó a los miembros de las comunidades alemanas, inglesas y norteamericanas, sino que también fue el sitio elegido para el entierro de los primeros pobladores judíos de la ciudad. Con su cierre definitivo en 1891, se dispuso el traslado de los restos de los ciudadanos de origen inglés y alemán al novísimo Cementerio de la Chacarita, dentro del cual estas comunidades construyeron sus respectivos cementerios; y los restos de los ciudadanos judíos fueron llevados a la primera necrópolis de la comunidad, erigida en el Partido de Avellaneda. Sin embargo, no todos los restos fueron retirados. Muchos quedaron allí por decisión de sus familiares, y de otros nadie se hizo cargo.

Años después de la demolición de la capilla situada sobre la calle Hipólito Yrigoyen, se inauguró sobre las tierras del ex cementerio la Plaza 1° de Mayo. En este naciente espacio cubierto de plátanos y arbustos, se emplazó una escultura de bronce dedicada Al Trabajador y se erigió el Monumento a la Patria, cuyo mástil central fue donado por la comunidad israelita. Actualmente, la plaza cuenta con sectores destinados a la recreación de la tercera edad, con una calesita y con un patio de juegos con arenero en uno de sus extremos. No obstante, entre tanta arboleda de verde intenso, la plaza no olvida lo que supo ser: una placa advierte que allí fue enterrada Elisa Chitti de Brown, la esposa de Guillermo, el valiente almirante.

Pero fue en 2006, durante la remodelación del predio, que el antiguo cementerio se hizo visible una vez más. Como si se tratara de un cuento macabro, durante la excavación del arenero no sólo se hallaron botellas, restos de ataúdes y collares, sino también una lápida de mármol con forma de libro, en perfecto estado, de 1886, y que perteneció a la tumba de una niña alemana de diez meses. Este descubrimiento no hace más que demostrar que la historia de un barrio también hay que buscarla bajo nuestros pies y no sólo en lo que se nos presenta a simple vista. Y aunque a algunos porteños les cueste creer que allí, entre toboganes y hamacas, aún descansan los despojos de quienes murieron hace más de cien años, el inocente griterío infantil se muestra más que feliz yendo a jugar todos los días al viejo cementerio.